Capítulo 3 CENIZAS EN EL BARRANCO
La primera luz del amanecer se filtró gris y enferma a través de la espesa neblina que flotaba sobre el barranco. La tormenta finalmente había dado tregua, dejando tras de sí un rastro de destrucción, lodo y el ensordecedor rugido del río embravecido en el fondo del abismo. Las luces rojas y azules de las patrullas de policía y las ambulancias cortaban la penumbra, pintando las rocas húmedas con destellos de una tragedia anunciada.
Altagracia se encontraba de pie junto al cordón de seguridad, presionando un pañuelo de encaje negro contra sus ojos secos, simulando un llanto que jamás llegó a sentir. Detrás de ella, Camila ocultaba su mirada de absoluta satisfacción tras unas enormes gafas oscuras de diseñador. Frente a ellas, una grúa tiraba lentamente de unos cables de acero pulido, arrastrando hacia la superficie lo que quedaba del auto plateado de Anais. El vehículo estaba completamente compactado, convertido en una masa informe de metal retorcido y cristales rotos.
El capitán de la policía se acercó a Altagracia, quitándose el sombrero de ala ancha en señal de respeto. Su rostro reflejaba el cansancio de una larga noche de búsqueda.
—Lo siento mucho, señora —dijo el oficial, con voz grave—. El impacto contra las rocas antes de caer al agua debió ser fatal. La corriente del río está demasiado fuerte debido a las lluvias de la madrugada; se ha llevado todo a su paso. A esta distancia y con la destrucción del vehículo, es físicamente imposible que haya sobrevivientes. El cuerpo debió ser arrastrado río abajo. Oficialmente, tenemos que dar a la señorita Anais por fallecida.
Altagracia soltó un sollozo fingido, enterrando el rostro en el hombro de Camila, quien le dio palmaditas mecánicas en la espalda para las cámaras de los reporteros que filmaban a la distancia. Sin embargo, en el interior del auto de lujo que las llevaba de regreso a la mansión, las máscaras cayeron por completo. Altagracia se guardó el pañuelo y esbozó una sonrisa macabra mientras se retocaba el labial.
—El trozo de papel de ese estúpido abogado ya no vale nada —siseó Altagracia, mirando el paisaje a través de la ventanilla tintada—. Sin Anais viva para reclamar las acciones, todo vuelve a su curso natural. Con ella fuera del camino, nos encargaremos del resto.
🏥 La última estocada al patriarca
El olor a antiséptico y el rítmico y monótono sonido del monitor cardíaco eran lo único que habitaba en la suite de cuidados intensivos del Hospital Central. El padre de Anais yacía postrado en la cama, conectado a un respirador artificial, con tubos y cables que intentaban mantener aferrado a la vida a un cuerpo ya cansado.
Altagracia entró a la habitación con paso firme, haciendo resonar sus tacones contra el suelo de linóleo. Se aseguró de cerrar la puerta con pestillo tras de sí. Los médicos le habían informado que el paciente estaba mostrando ligeros signos de consciencia, respondiendo a stimuli auditivos a pesar del coma inducido. Eso era exactamente lo que ella necesitaba.
Se acercó a la cabecera de la cama y observó al hombre que había sido su esposo. No había compasión en su mirada, solo un frío desprecio acumulado durante años. Altagracia se inclinó despacio, hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros del oído del enfermo.
—¿Puedes escucharme, querido? —susurró con una voz impregnada de veneno puro—. Sé que estás ahí dentro. Solo vine a darte las gracias. Tu estúpido testamento de contingencia fue una obra de arte, pero cometiste un error matemático: olvidaste que la carne es débil y el metal se rompe.
Los párpados del hombre temblaron levemente y el ritmo del monitor cardíaco comenzó a elevarse de manera sutil. Altagracia sonrió, saboreando el momento.
—Tu adorada Anais está muerta —soltó la bomba sin anestesia, disfrutando de cada sílaba—. Tu pequeña bastarda voló por un precipicio esta madrugada en el mismo auto viejo cuyos frenos te suplicó que cambiaras durante el desayuno. El vehículo quedó hecho pedazos en el fondo del barranco y el río se tragó su cuerpo. No quedó absolutamente nada de ella. Murió sola, asustada y maldiciendo tu nombre por la bofetada que le diste.
