Capítulo 2 02
Intentaba continuar con mi vida, y no dejarme acobardar, pese al hecho de que solamente faltaban cinco días para mi cumpleaños, y aún no tenía ni la menor idea de cómo conseguir un esposo. La condición que mi padre había dejado plasmada en aquel testamento lo empeoraba todo, debido a que los miembros de la Junta eran las personas más quisquillosas que podían existir sobre la faz de la tierra. No eran fáciles de engañar, ni siquiera por comerciantes extranjeros, ¿Cómo fingiría una relación ante ellos?
—Deja de fruncir tanto el ceño, te arrugarás —dijo mi madre, mientras ingresaba en la oficina. —. ¿Adivina qué? Ya tengo una solución —dio una palmada. —. ¿Recuerdas a mi amigo Freddy?
—Mamá, él me ha visto desde que usaba pañales. No quiero casarme con un hombre que me dobla la edad —bufé. —. Tiene que haber otra salida, si la única razón por la que papá no cambió esa cláusula es porque no esperaba morir tan pronto, el mismo notario lo dijo.
—Amor, no tienes opción —respondió, acortando el espacio entre nosotras y palmeando mi mejilla. —. Este es un mundo de hombres, así que, si quieres estar en él, debes seguirles el juego. Aunque, aun puedes dejarlo y vivir de la herencia que has recibido, lo que significaría dejarle libre el camino al hijo de la alimaña.
—Ni bromees con eso, mamá. —rodé los ojos, mientras la pasaba de lado.
—Tú deja de comportarte como una niña caprichosa. Freddy es tu única opción, un hombre serio y responsable. De lo contrario, ese hijo de alimaña rastrera se quedará con todo esto. Cásate con él, no es un mal sujeto. Además, luego de un tiempo te podrás divorciar, o con algo de suerte el morirá y te dejará todo.
—¡Mamá! —exclamé, pasmada cuando ella comenzó a reírse de su propio comentario.
—Bienvenida al mundo real, hija mía. —entonó, mientras se retiraba.
Pues,“el mundo real” era una basura.
—Señorita Stevens —me habló mi secretaria, mientras ingresaba con una carpeta en sus manos.
—¿Qué es esto? —cuestioné, extrañada.
—Su hermano solicitó que le enviara una copia de estos documentos, ahí va la información sobre los socios extranjeros y las acciones que le correspondían a su padre, y están temporalmente en sus manos.
—¡¿Temporalmente en mis manos?! —cuestioné, ofendida.
—Eso dijo su hermano, no yo. —contestó, cohibida.
Presioné las manos en puños, tratando de contener mi enojo. No era suficiente con que a los cinco años de edad mi padre me hubiese anunciado que tenía un hermano de dos años fuera de casa, al que debía tratar con cariño y respeto.
Prácticamente me obligó a convivir con él al pasar de los años, a pesar de que siempre le contaba que Alberto solía cortarles el cabello a mis muñecas y quebrar mis tazas para el té. También era experto en esconder mis cosas para después fingir que no sabía dónde estaban, y si yo terminaba regañada por perderlas, él solo sonreía con esa cara de santo que tanto convencía a mi padre.
No importaba cuántas veces intentara defenderme o explicarle que Alberto hacía todo aquello a propósito, siempre encontraba la manera de salirse con la suya y yo terminaba siendo la exagerada de la historia. No, todo aquel castigo no había sido suficiente, y aún a mis veintisiete años de edad, ese bruto seguía siendo una piedra en mi zapato. Parecía disfrutar arruinándome el día con cualquier tontería, como si fastidiarme fuera su pasatiempo favorito y hubiera perfeccionado el arte de sacarme de mis casillas con el paso de los años.
Y no era de malentenderme, no me molestaba que fuese mi medio hermano, pero sí odiaba que no hiciera más que molestarme desde que éramos pequeños. Lo peor de todo era que, mientras yo insistían en que algún día él maduraría y dejaríamos las diferencias atrás, Alberto parecía decidido a demostrar que siempre existía una nueva forma de hacerme perder la paciencia.
—Celeste —le hablé a mi secretaria, movida por la rabia. —. Será mejor que me agendes una cita con una modista que diseñe mi vestido de novia. Me voy a casar en cuatro días, y el que sea un matrimonio por obligación no significa que no me pueda lucir —me mofé, mientras avanzaba hacia mi escritorio. —. Me casaré con Freddy, tomaré el control de estas empresas y echaré a Alberto de mi vida, de una vez y para siempre.
—Pero…
—¿Pero? —repliqué, observándola con una ceja arqueada.
—¿Y la otra condición? No creo que el consejo vea amor en un matrimonio repentino, con un hombre que le dobla la edad.
La observé atentamente, antes de torcer un poco la boca y encaminarme hacia mi silla de escritorio. No importaba el amor, Freddy Bonnet era un italiano, amigo de mi madre, tenía múltiples negocios y mucha influencia, fruto de los esfuerzos de su juventud, por lo que, nadie en el consejo se atrevería a cuestionarlo, mucho menos a rechazarlo como mi pareja.
Sí, él era mi única y última opción, además, faltaban solo cinco días para mi cumpleaños número veintiocho, por lo que no podía ponerme tan exigente. Por ese motivo, tomé mi teléfono celular y le llamé a mamá.
—Me casaré con Freddy Bonnet, organiza todo. —le informé, ni bien contestó.
No me importaba qué sería de mí en aquel matrimonio, siempre y cuando no perdiera mi lugar en Stevens Textiles.
