Capítulo 4 Capítulo 4
La mañana siguiente llegó con una luz grisácea que se filtraba a través de los ventanales del ático. Alessandra se despertó con el cuello rígido y la sensación de haber dormido apenas un par de horas. El sobre blanco de la noche anterior seguía arrugado en el suelo, junto a la cama. Lo miró un momento y luego lo ignoró. No iba a darle el gusto de releerlo otra vez.
Se levantó, se duchó con agua fría a propósito y se puso la ropa más sencilla que encontró en el vestidor: un pantalón negro y una blusa de manga larga. Nada de vestidos. Nada de joyas. Solo el anillo, porque sabía que si se lo quitaba, Viktor lo notaría de inmediato.
Cuando bajó al salón principal, él ya estaba allí.
Viktor estaba sentado en uno de los sofás de cuero negro, con una taza de café negro en la mano y el teléfono sobre la mesa. Vestía una camisa gris oscuro arremangada y pantalones negros. El cabello todavía húmedo del baño. Parecía haber dormido perfectamente.
Levantó la vista al oírla y la observó en silencio durante unos segundos.
—Buenos días, esposa.
—No me llames así cuando estamos solos.
Él dejó la taza sobre la mesa con calma.
—Te llamaré como me dé la gana. Siéntate. Desayuna.
Sobre la mesa baja había un desayuno completo: pan recién horneado, frutas, huevos, café y un jugo naranja. Todo servido con una precisión casi militar. Alessandra no tenía hambre, pero se sentó de todos modos. Prefería tener algo entre las manos.
Comió en silencio. Viktor no dejó de mirarla. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándola con esa intensidad fría que parecía catalogar cada uno de sus gestos.
—Anoche soñé contigo otra vez —dijo de pronto, como si hablara del clima.
Alessandra dejó el tenedor sobre el plato.
—No quiero saberlo.
—Soñé que intentabas escapar. Que bajabas las escaleras de servicio y salías a la calle a las tres de la madrugada. Yo te alcanzaba antes de que llegaras a la esquina.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y qué hacías?
Viktor sonrió apenas, una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Te traía de vuelta. Y te recordaba por qué no debías intentarlo nunca más.
El silencio se instaló entre ellos como una tercera presencia. Alessandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo amenaza. Había algo más en su tono. Algo posesivo y oscuro que le revolvía el estómago y, al mismo tiempo, le aceleraba el pulso de una forma que odiaba admitir.
Terminó el café y se levantó.
—Voy a necesitar mi ordenador. Y acceso a internet. Tengo clientes que esperan diseños.
Viktor se recostó en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra.
—Tu ordenador viejo está en la basura. Te compraré uno nuevo esta tarde. Mientras tanto, usarás el de la oficina de aquí. Hay una habitación preparada para ti. Con cámaras, por supuesto.
—Por supuesto —repitió ella con amargura.
Se dirigió hacia el pasillo, pero la voz de Viktor la detuvo.
—Alessandra.
Se giró.
—Hoy no saldrás del ático. Tengo reuniones. Y no quiero preocuparme de dónde estás mientras estoy fuera.
—¿Preocuparte? Qué tierno.
Él se levantó con esa lentitud peligrosa que la ponía en alerta. Caminó hacia ella hasta quedar a poca distancia. El aroma a su colonia amaderada la envolvió.
—No es ternura. Es control. Mientras estés bajo este techo, eres mi responsabilidad. Y yo protejo lo que es mío.
Alessandra levantó la barbilla.
—No soy tuya.
Viktor levantó una mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue breve, casi suave, pero suficiente para que ella contuviera la respiración.
—El anillo en tu dedo dice lo contrario. El contrato que firmaste también. Y el hecho de que estés aquí, viva, mientras tu familia sigue respirando… eso también lo dice.
Retiró la mano y se alejó hacia el ascensor.
—Hay guardias en cada piso. Si intentas algo estúpido, lo sabré antes de que llegues a la planta baja. No me hagas perder el tiempo, Alessandra. Tengo cosas más importantes que hacer que castigarte.
Las puertas del ascensor se cerraron tras él.
Alessandra se quedó sola en el salón. El silencio del ático era casi sofocante. Caminó hasta los ventanales y miró la ciudad. Desde esa altura, Nueva York parecía un tablero de ajedrez. Y ella era solo una pieza más.
Durante las siguientes horas exploró el lugar. Había una cocina enorme, un gimnasio privado, una biblioteca con libros en ruso e inglés, y la habitación que Viktor había mencionado como “su oficina”. Dentro había un escritorio de madera oscura, un ordenador nuevo todavía en su caja y una vista privilegiada del parque.
Se sentó frente a la ventana y se quedó mirando cómo la gente caminaba lejos, abajo, libre.
A media tarde, uno de los hombres de Viktor —el mismo del tatuaje en el cuello que la había recogido la primera noche— entró sin llamar. Traía una caja grande.
—El señor Sokolov envió esto para usted.
Era un MacBook Pro nuevo, todavía sellado, junto con un teléfono de última generación.
Alessandra lo miró sin tocarlo.
—Dile que no necesito sus regalos.
El hombre ni siquiera parpadeó.
—Él no pregunta si los necesita. Solo dice que los use. También me pidió que le recordara que esta noche hay otra cena. Más pequeña. Solo con algunos de sus socios. A las ocho. Debe estar lista a las siete y media.
Se retiró sin esperar respuesta.
