Capítulo 2 EL RUGIDO DE LAS FIERAS ACORRALADAS
El murmullo que recorrió el gran salón fue como el zumbido de un avispero furioso. Los mismos invitados de la alta sociedad que minutos antes adulaban a Altagracia y a Camila, ahora estiraban el cuello con un morbo descarado, devorando con la mirada la caída de las dos mujeres más soberbias de la noche.
Altagracia sentía que el suelo de mármol se le abría bajo los pies. La palidez de su rostro era tan evidente que ni el maquillaje importado más costoso lograba ocultar el colapso de su fachada. Las manos le temblaban tanto que los diamantes de sus anillos destellaban sin control bajo las luces de la enorme lámpara de cristal.
—¡Esto es una maldita farsa! —el grito de Altagracia rasgó el aire, mandando la etiqueta al diablo—. ¡Ese documento no es real! ¡Abogado, a usted lo compró esta bastarda! ¡Mi esposo jamás firmaría una traición así!
—Señora Altagracia, le exijo respeto —replicó el abogado con una gélida distancia corporativa—. Los papeles están debidamente registrados ante notario y validados por el sistema judicial para casos de atentado, tal como los peritajes de la policía lo acaban de demostrar. A partir de este instante, usted no tiene ninguna autoridad legal en esta propiedad.
Camila, al borde de la histeria, vio cómo su mundo de lujos, tarjetas y estatus se desvanecía en un segundo. La envidia enfermiza que siempre le había tenido a Anais se convirtió en puro odio visceral.
—¡Eres una muerta de hambre! ¡Una arrimada! —chilló Camila, perdiendo los estribos por completo. Se abalanzó hacia Anais con las uñas por delante, dispuesta a desgarrarle el vestido rojo que la eclipsaba frente a todos—. ¡No te vas a quedar con lo que es mío!
Anais dio un paso atrás, pero no tuvo necesidad de defenderse.
Antes de que Camila pudiera acercarse, una silueta imponente se interpuso en su camino. Vicenzo dio un paso al frente, bloqueando el espacio como una muralla de piedra viva. Su imponente presencia física y el peligro que emanaba de sus hombros detuvieron en seco el ataque. Los fríos ojos grises del magnate se clavaron en Altagracia y su hija con una fijeza letal, mientras se acomodaba con parsimonia el puño de su camisa a medida.
—Les aconsejo que midan sus acciones —la voz de Vicenzo fue un susurro espeso que, sin embargo, resonó con un eco sepulcral en todo el salón—. La señorita Anais es la accionista mayoritaria de Industrias Globales. Cualquier agresión hacia ella no solo será un delito penal, sino una ofensa directa a mi corporación. Y les aseguro que no me quieren de enemigo en los tribunales... ni en la calle.
El peso de ese apellido fue el golpe de gracia. Altagracia tiró del brazo de su hija con brusquedad, obligándola a tragarse la bilis. Humilladas, repudiadas por las miradas de la élite que tanto querían impresionar, ambas tuvieron que dar la vuelta y salir del salón, arrastrando sus costosos vestidos en una huida vergonzosa.
♟️ El pacto en la penumbra
Media hora más tarde, los invitados ya se habían marchado a toda prisa, ansiosos por regar el chisme en los clubes más exclusivos de la ciudad. El gran salón quedó en un silencio total, roto solo por el eco lejano de los truenos que anunciaban la llegada de una tormenta eléctrica.
Anais se refugió en el despacho que había pertenecido a su padre. Las paredes de caoba, que antes la intimidaban, ahora parecían protegerla del exterior. Sentada detrás del imponente escritorio de cuero, se miró las manos. Todavía no lograba asimilar el golpe: por la mañana la habían golpeado y humillado; por la noche, era la dueña absoluta de la dinastía familiar, mientras su padre se debatía entre la vida y la muerte en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Central.
La puerta doble se abrió sin avisar. Vicenzo entró con paso seguro, moviendo un vaso de whisky donde los hielos tintineaban suavemente. No pidió permiso; los hombres como él son dueños de cualquier lugar donde decidan pararse.
—Tener el poder es una cosa, Anais. Saber conservarlo es otra muy diferente —dijo el magnate, caminando hacia el ventanal que mostraba las luces de la ciudad bajo el cielo oscuro.
—No te pedí que me defendieras allá abajo, señor Vicenzo —respondió ella, forzando un tono firme para ocultar el persistente temblor de sus manos.
Vicenzo soltó una risa corta, llena de ironía, y se giró. La luz de la lámpara le esculpía las facciones angulosas, dándole un aspecto tan peligrosamente atractivo como letal.
—No lo hice por caridad, pequeña heredera. Detesto el drama barato y detesto a los que no saben perder, como tu madrastra —se acercó al escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera para inclinarse hacia ella, invadiendo su espacio vital—. Mañana a primera hora, la junta directiva va a exigir una reunión de emergencia. Van a oler tu inexperiencia a kilómetros y te van a devorar viva. Altagracia moverá cielo y tierra para tumbar ese testamento. Estás rodeada de lobos.
Anais tragó saliva, sabiendo que cada una de sus palabras era una verdad indiscutible.
—¿Y qué propone el gran tiburón? —le preguntó, sosteniéndole la mirada con valentía.
