El CEO Despiadado y La Pequeña Scort

Download <El CEO Despiadado y La Pequeña...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 4 El cuerpo de la verguenza II

El simulacro de mujer que reflejaba el espejo, era alguien que no despertaría deseo, sino lástima o burla.

La ironía era tan perfecta que dolía.

Yo, que había construido mi imperio personal sobre la belleza. Yo, que había hecho del deseo ajeno una herramienta de ascenso y control. Yo, que había usado mi cuerpo para dominar, para escalar, para destruir… ahora estaba atrapada en aquello que siempre había considerado inferior.

Con soberbía me dcía que ahora la vida no intentaba enseñarme nada… Se burlaba de mí. como si se hubiera puesto de acuerdo con Raúl. Me estaba humillando.

—¡No merezco esto! —exclamé con rabia—. Nadie se gana este castigo. ¡Qué vida tan malditamente miserable!

Me odié, no por lo que había sido, sino por lo que veía ahora reflejado: La vida no tuvo piedad conmigo. No para devolverme convertida en semejante adefesio. s

Recordé todas las veces que había mirado por encima del hombro a mujeres así, incluso a las que según mi percepción no encajaban, a las que no brillaban, a las que sobrevivían sin ser deseadas. Y ahora… ahora yo era una de ellas.

Una risa amarga me subió por la garganta.

—¡Qué ingenioso! —murmuré—. ¡Qué castigo tan creativo! 

Mi mente rechazó cualquier intento de moraleja. Estaba por completo negada a ver aprendizaje allí, no había redención, solo crueldad… Una injusticia al monumento de mujer que siempre fuí

Pensé en la agencia, en aquella mujer baja, en su inseguridad evidente. Recordé cómo había disfrutado aplastarla con palabras precisas, fríamente estructuradas. Recordé su rostro, la forma en que bajó la mirada todas las veces que le dije que jamás estaría a mi nivel.

Esas veces yo no había sentido nada. Al soltarle toda clase de palabras con improperios que herían, no había culpa ni remordimiento de mi parte, solo satisfacción.

El simple hecho de verme encerrada en ese cajón maltrecho de un cuerpo decadente era un gran insulto, el más grande que había recibido. En ese instante entendí la sensación que debió experimentar esa mujer,  y aún así… no me arrepentía.

Me dije que no iba a fingir humildad solo porque el mundo había decidido rebajarme. Yo no funcionaba así. Jamás lo había hecho, ¿Por qué tendría que ser diferente ahora?

Mi belleza había sido suficiente. Siempre fue así. Lo había tenido todo: dinero, poder, hombres dispuestos a pagar cualquier precio por mí; pero todo se había evaporado en un segundo, y lo peor no era la pérdida, sino la forma.

Intenté caminar. Cada paso fue una afrenta. El cuerpo se movía como si estuviera diseñado para negarme autoridad. Me veía patética, no solo físicamente: mi orgullo no cabía en ese cuerpo.

Caí al suelo con torpeza.

Me ví en el espejo, obligándome a no apartar la vista. Quería grabar esa imagen en mi mente, no para aceptarla, sino para odiarla correctamente.

—Mírate —me dije—. Esto es lo que la vida cree que mereces ahora.

Mi mente regresó al día anterior. Al café de la agencia. A aquella mujer que se había atrevido a mirarme de frente. Recordé mi propia voz, afilada y segura:

«Nunca llegarás a donde estoy yo».

Recordé mi risa, mi superioridad absoluta.

—La destruí —admití—. Y lo volvería a hacer, porque no acepto este castigo.

El problema no había sido la crueldad. El problema era ahora estar del otro lado.

La rabia me sobrepasó como fuego. No entendía el porqué, ni me importaba. Si aquello era destino, lo escupía. Si era castigo, lo rompería.

Me incorporé con dificultad. Las piernas me temblaban, pero seguían respondiendo. Acepté que para comenzar no debía estar mal. Con eso era suficiente.

Miré alrededor y entonces lo entendí todo.

Estaba en un hospital.

La ridícula bata azul, abierta y miserable que dejaba mis nalgas al aire, me lo confirmaba. El olor a desinfectante y Ia luz fría también. Todo encajó con una claridad brutal.

Al hacerme consciente de las limitaciones de esa nueva imagen, el pánico no llegó por mí.

Llegó por Gretell.

Mi hija.

—¿Cómo se supone que voy a llegar a ti así? —cuestioné en un murmullo, apretando los dientes—. ¿Cómo voy a protegerte con este cuerpo inútil y vergonzoso?

Cerré las manos pequeñas en un puño hasta sentir dolor.

Y aun siendo consciente de eso, sabía que no iba a quedarme allí. No iba a aceptar miradas, diagnósticos ni compasión. Tenía que salir, desaparecer, reconstruirme, aunque sintiera asco e ira de quien físicamente era ahora. Por Gretell, por mi hija debía avanzar.

Decidí que para eso, en ese cuerpo, no debía ser dócil, no iba a pedir permiso, tampoco iba a aprender ninguna lección, porque para mí no había lección que aprender. Volver en ese cuerpo era un insulto para mí, no una lección. Era una vergüenza, una ofensa a quien fue un templo de adoración.

Greishka había muerto.

Pero yo.. yo…

«¿Quién soy ahora?», me pregunté mirando alrededor.  

Este cuerpo era una condena, y para sobrevivir me propuse convertirlo en un arma.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk