El contrato con el Diablo

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Capítulo 5 Capítulo 5

Pasaron tres días.

Tres días en los que Alessandra aprendió la rutina del ático como quien estudia el mapa de una prisión. Desayuno a las ocho. Viktor casi siempre ya estaba despierto, leyendo algo en su teléfono o hablando en ruso en voz baja. Luego él desaparecía durante horas. Reuniones, negocios, la vida que mantenía el imperio de la Bratva girando. Ella se quedaba. Con los guardias en cada piso, las cámaras en casi todas las habitaciones y la sensación constante de que alguien, en algún lugar, la estaba mirando.

El ordenador nuevo se convirtió en su única ventana al exterior. Trabajaba. Enviaba diseños a clientes antiguos bajo un correo nuevo que Viktor le había permitido crear. No preguntó cómo lo controlaba. Sabía que lo hacía. Cada mensaje, cada archivo, cada búsqueda probablemente quedaba registrado. Aun así, escribía. Y por las noches, cuando el ático quedaba en silencio, abría el documento secreto donde anotaba todo lo que observaba de él.

Cómo tomaba el café.

Cómo su acento ruso se volvía más marcado cuando se enfadaba.

Cómo nunca se quitaba el reloj.

Cómo, a veces, cuando creía que ella no lo miraba, su expresión se suavizaba un segundo antes de volver a convertirse en máscara.

El cuarto día amaneció con lluvia.

Alessandra estaba en la “oficina” que le habían asignado, revisando un logo para una cafetería de Brooklyn, cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Viktor entró. Traía el abrigo todavía puesto, el cabello húmedo por la lluvia y una expresión que ella no le había visto antes: tensa, contenida, peligrosa.

—Ven conmigo —dijo sin preámbulos.

Ella guardó el archivo y se levantó.

—¿Qué ocurre?

—Ahora.

Lo siguió por el pasillo hasta el salón principal. Allí esperaban dos de sus hombres. Uno de ellos sostenía una tableta. Viktor le hizo un gesto y la pantalla se encendió.

Alessandra sintió que el estómago se le caía al suelo.

Era una foto. Borrosa, tomada desde lejos, pero clara. Su hermano Matteo saliendo del instituto. Mochila al hombro, auriculares puestos, caminando solo por la acera de siempre. La misma acera de siempre.

—¿Qué es esto? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Viktor se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo del sofá.

—Una advertencia. Llegó esta mañana a una de mis direcciones. Sin remitente. Solo la foto y una nota.

Le extendió un papel doblado. Alessandra lo abrió con dedos que apenas le respondían.

«La niña de Genovese ahora es tuya.

Interesante.

¿Cuánto vale el hermanito?»

El papel le tembló en las manos.

—¿Quién? —susurró.

—Todavía no lo sé. Pero lo voy a saber. Y cuando lo sepa, va a desear no haber nacido.

Viktor se acercó a ella. Por primera vez desde que había firmado el contrato, su voz no sonaba solo posesiva. Sonaba furiosa. Fría y afilada como un cuchillo.

—Tu hermano está bajo vigilancia desde el día en que firmaste. Mis hombres lo siguen a todas partes. Esta foto se tomó antes de que ellos llegaran esta mañana. Alguien se movió rápido. Alguien que sabe exactamente dónde duele.

Alessandra levantó la vista. Los ojos azules de Viktor estaban más oscuros que de costumbre.

—¿Mi madre?

—Segura. El hospital tiene seguridad extra desde el primer día. Nadie se acerca a su habitación sin que yo lo sepa.

Ella asintió, aunque el nudo en la garganta no se deshacía. Matteo. Solo dieciséis años. Auriculares puestos. Caminando como si el mundo no estuviera lleno de monstruos.

—¿Qué vas a hacer?

Viktor tomó la tableta de manos de su hombre y apagó la pantalla.

—Lo que sé hacer. Encontrarlos. Y recordarles por qué nadie toca lo que es mío.

Se giró hacia los dos hombres y habló en ruso. Órdenes rápidas, cortantes. Ellos asintieron y salieron por el ascensor. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a instalarse en el salón.

Alessandra se dejó caer en el sofá. El papel de la amenaza seguía en su mano.

—Esto es por mí —dijo en voz baja—. Porque estoy aquí. Porque firmé.

Viktor se quedó de pie frente a ella, mirándola desde arriba.

—Es por mí. Alguien quiere probar si todavía tengo el control. Y ha elegido el camino más estúpido posible: usarte a ti y a tu familia.

Se agachó de pronto, quedando a la altura de sus ojos. Le sujetó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—Escúchame bien, Alessandra. Nadie va a tocar a tu hermano. Nadie va a tocar a tu madre. Y si alguien lo intenta, lo voy a borrar de la faz de la tierra. No porque sea un hombre bueno. Sino porque tú eres mía. Y lo que es mío se protege.

Ella quiso apartarse, pero no lo hizo. El contacto de sus dedos era firme, casi doloroso, y al mismo tiempo la anclaba a la realidad.

—No soy tuya —repitió, aunque la frase sonó más débil que nunca.

Viktor soltó una risa baja, sin humor.

—Sigue diciéndotelo. Mientras tanto, voy a hacer lo que tengo que hacer.

Se levantó y caminó hacia el ventanal. La lluvia golpeaba el cristal con fuerza. Durante un rato no dijo nada. Alessandra lo observó en silencio. La tensión en sus hombros. La forma en que apretaba la mandíbula. Por primera vez lo vio no como el monstruo que la había comprado, sino como un hombre al que alguien acababa de desafiar de la peor manera posible.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó al fin—. De verdad. Podrías haberme usado y luego descartarme. Podrías haber dejado que mi familia se hundiera. En cambio… esto.

Viktor no se giró de inmediato. Cuando lo hizo, su expresión era ilegible.

—Porque llevo tres años esperando el momento en que dejaras de ser solo una foto en un expediente. Porque cada vez que te veía pelear sola, algo en mí… se movía. Y porque cuando por fin te tuve delante, firmando ese contrato, entendí que no iba a ser suficiente con poseerte. Quería que me miraras. Aunque fuera con odio.

Se acercó de nuevo. Esta vez no la tocó. Solo se detuvo frente a ella.

—El odio lo puedo trabajar. La indiferencia no.

Alessandra sintió que el corazón le latía demasiado fuerte. La lluvia seguía cayendo. El ático parecía más pequeño de repente.

—Eres un enfermo —susurró.

—Lo sé —respondió él sin dudar—. Y aun así estás aquí. Y aun así tu hermano sigue vivo gracias a ese enfermo.

El silencio se alargó. Luego Viktor miró el reloj.

—Tengo que salir. Hay pistas que seguir. Tú te quedas. No salgas de este piso. No abras la puerta a nadie que no sea uno de mis hombres. Si alguien llama, no contestes.

—¿Y si necesito algo?

—Usa el intercomunicador. O el teléfono que te di. Mi número está marcado como primero.

Se dirigió al ascensor. Antes de entrar, se detuvo y miró por encima del hombro.

—Alessandra.

Ella levantó la vista.

—Confía en mí solo en esto. En proteger lo que es tuyo. En todo lo demás… sigue odiándome si quieres. Pero en esto, confía.

Las puertas se cerraron.

Alessandra se quedó sola otra vez. El papel de la amenaza seguía en su mano. Lo miró hasta que las letras se le borraron. Luego lo dejó sobre la mesa y se levantó. Caminó hasta la oficina, abrió el ordenador y escribió una sola línea en su documento secreto:

«Hoy alguien amenazó a Matteo.

Viktor estaba furioso.

No fingía.»

Cerró el archivo. Se quedó mirando la pantalla en blanco durante un largo rato.

Horas más tarde, cuando la lluvia amainó y la noche empezó a caer sobre la ciudad, el ascensor se abrió de nuevo. Viktor entró solo. El abrigo estaba manchado de algo oscuro en la manga. No era agua. Alessandra lo notó de inmediato.

Él la vio mirando la mancha y no intentó esconderla.

—No es mía —dijo simplemente.

Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Debajo, la camisa negra estaba impecable. Se acercó al bar, sirvió dos dedos de vodka y lo bebió de un trago.