—Una alianza —sentenció Vicenzo con una sonrisa calculadora—. Mi equipo de abogados va a blindar tu posición antes de que amanezca y mi consorcio va a respaldar tus acciones en la bolsa. A cambio, tú me vas a firmar los derechos preferenciales de distribución que tu padre me negó por años. Mañana al mediiodía nos vemos con el notario para formalizar los papeles y... hablar de un acuerdo más permanente. Piénsalo. Tienes hasta mañana para decidir si quieres ser la presa o la cazadora.
Vicenzo dio media vuelta y salió, dejando en el aire el aroma magnético de su loción y una propuesta que cambiaba las reglas del juego para siempre.
🧪 Veneno en la oscuridad
En el ala opuesta de la mansión, el ambiente era un verdadero infierno. En la habitación principal, el caos era absoluto. Camila, completamente histérica, arrojaba los costosos frascos de perfume contra el espejo del tocador, haciéndolos añicos contra el suelo.
—¡No lo voy a permitir! ¡Esa maldita muerta de hambre no se va a quedar con mis tarjetas, ni con mi camioneta, ni con la atención de Vicenzo! —gritaba con el rostro desfigurado por la rabia—. ¡Haz algo, mamá! ¡Nos vamos a quedar en la calle por culpa de ese viejo y su maldito testamento!
Altagracia seguía sentada en el borde de la cama, inmóvil, con una rigidez espeluznante. Sus ojos, fijos en la pared, brillaban con la frialdad de un reptil calculando el momento exacto para morder.
—Cállate, Camila. Los gritos no resuelven nada —siseó con una voz helada que hizo que su hija se detuviera en seco—. Anais cree que ganó porque tiene un papel firmado. Pero un testamento solo sirve si el heredero está vivo para cobrarlo.
Camila abrió los ojos de par en par, entendiendo la siniestra insinuación a la primera.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó en un susurro tembloroso.
Altagracia se levantó despacio y fue hacia el teléfono de la habitación. Una sonrisa perversa se le dibujó en los labios al recordar un detalle crucial.
—Esta mañana, la muy estúpida se quejó de que los frenos de su auto fallaban y que el motor se le apagaba solo —comentó Altagracia, tomando el auricular—. Nadie en esta casa movió un dedo para revisarlo... y nosotras nos aseguraremos de que fallen del todo. Si Anais sufre un accidente en la carretera antes de firmar con el notario mañana, los bienes entran en disputa y yo, como esposa legítima, me quedo al mando de la fortuna. El clima de esta noche es perfecto para una tragedia.
Con pulso firme, marcó un número oculto en su agenda confidencial. Al tercer timbrazo, una voz ronca respondió del otro lado. Eran sus hombres de confianza.
—Tengo un trabajo urgente —ordenó con total frialdad—. El auto plateado del garaje secundario. Corten las líneas de los frenos por completo. Háganlo ya. Ella no debe pasar de la primera curva de la colina.
🌧️ El vuelo hacia el abismo
A las tres de la madrugada, la tormenta descargaba toda su furia sobre la costa. Los relámpagos iluminaban el cielo y el agua golpeaba con violencia los ventanales de la mansión.
Anais no había podido pegar el ojo en toda la noche. La angustia por su padre, la presión inminente de la junta directiva y las palabras dominantes de Vicenzo la estaban asfixiando. Miró su teléfono; no había actualizaciones del hospital. Desesperada, sintiendo que las paredes de la habitación se le caían encima, tomó una decisión impulsiva: iría al Hospital Central ahora mismo, sin importar la hora ni el peligro del clima.
Para no levantar sospechas ni despertar a los choferes que pudieran alertar a Altagracia, se puso una gabardina oscura, agarró las llaves de su auto y bajó las escaleras en absoluto silencio.
Desde la penumbra del pasillo del segundo piso, dos siluetas oscuras la vieron cruzar el vestíbulo. Altagracia y Camila sonreían en la oscuridad, viendo a su presa caminar directo a la trampa mortal.
Anais llegó al garaje secundario, subió a su auto plateado y encendió el motor, que rugió con dificultad debido a la humedad. Sin pensarlo dos veces, aceleró y salió de la propiedad, metiéndose de lleno en la peligrosa carretera de la colina que bajaba hacia el centro de la ciudad. La visibilidad era casi nula; el agua corría como un río caudaloso sobre el asfalto y el viento sacudía los árboles con una fuerza descomunal.
El auto avanzaba rápido por el borde del precipicio. Al llegar a una curva cerrada y ciega, Anais divisó a lo lejos los faros cegadores de un camión de carga que subía en sentido contrario.
El pánico la invadió por completo. Por puro reflejo de supervivencia, levantó el pie del acelerador y pisó a fondo el pedal del freno.
Para su horror, el pedal no ofreció ningún tipo de resistencia. Se hundió por completo, golpeando el piso metálico como si pisara el aire.
—¡No, no, por favor, no! —gritó Anais, bombeando el pedal con desesperación, pero el vehículo no redujo ni un kilómetro de velocidad. Las ruedas patinaron sobre el pavimento mojado, perdiendo todo el agarre.
El auto, completamente fuera de control, se fue directo contra la endeble barandilla de seguridad. Anais se aferró al volante con las manos congeladas por el terror, soltando un grito desgarrador que un trueno ensordecedor ahogó por completo en medio de la noche.
El impacto fue brutal. El vehículo destrozó las barreras de metal y, desafiando la gravedad por un milisegundo eterno, voló hacia el vacío, precipitándose por el barranco oscuro en una caída libre mortal hacia el río embravecido que aguardaba en el fondo para tragársela.
