El contrato con el Diablo

Download <El contrato con el Diablo> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 3 Capítulo 3

La mujer que ya no era

Alessandra no dormió.

Pasó la noche sentada en el borde de la cama, rodillas contra el pecho, mirando cómo Manhattan se apagaba luz por luz. Cada vez que cerraba los ojos veía la firma torcida de su nombre. Cada vez que intentaba respirar, el olor a madera y vodka de Viktor seguía ahí, impregnado en las sábanas negras como una marca que no se iba.

A las siete en punto la puerta se abrió sin llamar.

Una mujer de unos cuarenta años, vestida de negro impecable, empujó un carrito de productos de belleza. Detrás, dos asistentes cargadas de bolsas.

—Buenos días, señora Sokolov —dijo con una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos—. Soy Irina. El señor Sokolov me ha pedido que la prepare para esta noche.

Alessandra se puso de pie de un salto. La voz le salió ronca de no haber dormido.

—No me llame así.

Irina inclinó la cabeza, cortés, pero no corrigió el tratamiento.

—Como prefiera. Necesito que se duche primero. El agua ya está lista. Después el cabello y el maquillaje. La modista llega a las once.

Alessandra abrió la boca… y la cerró. No tenía sentido pelear. Estaba atrapada. Y lo sabía hasta los huesos.

Entró al baño y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. La ducha era enorme, de cristal y mármol blanco. El agua caliente le golpeó la espalda y, por un segundo, cerró los ojos. Quiso que el calor disolviera la tensión. No lo consiguió. Solo consiguió que las lágrimas se mezclaran con el agua antes de que pudiera detenerlas.

Cuando salió envuelta en una toalla, Irina ya esperaba con un albornoz de seda negra. La sentaron frente a un espejo enorme. Tijeras. Secador. Plancha. Silencio profesional. Alessandra miraba su propio reflejo como si perteneciera a una extraña. Su cabello, siempre algo descuidado por falta de tiempo y dinero, empezó a transformarse en ondas suaves y brillantes que caían sobre sus hombros.

—El señor Sokolov tiene muy buen gusto —comentó Irina mientras aplicaba un serum—. Dijo que no quería que la cambiaran demasiado. Solo que se viera… cuidada.

Alessandra apretó la mandíbula hasta que le dolió.

—Qué considerado.

Irina no respondió.

A las once llegó la modista: Sofia, italiana, menuda, gestos rápidos. Traía tres vestidos. Los tres negros. Los tres obscenamente caros. Alessandra se probó el primero y sintió cómo la tela se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Escote en V profundo, espalda casi descubierta, una abertura alta en la pierna izquierda.

—Este —dijo Sofia con satisfacción—. Es el que el señor eligió personalmente.

Alessandra se miró en el espejo de cuerpo entero y el estómago se le cerró. Ya no era la chica que diseñaba logos desde un ordenador viejo en Brooklyn. Era la esposa de un hombre peligroso. Una muñeca cara. Un trofeo.

A las seis de la tarde Irina terminó el maquillaje. Labios rojos oscuros. Ojos ahumados. Piel impecable. Alessandra apenas se reconocía.

Cuando la dejaron sola, se quedó mirando el anillo de diamantes que todavía descansaba en su caja. Con un gesto brusco lo sacó y se lo puso en el dedo. El metal estaba frío. El peso se sentía como una cadena.

La puerta se abrió.

Viktor entró vestido de negro completo. Traje a medida. Camisa sin corbata, los primeros botones desabrochados. Cabello perfectamente peinado hacia atrás. En la muñeca, un reloj que costaba más que un año de su antiguo alquiler.

Se detuvo al verla.

Sus ojos azules la recorrieron con lentitud, desde el cabello hasta los zapatos de tacón. Algo oscuro y profundamente satisfecho pasó por su expresión.

—Perfecta —dijo en voz baja.

Alessandra cruzó los brazos, intentando cubrirse aunque el vestido no lo permitiera.

—Me siento como un adorno caro.

—Lo eres —respondió él sin dudar—. Mi adorno. Y esta noche todo Nueva York va a saberlo.

Se acercó. Tomó su mano y la elevó para observar el anillo. Su pulgar rozó el dorso de su mano, lento, deliberado. Alessandra sintió un escalofrío que no fue solo de rechazo. Él lo notó. La comisura de sus labios se curvó apenas.

—Bien. Lo llevas.

—No tenía opción.

—No —acordó él—. No la tienes.

