Capítulo 2 Capítulo 2
Las reglas del diablo
Alessandra no apartó la vista del bolígrafo. El trazo torcido de su nombre seguía ahí, negro sobre blanco, como una herida que aún sangraba. Viktor dobló el contrato con precisión quirúrgica, lo deslizó dentro de un sobre de cuero negro y lo dejó a un lado. Como si acabara de firmar la compra de un caballo de carrera.
—Ven.
No le tendió la mano. Simplemente se giró y caminó. La camisa negra se le pegaba a la espalda ancha; los músculos se movían bajo la tela con cada paso. Alessandra dudó un segundo. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas. Podía quedarse plantada. Podía gritar. Podía intentar correr.
Sabía que ninguna de esas opciones terminaba bien.
Lo siguió.
El pasillo era un túnel de silencio y luces cálidas. Él no miró atrás ni una sola vez. Como si diera por hecho que ella iba a obedecer. Como si ya fuera suya.
Se detuvo frente a la última puerta de la derecha y la abrió.
—Tu habitación.
Alessandra entró. El espacio la golpeó: cama king size de sábanas negras, vestidor ya lleno de ropa, baño de mármol blanco entreabierto, ventanal que devoraba todo Manhattan. Olía a dinero nuevo y a algo más peligroso… a él.
Sobre la cama, una caja de terciopelo negro.
—Ábrela.
Lo hizo. El diamante en forma de gota capturó la luz de la ciudad y la devolvió en destellos fríos. Demasiado grande. Demasiado perfecto. Demasiado suyo.
—No voy a usarlo.
Viktor entró. La puerta se cerró con un clic suave que sonó a condena. Se acercó sin prisa. Cada paso reducía el aire entre ellos.
—Sí lo vas a usar —dijo, voz baja, casi íntima—. A partir de mañana eres mi esposa delante de toda Nueva York. Y mi esposa no camina sin mi marca.
Alessandra cerró la caja de un golpe.
—Firmé un contrato, no un cuento de hadas. No pretendas que esto sea otra cosa.
Él siguió avanzando hasta que la diferencia de altura la obligó a levantar la barbilla. Sus ojos azules bajaron despacio por su cara, se detuvieron en su boca, en el latido visible de su cuello, en la curva de sus pechos bajo el abrigo barato. El aire se espesó.
—No pretendo nada —murmuró—. Te estoy diciendo las reglas. Y las vas a cumplir.
Levantó una mano. No la tocó todavía. Solo dejó que los dedos rozaran el aire cerca de su mejilla, lo suficiente para que ella sintiera el calor.
—Primera: no intentas escapar. Si lo haces, tu hermano paga.
Segunda: no hablas de esto con nadie fuera de este círculo.
Tercera: cuando te llame, apareces. Sin excusas.
Cuarta… —su voz bajó aún más, ronca— me perteneces. En público. Y en privado.
Alessandra sintió que la rabia le subía por la garganta mezclada con algo mucho más oscuro. El olor de él —madera, vodka, piel caliente— la envolvía. Odiaba lo cerca que estaba. Odiaba todavía más el escalofrío que le recorrió la espalda y se le instaló entre las piernas.
—No soy un objeto.
—Eres exactamente lo que yo diga que eres mientras ese papel tenga tu firma.
Estiró la mano y tomó un mechón de su cabello entre los dedos. Lo frotó despacio, como si estuviera probando la textura de algo que ya le pertenecía.
—Te lo cortas tú misma —susurró—. Las puntas están irregulares… salvajes. Me gusta.
Ella se apartó de un tirón. Él no la retuvo, pero la sonrisa que se le dibujó fue lenta, peligrosa, y le llegó hasta los ojos por primera vez.
—Todavía no. Pero lo haré. Cuando quiera. Y tú vas a abrir las piernas o la boca o lo que yo pida… porque ese contrato te convierte en mía.
Alessandra apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
—¿Por qué yo? De verdad. Podrías tener a cualquiera. Modelos. Herederas. Mujeres que se tirarían a tus pies.
Viktor dio un paso más. Ahora sus pechos casi rozaban su pecho. El calor de su cuerpo la atravesó como una corriente eléctrica. Ella tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar el aire tembloroso que se le había atascado en la garganta.
