Capítulo 6 Dolor que atrapa II
Esa petición me conmovió, por el tono de su voz y la necesidad que ví en su mirada.
Tomé la silla cercana a su cama y me senté para quedar casi a su altura.
—Dime, ¿dónde está tú mamá? —inquirí demostrandole interés y limpié una lágrima en su mejilla—. Mandaré por ella —Me atreví a decirle.
Solo buscaba calmarla y su reacción fue de sorpresa e inmediata. Sus ojos se iluminaron y su llanto paró.
—¿En serio? —me preguntó incrédula.
—Sí —asentí—. Es más, si me dices donde puede estar, yo mismo iré por ella.
La expresión de su rostro cambió por completo.
—Sííí —celebró saltando sentada sobre la cama y dejándome ver una espléndida mirada que terminó de cautivarme.
El solo hecho de verla sonreír, con un rayo de esperanza en su mirada, fue suficiente para mí.
—Señor —Adam irrumpió en la sala llamando mi atención—. Le recuerdo que llevan rato esperándolo en la sala de juntas.
Lo había olvidado por completo. Me incorporé de la silla y arreglé la chaqueta de mi traje sin dejar de mirar esos ojos azules que seguían al detalle mis movimientos.
—¿Irás por mami? —preguntó frunciendo los labios en una especie de puchero.
—Déjame ver —le dije distraído.
Miré mi reloj y comprobé que había pasado allí más tiempo del planificado.
—Nos vemos pequeña, descansa. No llores más —le pedí en voz baja.
Al ver que no hizo gesto alguno de volver a llorar, abandoné la sala. No quería darle importancia al asunto, pero esa mirada me dejó perturbado.
Dos horas me sumergí en la reunión, tiempo durante el cual olvidé por completo a la niña, y siguiendo la agenda que Adam me llevaba perfectamente organizada, abandoné el hospital y me embarqué a mi empresa. Allí me esperaban dos reuniones más y solo cerca de las tres de la tarde fue que almorcé.
—Señor, pedí que le trajeran su comida —me informó Adam—. por la hora supuse que no querría ir a un restaurante.
—¡Perfecto! —asentí sin quitarle la mirada a los documentos que tenía bajo sus ojos.
Pasados unos minutos, me encontraba engullendo una ensalada con un buen filete cuando ví en las noticias de la televisión el reporte del asesinato de una mujer en una habitación de hotel. Por lo amarillistas que son los medios de comunicación y dado que no era de mi interés saber más, apagué el aparato justo cuando iban a pasar la fotografía de la mujer.
—La hubiera dejado —opinó Adam.
—¡Patrañas! —respondí con apatía—. Todas esas noticias son iguales.
—Sí, la mayoría son más de lo mismo. Pero esta sí es curiosa, leí en el noticiero digital que el asesino se ensañó con la chica. No solo le disparó, sino que la golpeó repetidas veces. Lo encontraron al lado del cuerpo llorando y repitiendo que la amaba, que no debía morir así, y se dan cuenta porque al parecer golpeó el cuerpo muchas veces, el ruido alertó a los otras personas que se hospedaban en las habitaciones contiguas.
Tomé un sorbo de agua mientras escuchaba la barbaridad que me contaba Adam.
—Gente desquiciada… mujeres enfermas que deciden vivir al lado de esos sujetos —respondió con real apatía.
Poco me importaba el mundo, poco me importaban las personas que no hacían parte de mi círculo; y éste era bien reducido. Solo mi madre, mi hermana Kira y Bastien, mi golden retriever, eran parte de ese selecto grupo; los demás, eran empleados y personas interesadas de lamer el piso por donde pasaba.
Los últimos años había optado por una vida en solitario. El golpe que recibí con la muerte repentina de Danna y el tiempo de agonía y el posterior deceso de Antonella, me devastó. Desde entonces, no me he permitido rodearme de nadie más.
¿Qué si he endurecido mi carácter? Por supuesto, nadie que haya vivido lo que me tocó sale ileso para ver la vida color rosa.
—Volvamos al trabajo —le ordené a Adam y me incorporé de la silla.
—Ahora mismo, señor —respondió y abandonó la oficina con la bandeja que contenía la losa vacía del almuerzo.
El resto de esa tarde me enfoqué en los proyectos pendientes. No tenía gran cosa por hacer fuera del trabajo, vida social no tengo, no me interesa; por lo que mi jornada se extendió hasta cerca de las diez de la noche, y eso porque recibí una llamada de Kira.
—Kalem, ¡Por Dios! ¿dónde carrizo estás? —El tono de su voz fue de reproche.
Respiré profundo antes de decidirme a contestar a su interrogante.
—Aun en la empresa, ¿sucedió algo?
La escuché resoplar.
—Te diste el lujo de volver a dejarnos esperando. Mamá está enojada, Kalem —reclamó evidentemente resentida—. Habías quedado en venir a cenar con nosotras hoy. Organizamos todo perfecto para recibirte, ¿Hasta cuando vas a seguir haciéndonos lo mismo?
En ese momento caí en cuenta que había pasado por alto ese compromiso. Me sumergí tanto en mis responsabilidades que por nada consideré a mi madre y a Kira.
—No es para tanto, no es necesario hacer tanto drama. Era solo comida —aduje con apatía—. Puedo ir en cualquier momento y comemos juntos, si es lo que quieren.
—¡Yaaa… No sigas! —contestó con un tono de voz chillón. alejé el teléfono de mi oído—. Deja de ser tan egoísta, Kalem. Bien sabes que no era la comida. Eso era lo de menos. Mi mamá quiere rescatarte. Desde ese día nada es igual contigo.
—Ustedes exageran. No sé cuando me perdí, sigo siendo el mismo, Kira. Mañana iré a desayunar con ustedes —resolví para calmarlas un poco.
—No creas que con eso vas a remediar el desprecio que nos hiciste —me dijo amenazante—, te espero a primera hora, no le diré nada a nuestra madre para no alentarla a que renueve la ansiedad que siempre le generas esperándote y nunca apareces.
—No te preocupes, allí estaré. Saldré de casa directo para allá. No tendré forma de distraerme con nada más —aseguré y colgué la llamada sin despedirme de ella.
En cierta forma Kira tenía razón, pero me daba igual. Para mí era mejor meterme de lleno en el trabajo. No pensar me hacía bien. Había comprobado que vivir una vida normal, implicaba caer en pensamientos que me llevaban a recordar, recordar era doloroso. Era preferible olvidar y dedicarme al trabajo.
Siempre era mejor tener algo en qué distraerse, borrar el pasado y continuar sin ver atrás, y la verdad inconscientemente huía de su madre. En su deseo de verme bien, terminaba por hacerme recordar lo que viví. Ella había sido ese removedor de heridas no sanadas.
Miré al frente, y como para recalcar lo que pensaba de mi familia, mi teléfono repicó en un mensaje.
Era Kira quien me escribía:
“No solo tú perdiste, Kalem. Nosotras también perdimos. No queremos perderte también a ti en el proceso. Es tiempo de que vuelvas a ser tú”.
Dejé el teléfono con el mensaje abierto sobre la superficie del escritorio.
—Volver a ser yo —repetí en un susurro.
«No puedo volver a ser yo. No, si la vida no me va a devolver lo más preciado que una vez me dio y me quitó dejándome vacío», me dije mentalmente.