El golpe fue demoledor. Las líneas en el monitor se alteraron bruscamente; el ritmo cardíaco se disparó a niveles críticos. El pecho del hombre comenzó a agitarse bajo las sábanas, buscando un aire que sus pulmones ya no podían procesar debido al shock emocional y al dolor de la traición. Los ojos del moribundo se abrieron de golpe, inyectados en sangre, fijos en el rostro de su esposa en una última y silenciosa súplica de auxilio.
Altagracia se limitó a dar un paso atrás, cruzándose de brazos mientras observaba cómo el corazón del hombre colapsaba bajo el peso de la noticia. El monitor emitió un pitido agudo y continuo, dibujando una línea recta en la pantalla. Un infarto fulminante había terminado con el patriarca. Ella esperó unos segundos con total calma, se desarregló un poco el cabello, abrió la puerta de golpe y comenzó a gritar buscando a los médicos, fingiendo una desesperación implacable. El tablero estaba limpio; la fortuna era suya.
♟️ Pacto en las alturas
Horas después del funeral que Altagracia organizó a toda prisa para evitar preguntas incómodas de las autoridades, madre e hija se presentaron en el edificio corporativo más alto de la ciudad. Vestidas con un riguroso luto de alta costura, con velos negros que apenas cubrían sus rostros altivos, exigieron una audiencia inmediata con el hombre que controlaba el destino financiero de la región.
Vicenzo las recibió en su despacho presidencial. El magnate permanecía de pie junto al ventanal de cristal, sosteniendo un vaso de whisky con un par de hielos que se derretían lentamente. Sus ojos grises, afilados como los de un halcón, analizaron la entrada de las dos mujeres. Olía a ambición y a traición en cada centímetro de sus costosos vestidos negros.
—Señor Vicenzo —comenzó Altagracia, tomando asiento con una elegancia ensayada—. Sé que los últimos acontecimientos han sido una sorpresa trágica para todos. La pérdida de mi esposo y de mi hijastra ha sido un golpe devastador, pero el mundo de los negocios no se detiene por el luto.
Vicenzo no respondió de inmediato. Tomó un sorbo de su bebida, manteniendo una distancia gélida que habría intimidado a cualquiera.
—Es curioso cómo las tragedias ocurren exactamente en el momento más conveniente para las finanzas de algunos, señora Altagracia —comentó el magnate con una sonrisa enigmática que hizo que Camila se tensara en su asiento.
—El destino es caprichoso, señor —replicó la viuda, ignorando la provocación—. Con Anais fuera de la ecuación y mi esposo fallecido, yo poseo el control interino y absoluto de todas las acciones y los derechos preferenciales de Industrias Globales. Sé perfectamente que usted ha codiciado nuestros canales de distribución durante años. Por eso, no vengo a venderle una parte; vengo a ofrecerle el imperio completo.
Vicenzo arqueó una ceja, intrigado por el nivel de audacia de la mujer.
—Propongo una fusión total de nuestras corporaciones —continuó Altagracia, inclinándose hacia el frente—. Hagámonos socios absolutos y creemos el monopolio más poderoso del país. Y para asegurar que este pacto sea inquebrantable ante los ojos del mercado y la junta directiva... quiero que sellemos esta sociedad con el matrimonio entre usted y mi hija Camila.
Camila levantó la mirada, forzando una sonrisa tímida y ensayada, intentando proyectar la imagen de la esposa perfecta y sumisa que un hombre de su estatus requeriría.
Vicenzo las observó en silencio. Su mente, una máquina calculadora de ajedrez corporativo, trabajó a mil revoluciones por segundo. Él sabía, con total certeza, que Anais no había muerto por accidente. Sabía que las dos mujeres sentadas frente a él eran monstruos capaces de todo por dinero. Sin embargo, un verdadero depredador no ataca cuando la presa se entrega voluntariamente; espera el momento oportuno. Aceptar la sociedad le permitiría mantenerlas cerca, vigilar sus movimientos y asfixiarlas financieramente desde adentro mientras sus investigadores privados seguían buscando el cuerpo de la dama del vestido rojo.
El magnate caminó hacia su escritorio, dejó el vaso de whisky sobre la madera y miró a Camila de arriba abajo con una frialdad indescifrable.
—Una propuesta sumamente audaz, señora Altagracia —sentenció Vicenzo, con una sonrisa ladina—. El control total siempre es una oferta tentadora para un hombre como yo. Ordenará a mi equipo legal que evalúe los números de la fusión esta misma semana... y una vez que los contratos estén listos, fijaremos la fecha para el compromiso con su hija.
