El contrato con el Diablo

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Capítulo 8 Capítulo 8

La llamada que interrumpió el momento duró menos de tres minutos.

Alessandra se quedó sentada en el borde de la cama, con los dedos todavía rozando la mejilla donde Viktor la había tocado. El calor de su piel parecía haberse quedado impregnado. Escuchó pasos rápidos por el pasillo, la voz de Viktor hablando en ruso, cortante, y luego el sonido del ascensor abriéndose y cerrándose.

Se levantó. Salió de la habitación. El salón estaba vacío. Solo quedaba el eco de su ausencia y una taza de café a medio terminar sobre la mesa baja.

Esperó.

Una hora.

Dos.

Cuando por fin el ascensor volvió a abrirse, Viktor entró solo. El abrigo traía una mancha nueva, más oscura que la anterior. Esta vez no intentó disimularla. Se lo quitó de un tirón y lo lanzó sobre una silla. Debajo, la camisa negra estaba arrugada y tenía un pequeño corte cerca del costado, lo bastante superficial como para que la sangre apenas se hubiera filtrado.

Alessandra se quedó quieta en mitad del salón.

—Estás herido.

—Es nada —respondió él, dirigiéndose al bar. Sirvió vodka en un vaso y lo bebió de un trago—. Mancini movió ficha más rápido de lo que esperaba. Intentó un golpe en uno de los almacenes del puerto. Falló.

—¿Falló porque lo detuviste?

Viktor dejó el vaso vacío sobre la barra y por fin la miró. Había algo salvaje en sus ojos, una energía contenida que no había estado ahí esa mañana.

—Falló porque nadie toca lo mío y se va a casa a dormir. Especialmente no cuando lo mío eres tú.

Se quitó la camisa. El movimiento fue brusco. Alessandra vio la herida: una línea fina y roja a lo largo de las costillas, ya casi seca. No era grave. Pero estaba ahí. Y había sido por ella, de alguna forma.

Se acercó sin pensarlo.

—Deja que te limpie eso.

—No hace falta.

—No te estoy pidiendo permiso.

Viktor la observó en silencio mientras ella iba a la cocina, volvía con un botiquín que había visto días atrás en uno de los cajones y le hacía un gesto hacia el sofá. Se sentó. Ella se arrodilló frente a él, abrió el kit y empapó un algodón en antiséptico.

Cuando el algodón tocó la herida, él no se inmutó. Solo la miraba desde arriba, con una intensidad que le quemaba la nuca.

—Tienes las manos frías —murmuró.

—Tú tienes la piel caliente.

Alessandra limpió la sangre con movimientos precisos. Intentó concentrarse solo en la tarea, en no pensar en lo cerca que estaba, en el calor que desprendía su cuerpo, en la forma en que sus músculos se tensaban bajo sus dedos. Fracasó.

Cuando terminó de colocar una gasa y fijarla con esparadrapo, no se levantó de inmediato. Se quedó arrodillada entre sus piernas, las manos todavía apoyadas en su torso desnudo. El silencio se volvió demasiado espeso.

Viktor levantó una mano y le sujetó la muñeca con suavidad. No para apartarla. Para mantenerla ahí.

—Alessandra.

Ella levantó la vista. Estaban demasiado cerca. Otra vez. Siempre demasiado cerca.

—Si sigues mirándome así —dijo él con voz baja y ronca—, voy a hacer algo de lo que después no podré arrepentirme.

—¿Y qué miras tú? —susurró ella—. Porque no soy la única que está cruzando líneas esta noche.

Por un segundo el aire entre ellos se electrificó. Viktor se inclinó. Lento. Lo bastante cerca para que Alessandra sintiera su aliento contra los labios. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.

Luego, en lugar de besarla, apoyó la frente contra la suya. Exactamente igual que la noche anterior. Solo que esta vez el gesto duró más. Mucho más.

