Ella era fea 2

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Capítulo 6 El amor de una mujer inocente, parte 2

Santiago estaba sentado en frente de su hermana Keidys, ella hablaba por teléfono sobre el escándalo que hubo por su desmayo, al parecer ya todo lo estaban arreglando y la prensa poco a poco apagaba el fuego. 

Santiago dejó salir un suspiro, entró a la casa en busca de algo para comer.

—Alejandra… Que no lo he visto, lo más seguro es que está en su estúpido restaurante que acabó de abrir. A todas estas ¿para qué quieres hablar con él? —se escuchó la voz de Gera. 

—Tengo un asunto pendiente con él, no vayas a pensar cosas malas ahora —esa era la voz de Alejandra. 

—Claro que no, ni que fuera celosa —replicó Gera. 

Las muchachas se sorprendieron cuando entraron en la cocina y encontraron a Santiago allí comiendo un pedazo de sandía.

—¿Qué? —inquirió el muchacho—, ¿quieren un pedazo? 

—Cada vez que llego a esta casa te encuentro comiendo, ¿es que no sabes hacer otra cosa? —Gera hizo un gesto de desagrado. 

—Es la casa de mi hermana, puedo hacer lo que me plazca, así que deja tu bobada —Santiago también hizo un gesto de fastidio mientras abría la nevera para sacar un poco de agua y un postre que allí había—, tiene fresas, delicioso. 

—Pareces un maldito cerdo comiendo —bufó Gera mientras se cruzaba de brazos. 

—Bueno, ¿eso a ti qué te importa?, deja de darte mala vida, rana platanera —se enojó Santiago. 

—¡Por favor, dejen de discutir, parecen niños! —regañó Alejandra—, van a terminar enamorados como sigan en esas. 

—Cállate… Deja de invocar al demonio —replicó Gera. 

—Uff… Como si tú fueras muy hermosa, ni loco me metería contigo; yo soy demasiada carne para tan poco perro —Santiago barrió a Gera con la mirada. La joven soltó una carcajada sarcástica. 

—Primero me vuelvo vegetariana antes que comerme esa carne, además, parece ser de mala calidad —soltó Gera. 

—Ay no, ya comenzaron ustedes a discutir. Lo menos que quiero ahora es escucharlos con sus tonterías. Santiago, recoges tu desorden cuando termines de comer y Gera, si vas a preparar comida con Alejandra hazlo sin discutir con mi hermano, tengo un dolor de cabeza que no aguanto, estos malestares me están matando. ¿Ya llamaron a Claudia?, porque no quiero que me incendien la cocina —dijo Keidys cuando entró en el lugar. 

—Claudia ya viene en camino —informó Alejandra. 

—Bueno, por cierto, ¿para qué estás planeando hacer una cena?, eres terrible en la cocina —Keidys se cruzó de brazos tratando de no dejar salir una sonrisa de burla. 

—Es que, hoy Tomás y yo cumplimos un año y quiero decorar el apartamento, hacer una deliciosa cena y pasarla rico —el rostro de Gera se volvió rojo de la emoción. 

Se escuchó la fuerte carcajada de Santiago.

—Qué feo, a Tomás se le olvidó que están de aniversario —el muchacho empezó a comer el postre que tenía entre sus manos. 

—Ay, no digas eso… No creo que a Tomás se le olvide algo tan especial. No le prestes atención Gera, lo más seguro es que él también te está planeando algo muy lindo —contradijo Keidys. 

—Sí… Tomás no es así, lo más seguro es que te de un lindo regalo, ¡solo de imaginarme me emociono! —Alejandra soltó un pequeño grito que las demás acompañaron. 

Santiago salió de la cocina burlándose de la situación.

—Qué feo, la van a dejar plantada —soltó. 

—Estúpido ese, ¡cállate! —regañó Keidys, se quitó una sandalia y la lanzó a la cabeza de su hermano que se agachó por el dolor mientras se sobaba el lugar donde recibió el golpe. 

—Se lo merece —bufó Gera. 

Claudia llegó animada con unas bolsas que las chicas le ayudaron a cargar.

—¡Saca esa bolsa grande, ten cuidado, vienen unos huevos allí! —decía Claudia a Santiago que sin saber por qué terminó ayudando a las muchachas. 

Claudia les explicaba a las chicas cómo picar las verduras y poner el fuego indicado a cada sartén.

—Santiago, tienes que revolver más rápido la salsa, mira… se te está subiendo, baja la llama… ¡Santiago que revuelvas más rápido! —decía Claudia al muchacho que ya le empezaba a sudar la frente. 

—¡Ya sé…! —gritó Santiago corriendo por la cocina en busca de una cuchara más grande. 

Claudia empezó a empacar todo en platos hondos.

—Antes de servir todo debes calentarlo, no le sirvas mucho a Tomás, he visto que come en porciones medianas, por cierto, traje dos vinos y unas velas aromáticas para que todo quede perfecto —decía Claudia. Volteó a mirar a Santiago—, lava los platos, nosotras vamos a acompañar a Gera a organizar el apartamento. 

—¿Qué? —el joven volteó a ver la enorme montaña de platos sucios y sus dedos con algunos quemones. 

Las muchachas salieron de la casa y Santiago quedó en completo silencio, un gato de raza Angola color blanco entró a la cocina con el sonido del cascabel que se movía en su cuello, empezó a sobarse en los pies del muchacho.

—¿Es en serio que tengo que limpiar todo este desastre? —se preguntó.

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