—Porque no eres cualquiera —respondió, mirándola a los ojos—. Porque llevo tres años viéndote pelear sola. Tres años observando cómo te niegas a caer aunque el mundo te empuje. Porque cuando sonríes de verdad —cosa que haces muy pocas veces— se te ilumina toda la cara de una forma que no he visto en nadie. Y porque el día que tu padre intentó venderme información sobre mis propios movimientos… yo ya sabía quién eras. Y decidí que ibas a ser mía.
Alessandra sintió que el suelo se movía.
—Tres años…
—Tres —confirmó él—. Sé el nombre de la cafetería donde desayunas los martes. Sé que odias el cilantro. Sé que tienes una cicatriz pequeña en la rodilla izquierda de cuando te caíste de la bicicleta a los once. Sé que lloras en la ducha para que tu hermano no te oiga. Sé cómo se te pone la respiración cuando tienes miedo… y cómo se te pone cuando sientes algo que no quieres admitir.
Cada palabra era una violación. Una mano invisible desnudándola pieza a pieza.
—Eres un monstruo —susurró.
Viktor inclinó la cabeza, aceptando el insulto como un cumplido.
—Lo soy. Y ahora soy tu monstruo.
Le sujetó la barbilla con dos dedos. El pulgar le rozó el labio inferior, lento, deliberado. Alessandra sintió el contacto como una quemadura. Su cuerpo traicionó: los pezones se le endurecieron bajo la ropa, un calor traicionero le bajó por el vientre.
Él lo notó. Por supuesto que lo notó. La sonrisa se volvió más oscura.
—Mañana a las diez vendrá una estilista. Después una modista. Por la noche hay una cena. La primera aparición pública como matrimonio. Te comportarás. Sonreirás. Y cuando alguien pregunte cómo nos conocimos, dirás que fue amor a primera vista.
—Mentiré, entonces.
—Mentirás. Y lo harás bien. Porque si no… alguien a quien quieres pagará el precio.
La soltó. Dio un paso atrás. La distancia de repente dolió más que la cercanía.
—Hay ropa en el vestidor. Todo en tu talla. El baño tiene de todo. Si quieres comer, llama al intercomunicador. Habrá alguien disponible las veinticuatro horas.
Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo y la miró por encima del hombro.
—Una última cosa, Alessandra.
Ella esperó, el pulso todavía desbocado.
—Esta habitación tiene cerradura. Pero la llave la tengo yo. Y las cámaras también. No estás sola aquí. Nunca lo estarás otra vez.
La puerta se cerró con un sonido suave y definitivo.
Alessandra se dejó caer en el borde de la cama. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. Miró la caja del anillo abierta sobre las sábanas negras. El diamante brillaba como una amenaza.
Tres años.
Tres años observándola.
Tres años planeando cómo poseerla.
Se levantó de golpe y caminó hasta el ventanal. Apoyó la frente contra el cristal frío. Las lágrimas quisieron salir. Las contuvo. No delante de las cámaras. No todavía.
Entonces vio el sobre blanco sobre la mesita de noche. No había estado ahí cuando entró.
Lo abrió con dedos torpes.
Una sola hoja. Letra firme, angular:
«Duerme. Mañana empieza de verdad.
Y la próxima vez que te toque… no me detendré.
—V.»
Alessandra arrugó el papel hasta convertirlo en una bola y lo lanzó al suelo. Se quedó quieta en mitad de la habitación, respirando con dificultad, sintiendo cómo las paredes del ático más lujoso de Manhattan se cerraban a su alrededor como las de una jaula.
Había firmado.
Había aceptado.
Y el diablo ya tenía su nombre… y el sabor de su labio inferior en la yema de los dedos.
Pero mientras miraba la ciudad a través del cristal, una certeza afilada se instaló en su pecho:
Viktor Sokolov podía poseer su firma.
Podía poseer su presencia.
Podía incluso poseer su cuerpo la próxima vez que decidiera tomarlo.
Pero no poseería su voluntad.
No mientras ella tuviera algo que decir.
Y si él llevaba tres años observándola…
entonces ella empezaría a observarlo a él.
Con la misma paciencia.
Con la misma precisión.
Y cuando encontrara la grieta en su armadura…
la usaría.
Aunque le costara el alma.