—No voy a tomarte porque estés asustada o agradecida —murmuró contra su piel—. Cuando te tenga, va a ser porque tú también lo quieras. Aunque te cueste admitirlo.

Se apartó con un esfuerzo visible. Se levantó, recogió la camisa manchada y se dirigió hacia el pasillo.

—Voy a ducharme. No salgas del ático. Mancini todavía no ha terminado de jugar.

Alessandra se quedó arrodillada en el suelo del salón mucho después de que él hubiera desaparecido. Las manos le temblaban. No de miedo. De otra cosa mucho más peligrosa.

Se levantó, guardó el botiquín y se dirigió a su habitación. Necesitaba distancia. Necesitaba pensar. Pero cada vez que cerraba los ojos veía la herida en su costado, la forma en que la había mirado, la promesa contenida en su voz.

Pasó la tarde en una especie de limbo. Intentó trabajar. No pudo. Revisó el documento secreto donde anotaba todo sobre Viktor y añadió tres líneas nuevas:

«Se dejó herir por detenerme.

Me limpió la herida y casi me besa.

Dijo “cuando te tenga”. No “si”.»

Cuando anocheció, Viktor reapareció. Vestía ropa negra sencilla, el cabello húmedo, la expresión otra vez bajo control. Traía dos vasos y una botella de vino tinto caro.

—Cena. Ligera. Y luego hablamos.

Comieron en la isla de la cocina, casi en silencio. El vino suavizó un poco los bordes de la tensión, pero no los eliminó. Cada vez que sus miradas se cruzaban, algo pesado y caliente se instalaba entre ellos.

Al final, Viktor dejó el vaso vacío y habló:

—Mancini no va a parar. No hasta que le demuestre de forma definitiva que no hay forma de usarte en mi contra. Por eso mañana vamos a hacer algo que no te va a gustar.

Alessandra levantó una ceja.

—¿Más cenas? ¿Más almacenes?

—Una fiesta. En uno de mis clubes. Pública. Llena de gente que importa en este mundo. Vas a aparecer a mi lado como lo que eres: mi esposa. Y vamos a dejar muy claro que cualquiera que intente acercarse a ti o a tu familia firmará su propia sentencia.

Ella dejó el tenedor sobre el plato.

—Me estás usando otra vez como símbolo.

—Te estoy protegiendo de la única forma que funciona en mi mundo. El miedo. El respeto. La certeza de que eres intocable porque me perteneces.

Se levantó y rodeó la isla hasta quedar frente a ella. Esta vez no hubo suavidad. Solo determinación.

—No te pido que lo disfrutes. Te pido que confíes en mí una vez más. Solo una noche. Después… después hablamos de todo lo demás.

Alessandra lo miró largo rato. Pensó en la herida de su costado. En la forma en que había sostenido sus manos esa mañana. En la frente apoyada contra la suya. En Matteo seguro. En su madre todavía viva.

Al final asintió.

—Una noche.

Viktor inclinó la cabeza, aceptando el acuerdo. Luego, con una lentitud deliberada, levantó una mano y le apartó un mechón de cabello de la cara. El gesto fue casi tierno. Casi.

—Ve a descansar. Mañana Irina vendrá temprano. Esta vez el vestido será… distinto.

Se apartó antes de que ella pudiera responder y desapareció hacia su ala del ático.

Alessandra se quedó sola en la cocina, con el sabor del vino todavía en la lengua y el eco de su toque en la piel. Se llevó una mano a la mejilla, al mismo lugar donde él la había tocado horas antes.

Sabía que estaba perdiendo terreno.

Sabía que cada día que pasaba la línea entre el odio y otra cosa mucho más peligrosa se volvía más fina.

Y sabía, con una claridad que le heló la sangre, que la fiesta del día siguiente no iba a ser solo una demostración de poder.

Iba a ser el momento en que el diablo dejara de jugar con cuidado…

y empezara a reclamar de verdad lo que ya consideraba suyo.

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