El contrato con el Diablo

Download <El contrato con el Diablo> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 9 Capítulo 9

La mañana de la fiesta amaneció con un cielo plomizo y una lluvia fina que no terminaba de decidir si quedarse o marcharse. Alessandra se despertó con el estómago revuelto y la certeza de que el día iba a ser largo. Más largo de lo que estaba preparada para admitir.

Irina llegó puntual a las nueve. Traía consigo no uno, sino tres vestidos, todos negros, todos diseñados para llamar la atención de la forma más peligrosa posible. El que finalmente eligió Viktor —porque, por supuesto, fue él quien dio la última palabra por mensaje— era un vestido largo de seda negra que dejaba un hombro al descubierto y se ajustaba al cuerpo como si hubiera sido hecho exactamente para ella. La espalda quedaba casi completamente descubierta hasta la cintura. Un corte alto en la pierna derecha completaba el conjunto.

—El señor Sokolov insiste en que lleve el cabello suelto —dijo Irina mientras trabajaba con la plancha—. Y solo el anillo. Nada más de joyas.

Alessandra se miró en el espejo cuando terminaron. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la diseñadora gráfica de Brooklyn que sobrevivía a base de café y encargos mal pagados. Era la esposa del diablo de Nueva York. Elegante. Peligrosa. Marcada.

A las siete de la tarde Viktor apareció en el umbral de su habitación. Vestía un traje negro impecable, camisa negra sin corbata y el reloj de siempre. El cabello perfectamente peinado hacia atrás. La herida del costado ya no se notaba bajo la tela. Sus ojos la recorrieron con lentitud, deteniéndose un segundo en el hombro desnudo y otro en la abertura de la pierna.

—Perfecta —dijo con voz baja—. Demasiado perfecta para lo que vamos a hacer esta noche.

—¿Y qué vamos a hacer exactamente? —preguntó ella, intentando que la voz no le temblara.

—Recordarle a medio Nueva York que eres mía. Y que cualquiera que se acerque demasiado firmará su sentencia.

Le ofreció el brazo. Alessandra lo tomó. El contacto de su manga contra su piel desnuda le provocó un escalofrío que intentó disimular.

El club estaba en un edificio discreto del Meatpacking District. Desde fuera no parecía gran cosa: una puerta negra, dos hombres grandes y un letrero apenas visible. Dentro, sin embargo, el lugar era otro mundo. Luces bajas, música profunda que vibraba en el pecho, paneles de madera oscura y cristal ahumado. La planta baja era para el público general. La planta alta, privada, estaba reservada esa noche para Viktor y su círculo.

En cuanto entraron, las conversaciones bajaron de tono. Las miradas se clavaron en ellos como alfileres. Viktor no soltó el brazo de Alessandra en ningún momento. La guió entre la gente con una posesividad abierta, casi exhibicionista. Cada vez que alguien se acercaba demasiado, su mano se tensaba en la parte baja de su espalda, el pulgar rozando la piel desnuda de forma deliberada.

—Sonríe —le murmuró al oído mientras saludaban a un grupo de hombres de traje caro—. Estás exactamente donde quieres estar.

Alessandra sonrió. El gesto le dolió en los músculos de la cara.

La noche avanzó entre copas de vodka, conversaciones en ruso e italiano y miradas que no se molestaban en disimular. Alessandra reconoció algunas caras de las cenas anteriores. Otras eran nuevas. Todas, sin excepción, evaluaban el espacio entre ella y Viktor, buscando grietas.

Fue entonces cuando lo vio.

Roberto Mancini.

Más viejo de lo que recordaba, el cabello completamente blanco, la misma sonrisa demasiado amplia que le regalaba chocolates cuando era niña. Estaba en el otro extremo de la sala privada, hablando con dos hombres. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Alessandra, la sonrisa se ensanchó.

Viktor lo notó en el mismo segundo. Su cuerpo entero se tensó a su lado.

—No te separes de mí —ordenó en voz baja—. Ni un segundo.

Mancini se acercó con calma, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. Se detuvo a un metro de ellos y se inclinó ligeramente hacia Alessandra.

—Pequeña Alex. Cuánto tiempo. Quién diría que la niña de Lorenzo terminaría casada con el ruso más temido de la costa este. El destino tiene un sentido del humor… interesante.

Viktor no le dio tiempo a seguir.

—Mancini. Qué valiente de tu parte aparecer aquí después de lo del puerto.

El hombre mayor levantó las manos en un gesto de falsa inocencia.

—Solo negocios, Viktor. Nada personal. Aunque, claro… cuando uno se casa con la hija de un Genovese, todo se vuelve un poco personal, ¿verdad?

Su mirada bajó hasta el anillo en el dedo de Alessandra y luego subió despacio, deteniéndose un segundo de más en el escote del vestido.

Viktor dio un paso adelante. La sonrisa que apareció en su rostro no llegó a los ojos.

