El CEO me ruega perdón tras el divorcio

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Capítulo 4 El sabor de la humillación

POV LILY ROSE

Alejandro me sostenía de los hombros con una fuerza que no sabía si era por rabia o por un miedo repentino. Sus ojos buscaban respuestas en los míos, pero yo solo sentía que el mundo me daba vueltas.

—¿Lily? Responde —insistió él, ignorando los flashes que estallaban detrás de nosotros.

—Es el hambre, Alejandro —solté de repente. La verdad salió de mi boca de forma cruda, sin adornos.

Él se quedó helado. Sus manos flaquearon sobre mis hombros.

—¿De qué hablas? —preguntó con la voz entrecortada.

—Hablo de que me quitaste el acceso a las cuentas. Hablo de que ayer no cené porque el dinero que gané en la florería apenas me alcanzó para el transporte y el alquiler —le dije, mirándolo con todo el orgullo que me quedaba—. Me casé contigo siendo pobre, y parece que no puedes soportar que intente salir adelante sin tus migajas. Así que sí, me mareé. Pero no es lo que tu ego piensa. Es solo debilidad física.

Vi cómo la mandíbula de Alejandro se tensaba tanto que pareció que iba a romperse. El gran CEO, el hombre que donaba millones a la caridad frente a las cámaras, tenía a su esposa muriendo de hambre en la vida real.

Valeria entró al baño en ese momento, con su vestido rojo chillón y una sonrisa de triunfo que se desvaneció al ver la cercanía entre Alejandro y yo.

—Alejandro, querido, todo el mundo está mirando —dijo ella, tratando de tomar su brazo—. Deja que los guardias se encarguen de esta... mujer. Vámonos.

Alejandro no la miró. Ni siquiera pareció escucharla. Sus ojos seguían fijos en mi rostro pálido.

—Erick Miller te trajo aquí —dijo él, y su voz recuperó ese tono peligroso—. Si estás tan necesitada, ¿por qué aceptaste un vestido de miles de dólares de mi enemigo pero no el dinero que te envié esta mañana?

—Porque el vestido de Erick es una herramienta de trabajo. Tu dinero es una cadena —respondí.

Me zafé de su agarre y caminé hacia la salida del baño. Erick estaba esperando afuera, con los brazos cruzados y una expresión de victoria. Sabía que Alejandro estaba perdiendo el control, y eso era exactamente lo que él quería.

—¿Estás mejor, Lily? —preguntó Erick, ofreciéndome su brazo de nuevo de forma protectora.

—Sácame de aquí, por favor —susurré.

Pasamos por al lado de Alejandro. Él se quedó parado en medio del pasillo del baño, rodeado de gente, pero viéndose más solo que nunca. Por un segundo, vi un destello de algo parecido al dolor en su mirada, pero lo descarté. Alejandro Altea no sentía dolor; solo sentía que perdía el control de sus posesiones.

Erick me llevó hasta su auto. El silencio en el trayecto fue pesado.

—No tienes que volver a ese lugar, Lily —dijo él mientras conducía—. Tengo un departamento vacío cerca de mi oficina. Es tuyo si lo quieres. No es un regalo, es una inversión en alguien con tu talento para las flores.

—No puedo aceptarlo, Erick. No quiero cambiar un dueño por otro.

—No soy tu dueño. Soy tu aliado —respondió él, mirándome de reojo—. Alejandro va a intentar destruirte ahora que sabe que estás conmigo. Necesitas protección.

Llegamos al edificio de mi amiga. Antes de bajar, Erick me tomó la mano.

—Piénsalo. Esta noche él vio que ya no eres su sombra. Mañana, empezará la verdadera guerra.

Entré a mi pequeño departamento. Estaba oscuro y frío. Me senté en el suelo y abrí un paquete de galletas viejas, comiendo con desesperación mientras las lágrimas finalmente caían. Odiaba a Alejandro. Lo odiaba por hacerme sentir tan pequeña incluso cuando intentaba ser grande.

Me quedé dormida en el suelo, abrazada a mis rodillas.

A las seis de la mañana, un ruido fuerte en la calle me despertó. Me asomé por la ventana y mi corazón se detuvo.

Había tres camiones de mudanza bloqueando la calle. Y en la acera de enfrente, un grupo de hombres con traje estaban colocando un cartel enorme sobre el edificio de la florería donde yo trabajaba.

Bajé corriendo, todavía con el peinado deshecho de la noche anterior. El dueño de la florería, el señor que me había contratado, estaba llorando en la esquina.

—¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? —pregunté asustada.

—Lo siento, Lily... —dijo el hombre, sin mirarme—. Alguien compró todo el edificio esta madrugada. El nuevo dueño ordenó el desalojo inmediato de todos los locales. Me pagaron el triple de lo que vale mi negocio con la condición de que cerrara hoy mismo.

Miré el cartel que estaban instalando. No era publicidad. Era un aviso de demolición con el logo de Altea Group.

Sentí que el aire me faltaba. Levanté la vista y vi un auto negro estacionado al final de la calle. El vidrio se bajó lentamente, revelando los ojos oscuros y despiadados de Alejandro.

Él no bajó del auto. Solo me miró desde la distancia con una frialdad aterradora. Su mensaje era claro: Si no eres mía en la mansión, no serás nada en ninguna otra parte.

En ese momento, mi teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido.

"¿Ya te diste cuenta de que no puedes huir de mí? Vuelve a casa, Lily Rose. Esto es solo el principio de lo que puedo destruir si sigues desafiándome".

Apreté el teléfono con fuerza. La rabia sustituyó al miedo. Alejandro creía que me había dejado sin opciones, pero se olvidaba de algo: yo ya no tenía nada que perder.

Caminé directo hacia su auto. Los guardaespaldas intentaron detenerme, pero Alejandro les hizo una seña para que me dejaran pasar. Me paré frente a su ventana.

—¿Crees que esto me va a hacer volver? —le grité—. Acabas de dejar a familias sin trabajo solo por tu orgullo. Eres un monstruo.

—Soy un hombre que cuida lo que le pertenece —respondió él con voz plana—. Súbete al auto, Lily. Deja de jugar a la mujer independiente. No tienes trabajo, no tienes dinero y pronto no tendrás donde dormir.

—Tengo algo que tú nunca tendrás, Alejandro —dije, acercándome tanto que podía sentir su aliento—. Tengo dignidad. Y prefiero dormir en la calle que volver a tocarte.

Me di la vuelta para irme, pero sus siguientes palabras me congelaron la sangre.

—¿Incluso si eso significa que tu familia pierda la casa que mi abuelo les regaló? —preguntó Alejandro con una sonrisa cruel—. El contrato de donación tiene una cláusula, Lily. Si el matrimonio se disuelve por tu culpa, la propiedad regresa a mi familia. Tu madre y tus hermanos estarán en la calle para el mediodía.

Me giré, temblando de furia.

—Tú no harías eso... el abuelo te mataría.

—Mi abuelo está en un avión hacia Europa. Para cuando regrese, tu familia ya será historia. Tienes cinco minutos para decidir, Lily Rose. O subes a este auto y te portas como la esposa de un Altea, o hoy mismo verás cómo todo lo que amas se convierte en cenizas.

En ese momento, el auto plateado de Erick Miller dobló la esquina a toda velocidad, frenando justo detrás del auto de Alejandro.

La guerra entre los dos gigantes había estallado en mi puerta, y yo estaba atrapada en medio de un fuego cruzado que amenazaba con destruirlo todo. Pero lo que ninguno de los dos sabía es que yo guardaba una carta que cambiaría el juego para siempre.

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