Alessandra abrió la caja del ordenador con dedos torpes. El aparato olía a nuevo, a plástico y a promesas vacías. Lo encendió. La pantalla se iluminó con el logo de Apple. Por un momento sintió una punzada de normalidad. Luego recordó las cámaras. Recordó que cada tecla que escribiera probablemente sería registrada.
Aun así, abrió un documento en blanco y empezó a escribir.
No un diseño.
Una lista.
Todo lo que sabía de Viktor Sokolov hasta ahora.
Todo lo que había observado.
Cada gesto. Cada palabra. Cada amenaza disfrazada de calma.
Si él la había estudiado durante tres años, ella empezaría a estudiarlo a él desde ese mismo día.
A las siete en punto Irina volvió a aparecer. Esta vez sin el séquito completo. Solo ella y un vestido. Negro otra vez. Más sencillo que el de la noche anterior, pero igual de elegante. Alessandra se dejó vestir en silencio. Se maquilló ella misma, apenas un poco de delineador y labial oscuro. No quería sentirse como una muñeca otra vez.
Cuando bajó al salón a las siete y media, Viktor ya estaba esperándola. Traje negro impecable. Mirada evaluadora.
—Mejor —dijo simplemente al verla—. Menos drama. Más elegancia.
Alessandra no respondió.
Durante el trayecto en el coche, él habló poco. Solo le dio instrucciones:
—Hablarás cuando te pregunten. Sonreirás cuando sea necesario. No mencionarás a tu familia. Y si alguien se acerca demasiado, me miras a mí. Yo me encargaré.
La cena se celebró en un restaurante privado en el sótano de un edificio discreto. No había carteles. Solo un portero que los reconoció de inmediato. Dentro, la iluminación era baja y las mesas estaban separadas por paneles de madera y cortinas pesadas. Había seis hombres esperándolos. Todos mayores. Todos con caras que habían visto demasiada sangre.
Viktor presentó a Alessandra como su esposa sin más explicaciones. Las miradas que recibió fueron una mezcla de sorpresa, cálculo y respeto forzado. Uno de ellos, un hombre de pelo blanco llamado Volkov, la observó con especial interés.
—La hija de Genovese —dijo en ruso, aunque Alessandra entendió perfectamente el nombre—. Interesante elección, Viktor.
Viktor respondió en el mismo idioma, con una voz más baja y más fría:
—No es una elección. Es un hecho. Y los hechos no se discuten.
La conversación se volvió tensa. Hablaban de territorios, de envíos, de un problema con una familia rival en el puerto. Alessandra fingió desinterés mientras memorizaba cada nombre, cada detalle que dejaban caer. Cada tanto, Viktor posaba una mano en su muslo bajo la mesa. No era un gesto cariñoso. Era una advertencia silenciosa: estoy aquí, te controlo, no olvides a quién perteneces.
A mitad de la noche, Volkov se inclinó hacia ella.
—Dime, Alessandra… ¿cómo se siente estar casada con el diablo de Nueva York?
Antes de que ella pudiera responder, Viktor habló:
—Se siente exactamente como debe sentirse. Segura. Y bajo mi protección.
Volkov sonrió, pero no llegó a los ojos.
—Por supuesto.
El resto de la cena transcurrió en un ambiente de falsa cordialidad. Cuando por fin se levantaron para irse, Alessandra sintió que había estado conteniendo la respiración durante horas.
En el coche de regreso, Viktor rompió el silencio.
—Has estado prestando atención. Bien. Me gusta eso.
Ella lo miró de reojo.
—¿Qué te hace pensar que prestaba atención?
—Porque no eres estúpida. Y porque cada vez que mencionaban un nombre, tus dedos se movían ligeramente sobre el mantel. Como si estuvieras escribiendo mentalmente.
Alessandra apartó la mirada hacia la ventana.
—Solo quiero sobrevivir.
—Sobrevivir es el primer paso —dijo él—. Después viene entender el juego. Y después… jugarlo mejor que los demás.
Cuando llegaron al ático, Viktor la acompañó otra vez hasta la puerta de su habitación. Esta vez no se detuvo en el umbral. Entró detrás de ella y cerró la puerta.
Alessandra se giró, en guardia.
—¿Qué haces?
Él se quedó mirándola en silencio durante unos segundos. Luego se acercó. Levantó una mano y le sujetó el mentón con suavidad, obligándola a sostenerle la mirada.
—Esta noche no soñé contigo —murmuró—. Esta noche pensé en ti despierto. En cómo te veías sentada a mi lado, fingiendo que no entendías nada mientras memorizabas cada palabra. En cómo tu respiración cambiaba cada vez que mi mano tocaba tu pierna.
Alessandra intentó apartarse, pero él no la soltó.
—Suéltame.
—Todavía no.
Se inclinó un poco más. Lo bastante cerca para que ella sintiera su aliento contra los labios.
—Tres años observándote desde lejos. Ahora te tengo aquí. Y cada día que pasa, me cuesta más recordar por qué esperé tanto.
La soltó de golpe y dio un paso atrás. La distancia de repente se sintió más peligrosa que el contacto.
—Duerme, Alessandra. Mañana seguimos.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
Ella se quedó quieta en mitad del espacio, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. El anillo le pesaba en el dedo. El recuerdo de su mano en su muslo todavía ardía a través de la tela del vestido.
Se acercó al ventanal y apoyó la frente contra el cristal frío.
Abajo, la ciudad seguía viva.
Arriba, en ese ático, el diablo había empezado a jugar un juego mucho más peligroso que el simple control.
Y Alessandra, por primera vez, no estaba segura de si quería ganar…
o de si, en el fondo, ya estaba empezando a perder.