—Te recomiendo que dejes de mirar a mi esposa de esa manera. La última persona que lo hizo todavía está aprendiendo a comer por un tubo.

Mancini soltó una risa baja.

—Siempre tan dramático. Solo vine a felicitarlos. Y a recordar que las deudas de los Genovese no desaparecen porque la hija se case con el diablo. Hay cuentas pendientes. Cuentas que alguien va a cobrar.

Alessandra sintió que la sangre se le helaba. Viktor, en cambio, pareció relajarse de una forma todavía más peligrosa.

—Las deudas de los Genovese ya no existen. Yo las pagué. Todas. Incluidas las que tú creías que todavía podías usar. Así que te doy un consejo, Roberto: desaparece. Esta noche. Antes de que decida que tu presencia aquí es una declaración de guerra.

Mancini sostuvo la mirada unos segundos más. Luego inclinó la cabeza hacia Alessandra.

—Cuídate, pequeña. Los diablos suelen cansarse de sus juguetes… y cuando lo hacen, los juguetes suelen terminar rotos.

Se alejó entre la multitud. Viktor no apartó los ojos de su espalda hasta que desapareció por las escaleras.

—Vamos —dijo de pronto.

—¿Ya?

—Sí. Ya vieron lo que tenían que ver. Y yo ya vi lo que necesitaba ver.

El trayecto de regreso al ático se hizo en un silencio cargado. Viktor no soltó la mano de Alessandra en todo el camino. Su pulgar dibujaba círculos lentos sobre el dorso de su mano, un gesto casi inconsciente que le aceleraba el pulso de una forma peligrosa.

En cuanto las puertas del ático se cerraron detrás de ellos, Viktor se quitó la chaqueta del traje y la lanzó sobre el sofá. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo.

—Ese hijo de puta se atrevió a mirarte. En mi propio club. Delante de mí.

Alessandra se quedó de pie en mitad del salón, el abrigo todavía puesto.

—Dijo que había deudas…

—No hay deudas. Yo me encargué de ellas hace meses. Lo que quiere es otra cosa. Quiere una reacción. Quiere que pierda el control. Y estuvo a punto de conseguirlo.

Se acercó a ella. Esta vez no hubo distancia. Sus manos subieron hasta el rostro de Alessandra y la sujetaron con una suavidad que contrastaba con la furia contenida en sus ojos.

—Cuando te miró de esa forma… pensé en sacarle los ojos ahí mismo. Delante de todos.

Alessandra contuvo la respiración. El calor de sus palmas le quemaba la piel.

—Viktor…

—No. Escúchame. Esta noche entendí algo. No puedo seguir fingiendo que esto es solo un contrato. No puedo seguir fingiendo que te tengo aquí solo por estrategia. Cada vez que alguien se acerca a ti, algo dentro de mí se rompe. Y no sé cuánto tiempo más voy a poder controlarlo.

Se inclinó. La frente otra vez contra la suya. El aliento compartido. El corazón de Alessandra latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo.

—Dime que me detenga —susurró contra sus labios—. Dime que no quieres esto y me aparto. Ahora mismo.

Alessandra abrió la boca. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua. Las palabras seguras. Las palabras que debían protegerla.

No salieron.

En lugar de eso, levantó una mano temblorosa y la apoyó en el pecho de él, justo sobre el corazón. Latía tan rápido como el suyo.

—No sé qué quiero —admitió en un susurro—. Solo sé que cada vez que te alejas… siento que me falta el aire.

Viktor soltó un sonido bajo, casi un gruñido, y por fin cerró la distancia.

El primer contacto de sus labios fue contenido. Casi cuidadoso. Como si todavía le estuviera dando una última oportunidad de echarse atrás. Alessandra no se la dio. Se elevó sobre las puntas de los pies y respondió al beso con una urgencia que la sorprendió a ella misma.

Entonces el control de Viktor se rompió.

Una mano se cerró en su cabello, la otra bajó hasta la espalda desnuda del vestido y la pegó contra su cuerpo. El beso se volvió más profundo, más hambriento, más posesivo. Alessandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Solo existía la boca de él, el sabor a vodka y a peligro, la forma en que sus dedos se clavaban en su piel como si quisiera marcarla desde dentro.

Cuando por fin se separaron, ambos respiraban agitados. La frente de Viktor seguía apoyada contra la suya. Sus labios rozaban los de ella al hablar.

—Si seguimos… no voy a poder parar.

Alessandra cerró los ojos. El corazón le latía desbocado. El miedo seguía ahí. El odio también. Pero debajo de todo eso había algo más grande, más oscuro y más honesto.

—Entonces no pares —susurró.

Viktor la miró un segundo más, buscando cualquier rastro de duda. No lo encontró. Entonces la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó hacia el pasillo, hacia su habitación, sin dejar de besarla ni un instante.

La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave y definitivo.

Afuera, la lluvia había empezado a caer con fuerza sobre los cristales de Nueva York.

Dentro, el diablo por fin había dejado de esperar.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk