Capítulo 1 HILOS DE TRAICIÓN Y SEDA ROJA
El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana importada era el único sonido que llenaba el comedor. A través de los grandes ventanales, la escena parecía una postal perfecta de una familia adinerada compartiendo el desayuno. Pero detrás del mármol y las flores frescas, el ambiente estaba tan cargado que costaba respirar.
Anais mantenía la mirada clavada en su plato, ignorando el desprecio silencioso que flotaba al otro lado de la mesa. A su izquierda, su hermanastra Camila revisaba el teléfono con una sonrisa ensayada, mientras Altagracia, su madrastra, tomaba un sorbo de té con la postura rígida de quien vigila su territorio.
—Padre —rompió Anais el silencio, mirando al hombre sentado en la cabecera—. Necesito que revises mi auto. Ayer volvió a apagarse en plena marcha y los frenos tardan demasiado en responder. Es peligroso, necesito que lo vea un mecánico o cambiarlo por uno sencillo. Da miedo salir a la calle así.
Antes de que su padre pudiera abrir la boca, Altagracia dejó caer la taza sobre el platillo con un golpe seco que resonó en las paredes.
—¿Pero tú te volviste loca, Anais? —intervino, sin poder ocultar el veneno en la voz—. ¡Eso cuesta una fortuna! Qué fácil es para ti pedir lujos y exigir que se derroche el dinero que a tu padre tanto le cuesta ganar. Eres una desconsiderada.
—No estoy pidiendo un lujo, Altagracia, estoy hablando de mi seguridad —replicó Anais, apretando los puños debajo de la mesa—. El negocio familiar da de sobra para eso. A Camila le compraron una camioneta del año hace un mes y nadie cuestionó el gasto.
—¡No te atrevas a compararte con mi hija! —siseó Altagracia, poniéndose de pie de golpe—. Camila va a eventos benéficos, representa nuestro apellido con clase y dignidad. Tú solo eres una carga que se la pasa quejándose. Bastante hacemos con mantenerte bajo este techo.
—¡Ya basta! —la voz del padre tronó en la habitación, haciendo que los sirvientes en los pasillos se tensaran.
Anais miró a su padre, esperando, por una vez en su vida, una palabra de apoyo o un límite a los abusos. Pero lo que encontró en sus ojos fue una furia ciega, alimentada por los años de manipulación con los que Altagracia le había envenenado la mente. El hombre se levantó de la silla, caminó a pasos pesados hacia ella y, antes de que pudiera reaccionar, le asestó una violenta bofetada.
El golpe le giró el rostro hacia un lado. El comedor quedó en un silencio sepulcral, solo roto por la respiración agitada de su padre. El dolor en la mejilla no era nada comparado con la vergüenza que le trancó el pecho.
—¡Eres una malagradecida y una caprichosa! —le gritó el hombre, con el rostro enrojecido—. Tu madre solo me dio dolores de cabeza y tú vas por el mismo camino. No quiero volver a escucharte pedir un solo centavo en esta casa. ¡Lárgate de mi vista!
Anais se llevó una mano a la piel ardiente. Levantó los ojos y vio a Camila cubriéndose la boca con un horror fingido, mientras Altagracia mostraba una sonrisa de victoria. Con el corazón destrozado, Anais se puso de pie y salió corriendo de la mansión, esquivando las miradas de lástima de los empleados.
Terminó refugiada en el rincón más oscuro de una pequeña cafetería en el otro extremo de la ciudad, apretando una taza de café frío entre las manos temblorosas. Necesitaba tiempo para respirar. Mientras miraba la lluvia golpear el cristal, las risas burlonas de Camila y Altagracia seguían dándole vueltas en la cabeza.
¿Por qué nadie le creía? ¿Por qué, sin importar cuánto se esmerara por encajar y soportar los desplantes, para su padre siempre era un estorbo del que avergonzarse? Una lágrima amarga le corrió por la mejilla. Estaba completamente sola en ese nido de víboras, mendigando un afecto que le negaban sistemáticamente. No se imaginaba que las cosas en la carretera estaban a punto de ponerse mucho peores.
De repente, el teléfono celular vibró con fuerza sobre la mesa, rompiendo sus pensamientos. Anais sacó el aparato del bolso con torpeza. Al ver que era un número desconocido, contestó con la voz entrecortada.
—¿Aló?
—¿Hablamos con la señorita Anais? —preguntó una voz masculina, tensa y apresurada.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Señorita, le marcamos de la sala de urgencias del Hospital Central. Su padre acaba de sufrir un choque grave en la autopista principal. Un camión de carga embistió su vehículo. Su estado es crítico y va entrando a quirófano ahora mismo. Debe venir de inmediato.
El teléfono resbaló de sus dedos y cayó sobre la mesa. Sintiéndose mareada, tuvo que apoyarse en la silla para no caerse. El mundo se le desmoronaba. Su padre, el hombre que la acababa de golpear pero que seguía siendo su único vínculo familiar, se estaba muriendo. Mientras salía a la calle a buscar un taxi bajo la lluvia, un pensamiento terrorífico la invadió: si él moría, se quedaría completamente desamparada a merced de esas dos mujeres.
Una semana después, la atmósfera en la mansión no era de luto, sino de pura estrategia. El padre de Anais seguía inconsciente en coma inducido, y Altagracia no había perdido el tiempo. Para acallar los rumores sobre una posible quiebra, decidió seguir adelante con la gran gala benéfica anual de la empresa. Para ellas, las apariencias ante la alta sociedad lo eran todo.
Horas antes de que llegaran los invitados, Altagracia entró a la habitación de Anais sin molestarse en tocar. Llevaba una percha con un vestido de corte viejo, de un color gris opaco y sin ninguna gracia.
—Te vas a poner esto —ordenó, tirando la prenda sobre la cama—. Hoy es una noche crucial para Camila. No quiero que llames la atención ni causes lástima con tus harapos ordinarios. Quédate en el fondo del salón como una sombra. Ya bastante molestia es tenerte aquí.
En cuanto la puerta se cerró, Anais miró el trapo gris. Una chispa de orgullo, adormecida por el dolor de los últimos días, se encendió con fuerza en su interior. Miró hacia la ventana, pensando en su padre postrado en la cama, y luego apretó los puños.
—Se acabó —susurró.
Caminó hacia el fondo de su armario. Pasó de largo la ropa sencilla y sacó una funda oculta. Ahí estaba una pieza que había comprado en secreto con sus propios ahorros: un vestido de seda pura en color rojo carmesí. Era una prenda espectacular, elegante pero atrevida, que se ceñía a su cuerpo con un escote sofisticado y una caída que cortaba la respiración.
Cuando la música de cámara ya resonaba en el salón principal y los empresarios más importantes del país conversaban con copas de champaña en mano, Anais apareció en lo alto de la escalinata.
El efecto fue inmediato. Como si tuviera un imán, las conversaciones empezaron a apagarse una a una. Los murmullos cesaron y las miradas de los magnates y las damas se elevaron hacia ella. Anais bajaba los escalones con la frente en alto, con una elegancia natural que aplastó por completo el recargado vestido rosa de pedrería que llevaba Camila. Altagracia, al verla desde el centro de la pista, apretó su copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La furia en sus ojos prometía destruirla.
Antes de que su madrastra pudiera acercarse a sacarla a empujones, las puertas principales se abrieron de par en par. El maestro de ceremonias anunció el nombre que todos esperaban:
—El señor Vicenzo, CEO de las Industrias Corporativas Globales.
El hombre entró al lugar y una ola de respeto barrió el salón. Vicenzo tenía una presencia imponente; sus ojos grises y afilados analizaban el entorno con la precisión de un depredador, y su traje a la medida delataba un poder incalculable. Altagracia, forzando una sonrisa perfecta, arrastró a Camila del brazo para cortarle el paso.
—Señor Vicenzo, qué honor tenerlo en nuestra casa —dijo Altagracia con voz empalagosa—. Le presento a mi hija, Camila. Estaba muy interesada en conversar con usted sobre los nuevos proyectos de la ciudad.
Camila extendió la mano, intentando cautivar al soltero más codiciado y peligroso de la élite. Sin embargo, Vicenzo ni siquiera se dignó a mirarla. Sus ojos grises pasaron de largo de la silueta rosa de Camila y se clavaron en la mujer del vestido rojo que estaba a unos metros.
Intrigado por el fuego y la tristeza altiva que emanaba de Anais, Vicenzo rompió el protocolo. Dejó a Altagracia y a Camila con la mano estirada en el aire y caminó con paso firme directamente hacia ella. Los invitados contuvieron el aliento.
Vicenzo se detuvo a unos centímetros de Anais, obligándola a sostenerle la mirada. Una sonrisa ladina se dibujó en los labios del magnate.
—Buenas noches, señorita —dijo, con una voz profunda que derrochaba seguridad—. Me temo que el color de su vestido es una advertencia de peligro... y a mí me encantan los riesgos.
Anais sintió un escalofrío en la espalda, pero no bajó los ojos. Sabía que ese hombre era el tiburón más grande del mundo corporativo, pero también intuyó que podía ser su única salida de ese infierno.
En ese instante de máxima tensión, cuando Camila se moría de envidia y Altagracia planeaba cómo deshacerse de ella esa misma noche, las puertas del salón volvieron a abrirse, pero esta vez de golpe.
Un hombre de traje oscuro, pálido y completamente alterado, entró corriendo. Era el abogado principal y albacea de la familia. Ignorando las etiquetas, fue directo hacia Altagracia y le entregó un documento sellado.
Altagracia, molesta por la interrupción frente a Vicenzo, abrió el sobre de mala gana. Pero a medida que sus ojos recorrían el papel, el color se le fue del rostro. Las manos le empezaron a temblar tanto que la copa de champaña se le resbaló, haciéndose añicos contra el suelo de mármol.
—No... esto no puede ser verdad... —tartamudeó, mirando el documento como si fuera una maldición.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Camila, asustada.
El abogado, con la voz firme y lo suficientemente alta para que Vicenzo y Anais escucharan, soltó la bomba:
—Señora Altagracia... el informe pericial acaba de llegar del hospital junto con la orden del testamento del señor. El choque de la semana pasada no fue un accidente. La policía científico confirmó que los frenos del auto fueron cortados intencionalmente. Alguien intentó matarlo.
Los murmullos estallaron en el salón como pólvora. El abogado miró fijamente a Anais y continuó:
—Y debido a las cláusulas de emergencia que su padre firmó hace años en caso de un atentado contra su vida... todas las acciones de la empresa, las cuentas bancarias y el control absoluto de esta mansión pasan de inmediato a manos de su única hija biológica: Anais. Ustedes dos, señora Altagracia y señorita Camila, quedan legalmente desheredadas y suspendidas de cualquier fondo a partir de este maldito segundo.
El silencio que siguió fue absoluto. Altagracia miró a Anais con un odio que rayaba en la locura, dándose cuenta de que la trampa que ella misma había armado para deshacerse de su esposo se había vuelto en su contra antes de tiempo.
Vicenzo, observando la escena, soltó una risita cargada de ironía. Miró a Anais, cuyos ojos brillaban por la sorpresa y el repentino peso del poder. El magnate se inclinó un poco hacia ella y le susurró al oído:
—Vaya... parece que mi hermosa dama de rojo no es solo una sobreviviente. Ahora eres la dueña del tablero. Creo que es momento de que tú y yo firmemos un contrato muy interesante.
