Capítulo 7 El último refugio de la esperanza I
Al día siguiente desperté con una ansiedad y un deseo de mil demonios. Llamé a la agencia para que me enviaran a la misma chica, a Greishka, y la respuesta que recibí fue la misma de las otras últimas diez o quince veces que he llamado, fría, vacía, sin una explicación. Yo tampoco la exigí.
—La señorita está fuera de servicio, ¿Si gusta una diferente?
Claro que no quería una diferente, la quería a ella, pero por los días que llevaba llamando y obteniendo la misma respuesta, colgué. Me había acostumbrado a ella, a sus atenciones, a la forma tan especial de convertir lo básico en extraordinario
Apenas colgué la llamada me atenazó esa sensación de que mi vida era una mierda.
Necesitaba calmar ese dragón que me hacía botar fuego desde adentro. De solo pensarla una erección tremenda se apoderó de mí. Me fui a la ducha para que el agua caliente hiciera su trabajo.
El agua golpeaba mis hombros con fuerza, pero no lograba lavar la ansiedad que me corroía las entrañas. Apoyé ambas manos contra el azulejo frío de la ducha, dejando que el vapor nublara mi vista, pero no mi memoria. Cerré los ojos con fuerza y, de inmediato, el espectro de ella apareció detrás mis párpados.
—Greishka… —gruñí, y su nombre me supo a pecado y a medicina necesaria.
Me acostumbré a su silencio y a esa hembra que solo se entregaba y se dedicaba a complacerme. La imaginé ahí, arrodillada sobre el mármol húmedo, desafiando mi altura, desafiando mi arrogancia. Podía sentir casi físicamente el roce de sus labios alrededor de mi glande, aplicando esa técnica impecable que solo ella poseía, la forma en que me miraba desde abajo con esos ojos azules cargados de una sabiduría lasciva. Mi mano bajó por mi abdomen, tensándose al contacto con mi propia piel, pero en mi mente, no era mi mano. Era su boca, cálida y experta, envolviéndome en ese vacío perfecto que solo ella sabía crear.
Mis dedos se cerraron con una fuerza brutal alrededor de la dureza de mi miembro, yo solo obedecia a la desesperación de tenerla. Ansioso comencé a acariciarlo de arriba hacia abajo con esmero. Cada movimiento era un intento desesperado por invocarla. Ella no era solo una scort; era el interruptor de mi furia, la única capaz de succionar la oscuridad de mi pecho hasta dejarlo vacío, limpio, exhausto. La necesitaba con una urgencia que rayaba en lo patológico. Sin ella, en todos esos días en que no la he conseguido, el silencio de mi vida era un ruido ensordecedor; con ella, incluso el caos tenía sentido.
El deseo me subía por la garganta como un incendio. Me imaginé enredando mis dedos en aquel cabello rubio, tirando con suavidad y exigencia, marcando el ritmo de una danza que solo nosotros conocíamos, mientras embestia su boca. Mi respiración se volvió un jadeo errático, mezclado con el sonido del agua. Era una tortura deliciosa. Ella era mi droga, el elixir que calmaba los demonios que los recuerdos de mi pasado doloroso, mi familia y mis negocios despertaban a diario.
Cuando el clímax me alcanzó, fue una explosión violenta, un latigazo de placer que me dejó sin aliento, con la frente apoyada contra la pared y el corazón martilleando contra mis costillas. Abrí los ojos y solo encontré el vapor vacío y el chorro de agua tibia. La descarga no me trajo paz, solo una lucidez cruel: estaba solo.
Me quedé allí, bajo el agua, con los músculos todavía vibrantes. Había tenido el placer, pero me faltaba el alma. Greishka no era reemplazable, y esa comprensión me dolía más que cualquier herida física. Ella era el único refugio para mi ansiedad, y sin ella en estos días, yo solo era un hombre poderoso navegando en un mar de cenizas.
Después de vestirme, apenas me di tiempo a tomar café. Salí con la intención de irme directo a la oficina, el lugar donde olvidaba hasta que estoy vivo; pero las recordé a ella. Kira y mi madre esperaban verme.
—Kalem, hijo —Mi madre me recibió en el jardín.
—Madre, buenos días —la abracé y deposité un beso en su frente.
—Tenías días sin venir a verme, te extrañaba mucho —me dijo con un tono de voz suave.
Lo sabía, era consciente que me extrañaba, pero no podía permitirme que su debilidad me abrazara. La vulnerabilidad era algo que decidí apartar de mi vida desde hacía tiempo y así debía continuar, me iba mejor. Se sentía menos y se vivía mejor.
—Estaba ocupado… pero aquí estoy —dije con actitud de quien no veía mayor problema—. ¿Cómo te sientes?
Y así, se relajó en explicar todos sus males, incluso los que supuestamente le he ocasionado con mis ausencias. La escuché sin prestar atención a nada de lo que decía. Bueno, de lo que consideraba irrelevante. Todo marchaba con naturalidad mientras nos tomábamos el café hasta que apareció Kira.
—Ah, ¡lo veo y no lo creo! —exclamó sarcástica—. El hijo ingrato regresa a casa.
Hice caso omiso y vi mi reloj.
—Déjalo Kira, vamos a comer, te estábamos esperando —anunció mi madre mientras se incorporaba de su silla con dificultad.