—Encontramos al mensajero. No al que mandó la foto. Solo al que la entregó. Habló. Un poco.

Alessandra se levantó del sofá.

—¿Quién?

—Todavía no tengo el nombre completo. Pero sé de qué lado viene. Uno de los viejos contactos de tu padre. Alguien que cree que todavía puede jugar a dos bandas.

Dejó el vaso vacío sobre la barra y se pasó una mano por el cabello.

—Matteo está bien. Mis hombres lo trajeron a un lugar seguro esta tarde. Tu madre también. Nadie se acerca a ellos sin que yo lo autorice.

Alessandra sintió que las rodillas le flaqueaban de alivio. Se sentó de nuevo.

—¿Puedo hablar con él?

Viktor la miró un segundo. Luego asintió.

—Mañana. Cuando esté todo más controlado. Hoy no.

Se acercó a ella. Por un momento pareció que iba a decir algo más. En cambio, se limitó a observar su rostro como si buscara grietas.

—Tienes miedo —dijo al fin. No era una pregunta.

—Claro que tengo miedo. Es mi hermano.

—No solo por él.

Ella no respondió. No hacía falta. Él lo sabía.

Viktor se agachó otra vez, quedando a su altura. Esta vez no le sujetó la barbilla. Solo la miró.

—Puedes odiarme por haberte puesto en esta jaula. Puedes odiarme por haberte obligado a firmar. Pero esta noche… esta noche alguien intentó usar a tu familia para llegarme a mí. Y yo respondí. Como sé responder.

Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, le apartó un mechón de cabello de la cara. El gesto fue casi suave. Casi.

—Duerme en mi habitación esta noche —dijo de pronto.

Alessandra se tensó.

—¿Qué?

—Hay más gente moviéndose de lo que me gusta. Prefiero tenerte cerca. La habitación de invitados tiene demasiadas puertas. La mía no.

—No.

—No es una petición, Alessandra.

Se levantó. Extendió la mano hacia ella, no para ayudarla a levantarse, sino como una orden silenciosa.

—Ven.

Ella lo miró. La mancha oscura en el abrigo. La tensión en su mandíbula. El modo en que sus ojos no la dejaban escapar ni un segundo.

Al final se levantó sin tomar su mano.

Lo siguió por el pasillo hasta la otra ala del ático. La habitación de Viktor era más grande que la suya. Muebles oscuros, cama enorme, ventanales que dominaban otra parte de la ciudad. Olía a él. A madera, a frío, a peligro contenido.

Viktor cerró la puerta tras ellos.

—La cama es grande. No te voy a tocar. No esta noche. Solo… quédate donde pueda verte.

Alessandra se cruzó de brazos.

—¿Y si me niego?

Él se quitó el reloj con movimientos lentos y lo dejó sobre la mesita.

—Entonces te cargo y te dejo aquí de todas formas. Prefiero que sea por tu propia voluntad. Aunque sea una voluntad a regañadientes.

Se miraron en silencio. La lluvia había cesado por completo. Solo quedaba el ruido lejano de la ciudad y el latido demasiado fuerte en los oídos de Alessandra.

Al final ella caminó hasta el lado de la cama más alejado de la puerta y se sentó en el borde.

—Solo esta noche —dijo.

Viktor asintió.

—Solo esta noche.

Apagó la luz principal. Solo quedó una lámpara tenue en un rincón. Se quitó la camisa y se quedó en una camiseta negra. Luego se recostó del otro lado de la cama, de espaldas a ella, sin decir nada más.

Alessandra se recostó también, completamente vestida, mirando el techo.

Durante un largo rato ninguno habló. Ella podía oír su respiración. Constante. Controlada. Como todo en él.

Justo cuando creía que se había dormido, su voz rompió el silencio, baja y ronca:

—Si alguien vuelve a acercarse a tu hermano… lo voy a matar con mis propias manos. No por él. Por ti.

Alessandra cerró los ojos.

No respondió.

Pero por primera vez desde que había firmado el contrato, el miedo que sentía no era solo hacia el hombre que dormía a menos de un metro de ella.

Era también el miedo a lo que ese hombre estaba dispuesto a hacer… por ella.

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