El CEO Despiadado y La Pequeña Scort

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Capítulo 2 La noche que todo cambió

Esa noche, como tantas que ya habíamos tenido, no fue la excepción, nos regalamos el mejor sexo de nuestras vidas. Yo no era una puta y él no era un cliente más, ni siquiera un cliente, era el hombre que me desarmaba.  

Al ponerme de pie, la seda cayó como una cascada, dejando mi desnudez a merced de su mirada hambrienta. Kalem no disimuló, recorrió mi cuerpo entero con una intensidad que delataba su urgencia. Me acerqué a él, me puse de puntillas y deposité un beso provocador en la comisura de sus labios, embriagándome con su loción amaderada y esa frialdad que tanto me excitaba.

Lo guié por la corbata hacia el sillón, balanceando mis caderas con el conocimiento exacto del efecto que causaba. Al llegar, bajé las luces y, al ritmo de una música envolvente, dancé frente a él. Mis manos recorrieron mi cuerpo, provocándolo hasta que, en un arrebato de posesión, me alzó y hundió su rostro en mi centro, inhalando mi esencia como una bestia sedienta.

Sin darle tregua, lo obligué a darme el mejor sexo oral de mi vida. Ser descarada era parte del show; cada espasmo era una moneda para la salvación de Gretell. Tras llevarme al clímax, Kalem, impaciente y tosco, me reclamó. Serví un trago solo para ver su desesperación; su manzana de Adán subía y bajaba mientras sus ojos echaban fuego.

En segundos, me giró contra la mesa. Escuché el látex y sentí el impacto de sus nalgadas antes de que su dureza me embistiera con rudeza.

—¡Rico! —gemí—. Más duro, sweetie.

—Eres una maldita descarada —gruñó él, tirando de mi cabello y pegando su pecho a mi espalda mientras me poseía con una urgencia violenta.

—Por eso pediste a la mejor —sonreí entre jadeos, disfrutando de su invasión agresiva—. No te salgas, apenas voy a mostrarte qué tan descarada puedo ser.

La recompensa de tan buen servicio fue recibir una jugosa propina y a la mañana siguiente con el dinero en mi cuenta bancaria corrí al hospital. Aboné al tratamiento de mi niña y ese día lo pasé con ella, con mi Gretell. Su sonrisa era mi único motivo para respirar.

—¡Estoy feliz, mami! Tú siempre cumples tus promesas —me dijo Gretell cuando la enfermera llegó para llevársela a hacerle las pruebas que ella sabía eran el acto previo a la sesión de quimioterapia.

La admiraba muchísimo, porque en medio de un proceso que ella sabía sería fuerte por los efectos secundarios, Gretell se atrevía a celebrar.

—No te vayas —me pidió llena de ilusión.

—Aquí estaré amor, anda —le prometí, sintiéndome agotada, pero feliz.

Sonreí al poder cumplírle esa promesa, como otras tantas; pero la más grande: su sanación total, me estaba costando muchísimo. No aparecía un donante y Gretell se debilitaba más y más.

Esa noche me despedí de Gretell, con la promesa de volver al día siguiente para estar con ella en la primera sesión del tratamiento.

Cuatro horas después de visitar a mi princesa, el destino me tendió la trampa definitiva. Bajo el antifaz que la agencia exigía, me sentía protegida por un anonimato lúdico, ignorando que el cliente de esa noche era Raúl, mi novio. Él creía que yo limpiaba pisos; yo, en mi soberbia, decidí que sería divertido burlarme de su traición, haciéndole pagar por buscar fuera lo que en casa sobraba.

A diferencia de otros servicios, con él no hubo actuación. Me dejé llevar por una pasión cruda, olvidando precauciones y reglas. Como una diosa sobre un potro, balanceé mis caderas en un ritmo que escaló hasta la demencia. Entre carcajadas perversas y el calor abrasador que subía por mi vientre, perdí la noción de la realidad. En el clímax del acto, Raúl, en un movimiento certero, me arrancó el antifaz.

La magia murió instantáneamente. La desesperanza me oprimió el pecho al verme descubierta. Raúl me observó desde abajo con una mezcla letal de odio, decepción y desconcierto. Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con asco, como quien se sacude un pedazo de mierda. El golpe de mi cabeza contra la pared me dejó aturdida, pero alcancé a ver cómo buscaba entre sus pertenencias un arma que jamás le había conocido.

—Raúl... amor, déjame explicarte —supliqué con el corazón desbocado.

No hubo palabras. Sus ojos, encendidos como brasas del infierno, fueron la única sentencia. Tres disparos con silenciador impactaron en mi abdomen, apagando mis gritos.

El dolor fue un estallido sordo que precedió al frío. Mientras la sangre brotaba de mi cuerpo como un grifo abierto, lo vi observarme. 

Sentí cómo la vida se me escapaba entre los dedos, enfriando mis extremidades mientras el suelo se teñía de rojo. 

«El mal nacido se atrevió a dispararme», me dije en mi escasa capacidad de razonar este final.

«¿Cómo se atrevió a hacerme esto?», pensé mientras sentía que mi respiración se entrecortaba más y más. 

Los minutos pasaban y partes de mi cuerpo parecían comenzar a enfriarse, y claro, era normal. De mi abdomen brotaba sangre, y no cualquier gotita, nooo. Como si el desgraciado hubiera girado un grifo, la sangre brotaba de mi cuerpo a chorro. 

Sentía mis ojos nublados por las lágrimas. Me negaba a aceptar que este fuera el final.

—¡NOOO! —dejé escapar finalmente un grito ahogado de pánico y dolor del alma con las pocas fuerzas que quedaban de mi miserable vida.  

En lo único que pensaba era que no podía terminar así. No cuando ella, Gretell, me necesitaba. 

En cuestión de segundos ví mi vida pasar frente a mis propios ojos.

—¡Gretell! ¡Mi pequeña Gretell! —susurré suplicante—. No me dejes morir…. —dije suplicante y estiré mi mano derecha buscando asirla a la de él, esperando que me tomara en sus brazos y corriera a urgencias.

No quería morir. 

«No es mi tiempo… ¡CARAJO!», pensé con mucha rabia mientras apretaba mis puños sobre la herida que más sangraba.

Para ese momento ya respiraba con más dificultad y la sangre comenzaba a ahogarme, Tocí. Sentía que algo en mi interior comenzaba a apagarse, mi pecho estaba caliente todavía, pero sabía que duraría poco.

Solo era cuestión de unos cuantos minutos más para que todo desapareciera, para terminar de sumirme en la oscuridad que nunca quise, no en ese momento. No ese día…. No cuando por fin al día siguiente le iniciarían el siguiente ciclo de quimioterapia a mi Gretell.

«¡Maldita vida! ¡Maldito Raúl!» pensé con mucho odio.

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