Capítulo 2 El frío despertar
POV LILY ROSE
La primera noche fuera de la mansión fue extraña. No dormí en una cama de tres mil hilos, sino en el sofá de mi mejor amiga, en un departamento que olía a café barato y a humedad. Sin embargo, por primera vez en tres años, no me desperté con el corazón apretado esperando el sonido de los pasos de Alejandro.
Me levanté temprano. Me miré al espejo del baño y apenas me reconocí. Mis ojos estaban hinchados de tanto llorar, pero había una chispa de determinación que no estaba allí ayer.
—Ya basta, Lily Rose —me dije a mí misma mientras me echaba agua fría en la cara—. Él ya no es tu dueño.
Salí a buscar trabajo. No era fácil. En este país, si no tienes contactos, eres invisible. Pasé toda la mañana entregando currículums en pequeñas cafeterías y tiendas de ropa. Nadie quería contratar a alguien que no tenía experiencia reciente. Mi única "experiencia" era ser la esposa trofeo de un hombre que me odiaba.
Al mediodía, me detuve frente a una pantalla gigante en una de las avenidas principales. El corazón se me detuvo. Era una noticia de última hora.
"Alejandro Altea, el CEO de Altea Group, visto en una cena benéfica junto a la reconocida modelo Valeria S."
La foto los mostraba juntos. Él se veía tan impecable como siempre. Ella sonreía, agarrada de su brazo. Alejandro no parecía un hombre que acababa de perder a su esposa. Parecía un hombre que finalmente se había quitado un peso de encima.
Un nudo se formó en mi garganta. Él no perdió ni un segundo en reemplazarme. Me sentí estúpida por haber pensado, aunque fuera por un minuto, que mi partida le causaría algún tipo de dolor. Para él, yo solo era un mueble que había decidido cambiarse de sitio.
Continué caminando, tratando de tragarme las lágrimas. No iba a llorar por él en mitad de la calle.
Llegué a una pequeña florería llamada "El Jardín de las Rosas". El dueño, un hombre mayor con aspecto cansado, estaba tratando de organizar unos arreglos enormes para un evento. Me acerqué y, sin que me lo pidiera, empecé a ayudarlo. Mis manos se movían solas. Desde niña, las flores habían sido mi refugio.
—Vaya, tienes talento, jovencita —dijo el hombre, sorprendido—. ¿Buscas trabajo?
—Más que nada en el mundo —respondí.
Esa tarde conseguí mi primer empleo real. No era el lujo de Altea Group, pero era mío. El sueldo era poco, pero se sentía como una fortuna porque no venía de la billetera de Alejandro.
Mientras terminaba de limpiar el local, un auto de lujo se detuvo frente a la tienda. Por un momento, el pánico me invadió. Pensé que era el auto de Alejandro. Pensé que había venido a burlarse de mi nueva vida.
Pero no era un auto negro. Era un deportivo plateado.
De él bajó un hombre que nunca había visto. Era alto, de hombros anchos y con una sonrisa que no era fría como la de Alejandro, sino desafiante. Se llamaba Erick.
—Necesito el ramo más impresionante que tengan —dijo él, entrando a la tienda—. Es para una mujer que acaba de darme un "no" por respuesta. Me gustan los retos.
Lo atendí con profesionalismo. Mientras yo armaba el ramo, él no dejaba de observarme. Su mirada era intensa, pero no me hacía sentir pequeña.
—Eres nueva aquí, ¿verdad? —preguntó Erick—. Nunca te había visto en el circuito de la ciudad.
—Solo soy alguien que trata de empezar de nuevo —respondí sin dar detalles.
Él tomó las flores y me entregó una tarjeta.
—Si alguna vez te cansas de este lugar, mi empresa siempre necesita gente con buen gusto. Me llamo Erick Miller.
Se fue dejándome confundida. Sabía quién era él. Era el principal competidor de Alejandro. Si Alejandro me viera hablando con él, se pondría furioso. Pero ya no importaba lo que Alejandro pensara.
Regresé al departamento de mi amiga al anochecer. Estaba agotada, pero satisfecha. Sin embargo, cuando llegué a la puerta, mi sangre se congeló.
Había dos guardaespaldas de traje negro parados allí. Y en medio de ellos, apoyado contra la pared con una expresión de pura arrogancia, estaba él.
Alejandro.
Se veía fuera de lugar en ese edificio humilde. Su traje valía más que todos los departamentos del piso juntos. Cuando me vio, sus ojos se entrecerraron.
—¿Qué haces aquí, Alejandro? —pregunté, apretando las llaves en mi mano.
—Tres llamadas perdidas, Lily Rose. No me gusta que me ignoren —dijo, acercándose a mí. Su presencia llenaba todo el pasillo, haciéndome sentir asfixiada—. ¿Realmente pensaste que podías irte así? ¿A este nido de ratas?
—Es mi casa ahora. Vete.
Alejandro soltó una carcajada seca y me acorraló contra la puerta. Estaba tan cerca que podía oler su perfume. Ese olor que antes me hacía suspirar y que ahora me causaba náuseas.
—El divorcio no se ha procesado. Sigues siendo mi esposa. Mañana tenemos una cena importante con los inversores y mi abuelo preguntará por ti. Vas a volver a la mansión ahora mismo.
—No voy a volver, Alejandro. Ya no soy tu empleada ni tu juguete. Dile a Valeria que se ponga un vestido elegante y vaya en mi lugar.
Él apretó el marco de la puerta con fuerza. La vena en su cuello se marcó. Estaba perdiendo la paciencia, algo raro en él.
—No me obligues a llevarte por la fuerza. No querrás montar un espectáculo frente a tus nuevos vecinos pobres.
—Inténtalo —lo desafié, mirándolo directo a los ojos—. Llama a la policía si quieres. Les encantará saber cómo el gran Alejandro Altea acosa a la mujer que acaba de dejarlo.
Alejandro se quedó callado. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando la debilidad que siempre encontraba en mí. Pero esta vez no la vio. Vio a una mujer que ya no le tenía miedo.
—Has cambiado en menos de veinticuatro horas —susurró él, con un tono de voz que no pude descifrar. ¿Era respeto? ¿Era odio?
—No he cambiado, Alejandro. Simplemente desperté.
Me soltó y dio un paso atrás. Se ajustó el saco y recuperó su máscara de frialdad.
—Disfruta de tu miseria mientras dure, Lily Rose. Cuando el hambre te apriete y te des cuenta de que el mundo real no es un cuento de hadas, no me busques. Porque para entonces, habré quemado los papeles del divorcio y te habré borrado de mi vida para siempre.
—Eso es exactamente lo que quiero —respondí.
Él se dio la vuelta y se fue con sus hombres sin mirar atrás. Entré a mi departamento y cerré la puerta con llave, hundiéndome contra la madera. Me temblaban las piernas.
Él creía que yo volvería por dinero. No entendía que prefería morir de hambre antes que volver a ser invisible a su lado.
Pero mientras me tocaba el vientre sin saber por qué, sentí un escalofrío. Algo me decía que Alejandro no iba a dejarme ir tan fácil. Y algo dentro de mí, un miedo profundo, me decía que esta guerra apenas estaba comenzando.
