Capítulo 1 El tío de mi ex
POV ADDISON
Mi peor error no fue emborracharme para olvidar a mi ex; fue despertar y darme cuenta de que el extraño a mi lado era el dueño de su herencia... y el padre de mi hijo.
El dolor no te avisa. Te atropella. Todavía podía sentir el eco de las risas de Nicolás resonando en mi cabeza, mezcladas con el perfume barato de la tipa con la que lo encontré en nuestro propio apartamento. Cuatro años de mi vida tirados a la basura en lo que dura un parpadeo. Por eso estaba ahí, en ese bar de mala muerte con luces de neón parpadeantes que me hacían doler los ojos, buscando desesperadamente algo que apagara el incendio en mi pecho. Anestesia pura. Eso era lo único que quería.
—Otro —le dije al barman, golpeando el vaso vacío contra la barra de madera gastada. Mi voz sonó arrastrada, rota, ajena.
—Creo que ya has tenido suficiente por hoy, preciosa.
La voz no era la del camarero. Era una voz profunda, un barítono gélido que me erizó los vellos de la nuca. Giré la cabeza, con la vista ligeramente nublada por el alcohol, y lo vi. El hombre sentado a mi lado parecía fuera de lugar en ese tugurio. Vestía un traje gris oscuro que gritaba dinero, pero lo que realmente imponía era su presencia. Tenía unos ojos oscuros, fijos en mí, cargados de un carisma peligroso y una frialdad que, extrañamente, me atrajo como un imán. No era el típico chico de bar. Era un depredador.
—No me conoces —respondí, intentando sonar firme, aunque el hipo arruinó el efecto—. No sabes lo que necesito.
—Sé que estás intentando ahogar algo que no sabe nadar —contestó él, con una media sonrisa que me aceleró el pulso—. Me llamo Liam.
No quise saber más. No quería apellidos, ni pasados, ni promesas de esas que se rompen al amanecer. Solo quería arder para olvidar el frío que Nicolás me había dejado en los huesos. Me acerqué a él, desafiante, oliendo a whisky y a desesperación. Cuando sus manos firmes me tomaron por la cintura para guiarme hacia la salida, no protesté. Al contrario, me pegué a su cuerpo, buscando el calor que me faltaba.
El resto de la noche fue una neblina de sensaciones inconexas y violentas. El trayecto en un auto lujoso, el olor a cuero, el ascensor de un hotel de cinco estrellas y, finalmente, la habitación. Liam no fue sutil, pero tampoco fue cruel. Había una intensidad salvaje en la forma en que me tocaba, una posesividad que me hizo sentir viva cuando horas antes me sentía muerta. Cada gemido, cada roce de su piel contra la mía, era un clavo que yo misma le metía al recuerdo de Nicolás. Me entregué a él sin reservas, devorando su boca, dejando que sus manos marcaran mi piel en un pacto silencioso de una sola noche. Nos quemamos juntos en esa cama hasta que el cansancio y el alcohol finalmente me arrullaron en un sueño profundo y negro.
El problema de la anestesia es que siempre, inevitablemente, se termina.
Desperté con la peor resaca de mi vida. La cabeza me latía con la fuerza de un martillo hidráulico y la boca me sabía a cenizas. Me removí entre las sábanas de seda blanca, desorientada, hasta que el peso de un brazo tatuado y firme sobre mi cintura me devolvió la memoria de golpe. Contuve el aliento.
Me giré lentamente. Liam seguía durmiendo a mi lado. Con la luz del día filtrándose por los grandes ventanales, su rostro parecía esculpido en piedra. Era jodidamente hermoso, pero había algo en sus facciones, en la línea de su mandíbula, que me hizo congelar la sangre en las venas. Un presentimiento horrible, un frío estomacal, me obligó a estirar el brazo hacia la mesita de noche, donde reposaba su billetera de cuero negro abierta junto a un reloj de oro.
Agarré la identificación que sobresalía. La foto era suya. El nombre también: Liam Vance.
El mundo se detuvo. El aire abandonó mis pulmones y sentí unas ganas físicas de vomitar que no tenían nada que ver con el alcohol. Vance. No podía ser. No existían tantas casualidades en el universo. Nicolás me había hablado de él mil veces con una mezcla de envidia y terror absoluto. El tío millonario, el patriarca que controlaba las empresas de la familia y el que decidía quién recibía un centavo de la herencia y quién no. El hombre al que mi ex le lamía las botas cada Navidad para asegurar su futuro.
Estaba en la cama del tío de mi ex.
El pánico me sacudió con tanta fuerza que me levanté de la cama de un salto, ignorando el dolor de cabeza. Mi ropa estaba esparcida por la alfombra cara. Me vestí temblando, tropezando con mis propios zapatos, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Lo miré una última vez desde la puerta. Liam se movió levemente, pero no despertó.
No podía quedarme. Si Nicolás se enteraba de esto, me destruiría. Si este hombre descubría quién era yo, me aplastaría como a una cucaracha. Siguiendo el único instinto que me quedaba, abrí la puerta y escapé corriendo por el pasillo del hotel, jurándome a mí misma que esta noche quedaría enterrada para siempre.
Qué estúpida fui. No pasaría mucho tiempo antes de que descubriera, frente al espejo de mi baño y con una prueba de plástico temblando en mis manos, que el destino ya había firmado nuestro próximo encuentro. Y que mi huida no había sido más que el principio de mi propia jaula.