El trayecto hasta el restaurante fue un silencio denso. Alessandra miraba por la ventana mientras la ciudad pasaba a toda velocidad. Cada vez que giraba la cabeza, lo encontraba observándola con esa intensidad fría que parecía atravesarle la piel.

El restaurante era de esos imposibles de reservar. Cristales ahumados. Iluminación tenue. En cuanto entraron, las conversaciones bajaron de tono. Las miradas se clavaron en ella como alfileres: curiosidad, envidia, miedo.

Viktor posó una mano en la parte baja de su espalda. El contacto fue firme, posesivo, casi una declaración de propiedad. La guió hacia una mesa en el rincón más privado. Antes de sentarse, se inclinó hacia su oído. Su aliento le rozó la piel.

—Sonríe —susurró—. Estás feliz. Acabas de casarte con el hombre que amas.

Alessandra forzó una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.

Durante la cena él habló poco. Bebía vodka y la observaba comer como si cada movimiento suyo le perteneciera. Ella apenas pudo tragar dos bocados. La comida sabía a cartón. A humillación.

A mitad de la noche, un hombre de traje gris se acercó. Cabello plateado. Sonrisa demasiado amplia.

—Viktor —dijo en inglés con acento italiano—. Qué sorpresa. Y esta debe de ser la nueva señora Sokolov. Encantado. Soy Marco Bellini.

Alessandra reconoció el nombre. Uno de los viejos contactos de su padre. Uno de los que habían desaparecido en cuanto los Genovese empezaron a caer.

Viktor no se levantó. Solo inclinó la cabeza.

—Marco. Qué inesperado verte aquí.

Bellini miró a Alessandra con una curiosidad que rayaba en lo indecente.

—La hija de Lorenzo Genovese… quién lo habría dicho. El destino es curioso, ¿verdad?

Viktor dejó la copa sobre la mesa con un sonido suave pero preciso. El silencio que siguió fue cortante.

—El destino no tiene nada que ver. Yo la elegí. Y te recomiendo que dejes de mirarla de esa manera si quieres seguir teniendo negocios en esta ciudad.

Bellini palideció. Murmuró una disculpa y se alejó con paso rápido.

Alessandra miró a Viktor. La voz le salió más baja de lo que pretendía.

—No hacía falta.

—Sí hacía falta —respondió él, sin apartar los ojos de ella—. Nadie te mira de esa forma. Nadie. Eres mía. Y esta ciudad va a aprenderlo.

La cena terminó poco después. En el coche de regreso, Alessandra apoyó la frente contra la ventanilla. El anillo le pesaba en el dedo como una condena. Cada kilómetro de vuelta al ático se sentía como otra cadena más.

Cuando llegaron, Viktor la acompañó hasta la puerta de su habitación. Se detuvo allí, una mano en el marco.

—Esta noche has estado bien —dijo—. Mañana habrá más. Y pasado. Y el mes que viene. Te acostumbrarás.

—Nunca me acostumbraré a ser tu prisiónera.

Viktor inclinó la cabeza. Luego extendió la mano y le sujetó la barbilla, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. Su pulgar rozó su labio inferior, apenas un segundo, pero suficiente para que el aire se le atascara en la garganta.

—No eres mi prisiónera, Alessandra. Eres mi esposa. Y hay una diferencia. Las prisioneras solo esperan escapar. Las esposas… eventualmente entienden que ya no hay ningún otro lugar al que pertenezcan.

La soltó. Dio un paso atrás.

—Que duermas. Aunque sé que no lo harás.

Se alejó por el pasillo sin mirar atrás.

Alessandra entró en la habitación y cerró la puerta. Se quitó los zapatos, el vestido, el maquillaje. Se quedó frente al espejo en ropa interior, mirando a la mujer que ya no reconocía del todo. La que llevaba un diamante en el dedo. La que había sonreído en público para un hombre al que odiaba.

Entonces vio el sobre blanco sobre la almohada.

Lo abrió con dedos temblorosos.

Dentro solo había una frase, escrita con la misma letra angular de la noche anterior:

«Esta noche soñé contigo otra vez.

Tres años no fueron suficientes.

Mañana voy a tocarte.

—V.»

Alessandra se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama, y por primera vez desde que había firmado el contrato, dejó que las lágrimas cayeran en silencio.

Afuera, Nueva York seguía brillando, indiferente.

Dentro de aquellas paredes, el diablo ya no se conformaba con su firma.

Había empezado a reclamar su mente.

Y, muy pronto, iba a reclamar también su cuerpo.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk