Capítulo 5 Dolor que atrapa I
Dos días después de la muerte de Greishka:
—Señor Valtimur, lo esperan en la sala de juntas —escuché detrás de mí la voz de Adam, mi asistente y hombre de confianza.
No le presté atención. Dejé que mis pasos me guiarán al lugar donde insistían pisar primero cada vez que iba al hospital. La sala de cuidados intensivos infantiles para pacientes con enfermedades terminales y crónicas.
Soy socio y donador potencial de ese hospital desde hacía aproximadamente seis años. Seis tortuosos años que me habían retorcido el alma sin poderme reponer.
El pasillo olía a desinfectante, y esa mezcla particular de medicación. El frío de los pasillos producto de la máxima potencia del aire acondicionado producía temblores involuntarios para los que no estaban acostumbrados a tan bajas temperaturas en espacios cerrados. Yo estoy curtido, ni el frío me llega.
Era un edificio imponente, una estructura elegante, bien cuidada, sobria, sin adornos, que irradia control y perfección pese a ser una institución que se sostenía de subsidios, donaciones y pagos que hacían los pacientes para estar allí.
El área de cuidados intensivos infantiles para pacientes crónicos o terminales, requería hacer fuertes inversiones, dado lo demandante de los tratamientos.
Mientras avanzaba mi cabeza trabajaba en la propuesta de la próxima donación que iba a hacer ese mismo día. Mi mente organizaba las proyecciones que había organizado con Adam hasta la medianoche anterior.
Acostumbraba a hacer donaciones como si fuera algo rutinario. Cierto, era desprendido con el dinero cuando de eso se trataba, y tal vez, por eso mi fortuna no mermaba, al contrario, se multiplicaba, tenía buen ojo para los negocios. Siempre sacaba una ventaja del más mínimo euro que salía de su cuenta bancaria.
La vida me había enseñado que nada era gratis, que todo tenía un precio.
Aprendí que hasta el sufrimiento se paga, y decidí que no sería la excepción del sistema. Sufría, sí, pero no lo admtía. Lo disfrazaba llenándome de actividades que no me dieran tiempo a pensar, mucho menos sentir. En realidad no buscaba una retribución económica, no la necesitaba. Buscaba más bien atención; pero no para mí, sino mayor atención a quienes de verdad lo necesitaban, y eran los niños recluidos en esa área. Para eso me encargaba de controlar la dotación y la infraestructura del área a la que acababa de ingresar. Esa área donde pernoctaban esos seres que no merecían ni siquiera un estornudo, no si los hacía sufrir.
Pensando en el sufrimiento, al pasar por el pasillo escuché a lo lejos un llanto.
—Buen día, licenciado Valtimur —me saludó el guardia de seguridad.
Le respondí con un movimiento de cabeza y avancé, mientras lo hacía, el llanto se hacía más agudo, como un lamento de dolor, pero no cualquier dolor. Mi cuerpo se estremeció. Procuraba que nada me afectara, pero era inevitable.
Era consciente que no se podía olvidar lo que una vez me hizo experimentar el vacío más hondo, aún teniéndolo todo, y por esa razón me era inevitable hacer caso omiso a esta clase de sufrimiento.
Al pasar frente a la sala de aislamiento pude percibir que el llanto provenía de ahí, pasé de largo porque mis pies se dirigían a ese lugar donde yo decidía qué pacientes podían ocuparlo y quiénes no.
—No, no… llámala —escuché una voz infantil entrecortada—. Es mentira lo que dicen, ella va a venir, yo sé… Ella nunca me deja.
—Ya te dije, tu madre no va a venir —En esa oportunidad la voz de una mujer hizo eco en el área.
Seguido se escuchó una bandeja de metal resonar en forma estridente al caer al piso.
—Ella siempre viene. Si la llamas, ella vendrá —gritaba una niña.
—Entiende, ella no va a volver nunca más…
Esa respuesta fue la gota que colmó la copa. Me giré sobre mis pies justo en la entrada del área que de alguna manera tomé como si fuera mi espacio y miré la entrada del área de aislamiento.
—Eres una mentirosa, mi mamá solo está trabajando. Ella siempre vuelve —respondió la voz infantil con cierto dejo de desesperación en su voz.
Seguido se escuchó algo de vidrio quebrarse.
—Si quiere voy yo, señor —dijo Adam mirándolo con preocupación. Me seguía de cerca.
—Yo iré… anda a la sala de juntas y avisa que llegaré un poco tarde —le ordené y avancé decidido hacia la sala de aislamiento.
Al ingresar me encontré con cuatro camas y cada una de ellas estaba ocupada por niños, pero solo uno de ellos estaba sentado, mejor dicho, sentada… era una niña que estaba al borde de la cama.
Me pareció la criatura más hermosa que mis ojos habían podido ver en mucho tiempo.
Una niña que parecía una muñeca, no tenía cabellos, pero sus ojos denotaban que era una rubiecita preciosa, una rubiecita que en algún momento tuvo cabellos de oro alrededor de su rostro, sus ojos eran azules, tan azules que parecían leer el pensamiento de las personas.
Fijó su atención en mí sin dejar de llorar, se veía débil, delgada, muy frágil, usaba un pijama rosa de minnie mouse y en su pecho apretaba un peluche color rosa. Sus ojos estaban inundados por lágrimas que no paraban de salir.
—Señor Valtimur —dijo la enfermera parada frente a la niña—. Bienvenido… —agregó en actitud nerviosa—. Disculpe el ruido que está haciendo esta niña… no para…
Levanté la mano derecha para darle a entender que guardara silencio. Había escuchado suficiente, y lo que mis oídos y mi razón registraron no era agradable. No para ser dicho aun ser tan pequeño como esa pequeña damita que estaba en el borde de esa cama.
—Vaya por alguien que recoja este reguero —le ordené sin desviar mi atención de la niña.
—Pe… pero ¿y la niña? Si la dejo… —Volví a levantar la mano y fue suficiente. La mujer desagradable abandonó la sala.
La niña no dejó de llorar, al contrario, al ver salir a la enfermera su llanto se intensificó, y llevado por algo que no supe cómo explicar y que me movió, me acerqué a ella.
Sin saber qué decirle, me detuve a escasos centímetros de ella. La observé con atención y en un breve escaneo vi las marcas de sus frágiles brazos, en ellos había señales de lo inclemente que ha sido la vida con ella, no solo era la ausencia de cabello, supuse por el efecto secundario de los tratamientos invasivos que había recibido, sino también por la muestra de los lugares donde ha sido pinchada por agujas, muchas agujas, los moretones de sus brazos eran alarmantes.
—¿Ma… mandaste a Carolina por mi mami? —preguntó la niña en un tono de voz tierna, entrecortada por el llanto.
No supe qué responderle.
—No —respondí apenas en voz baja sin dejar de mirarla.
Verla trajo a su mente recuerdos dolorosos.
—Si pudieras traerla yo sería feliz otra vez —me dijo y un hipo tedioso se escapó de su cuerpecito.
Continúa siguiente...