Camila contuvo el aliento de la emoción, creyendo que finalmente había ganado el premio mayor, sin saber que acababa de firmar su entrada al terreno de caza del tiburón.
🌧️ El despertar de la desconocida (Aquí cambia a primera persona)
Antes de abrir los ojos, la oscuridad en mi mente se llenó de un estallido de imágenes violentas y desordenadas. Un dolor insoportable me partía el cráneo mientras el eco de una pesadilla real me hacía revivir mis últimos segundos conscientes: el vacío absoluto bajo los neumáticos, el horror de pisar el freno a fondo y sentir el pedal flojo, inútil, entregado a la muerte. Recordé el pánico puro congelándome la garganta, la certeza de saberse traicionada mientras el auto caía en picada hacia el abismo, y el impacto brutal del metal contra las rocas que fragmentó mis huesos y mi realidad. Pero lo que más me dolió en ese último destello de consciencia no fue el golpe, sino el pensamiento asfixiante de que se iba de este mundo odiada por su padre, humillada, desamparada y completamente sola, mientras las verdaderas víboras se quedaban celebrando su caída. Aquella agonía emocional fue tan intensa que mi propia mente prefirió quebrarse antes que seguir cargando con tanto sufrimiento.
Abrí los ojos despacio. La luz blanca del tubo fluorescente del techo me obligó a parpadear repetidamente, causándome un dolor punzante en la cabeza. Cada músculo de mi cuerpo se sentía como si hubiera sido molido a golpes; tenía vendajes que cubrían mis costillas, mis brazos y parte de mi rostro.
A un lado de la habitación, colgado de una percha, vi un vestido de seda de un color rojo carmesí, ahora convertido en jirones cubiertos de lodo y sangre seca. No significaba nada para mí.
Un médico rural de avanzada edad y rostro bondadoso entró a la habitación, revisando una tabla de anotaciones. Al ver que estaba despierta, sus ojos se iluminaron con genuino alivio.
—Vaya, milagro de la naturaleza... al fin despiertas —dijo el doctor con una sonrisa cálida, acercándose para tomarme el pulso—. Tuviste una suerte increíble, muchacha. Unos pescadores locales te encontraron inconsciente en la orilla del río hace dos días. La gabardina gruesa que llevabas puesta y el lodo amortiguaron los golpes contra las rocas, pero pasaste horas tragando agua. El golpe en la cabeza fue severo.
Intenté incorporarme, pero un gemido de dolor escapó de mis labios secos. El médico me detuvo suavemente por los hombros.
—Tranquila, no te muevas. Estás a salvo aquí —me ofreció un vaso con agua con cuidado—. La policía de la ciudad no ha querido tomar reportes de personas desaparecidas en esta zona rural debido a un gran escándalo que tienen allá arriba. Necesito que me ayudes para poder contactar a los tuyos. ¿Puedes decirme cuál es tu nombre? ¿Cómo te llamas?
Me quedé inmóvil, con el vaso de agua temblando entre mis dedos. Miré hacia mi propias manos, buscando una cicatriz, un anillo, un indicio de quién era, pero no encontré nada. De repente, el sonido de un pequeño televisor de caja colgado en la esquina de la sala de espera llamó mi atención a través de la puerta entreabierta.
La pantalla parpadeante mostraba las imágenes del funeral de la familia y el rostro de una hermosa joven sonriente. El reportero hablaba con voz dramática: «...y así la ciudad despide al magnate de las Industrias Globales y a su joven hija, la heredera Anais, declarada muerta tras el trágico accidente automovilístico en el barranco de la colina. Su madrastra y su hermana asumen el control total...».
Miré fijamente la fotografía de Anais en la pantalla. Vio las facciones de esa mujer, escuché el nombre, pero en mi mente no se encendió ninguna chispa de reconocimiento. Mi memoria era un lienzo en negro, un vacío absoluto y aterrador donde no existían rostros, ni pasados, ni afectos.
Miré de vuelta al médico rural con unos ojos inyectados en pánico y desesperación profunda. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas vendadas mientras mi voz salía en un hilo quebrado:
—No lo sé... No recuerdo quién soy... No sé qué es este lugar.
La dulce y sumisa Anais había muerto legalmente ante los ojos del mundo y mentalmente en esa humilde cama de hospital. El vacío de mi memoria había borrado el dolor de la traición, dejando el espacio limpio para que, muy pronto, de las cenizas de la herida naciera un monstruo frío, calculador y letal llamado Gianna.
