EL AROMA DE LA TRAICCIÓN

Download <EL AROMA DE LA TRAICCIÓN> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 7 Capítulo 7

—Vio mi entrevista —repetí, sin levantarme del banco—. Qué honor. No sabía que los hombres de su categoría veían televisión de la tarde.

—No la veo. —Adriano avanzó entre las mesas del laboratorio como si fuera dueño del lugar, igual que había entrado a mi fiesta un año atrás, aunque él no lo supiera—. Me la mandaron tres veces antes del mediodía. Al parecer soy tendencia.

—Felicidades. Es más fama de la que consiguió usted solo en años.

Dejó de caminar a dos metros de mí. La única lámpara encendida le daba de lado y le marcaba la mandíbula apretada. Estaba furioso. Lo disfruté como no había disfrutado nada en mucho tiempo.

—Le voy a hablar claro, señorita Rivas. —Se metió una mano en el bolsillo, tranquilo, esa tranquilidad de mentira que usan los hombres que están a punto de perderla—. Puso mi nombre en un frasco para burlarse de mí frente al país entero. Un frasco para impotentes. Eso tiene un precio.

—Ah, entonces sí entendió la referencia. —Ladeé la cabeza—. Me preocupaba haber sido muy sutil.

—Cuidado.

—No, cuidado usted. —Me bajé del banco despacio, para que viera que no me corría—. Yo no empecé esto. Usted me mandó a media agencia del gobierno a revolverme el laboratorio por decirle que no. Por un extintor vencido de un día, señor Belmonte. Un día. —Di un paso—. Usted disparó primero. Yo solo tengo mejor puntería.

Algo se le movió en la cara. No supe si ganas de estrangularme o de reírse. Con los hombres como él a veces es lo mismo.

—Le voy a hacer la vida imposible —dijo, y bajó la voz—. Cada permiso, cada proveedor, cada cliente que intente cerrar. Voy a estar ahí. Hasta que me venda esa empresa o se canse.

—Qué obsesión. —Crucé los brazos—. Tanto ruido por una perfumería de nada y la mujer que la levantó. —Ladeé la cabeza y le sonreí, despacio, para que le entrara bien—. Le voy a ahorrar la terapia, señor Belmonte. Puedo pensar que le gusto. De hecho, lo pienso. Un hombre no persigue así lo que solo quiere comprar.

Se le tensó la mandíbula.

—No se pase de lista.

—Pero le tengo una mala noticia. —Di otro paso, sin bajar los ojos—. No estoy en venta. Ni la empresa, ni los perfumes, ni yo. Y esto último apréndaselo bien, porque parece costarle: usted jamás va a poder tenerme. Ni con dinero, ni con amenazas, ni con esa cara de dueño del mundo que se le cae a pedazos cada vez que le digo que no.

Eso lo tocó.

Cruzó la distancia que quedaba antes de que yo terminara de respirar. No lo vi moverse, o sí, pero no me aparté, porque apartarme era perder, y yo no pensaba perder frente a él ni un centímetro.

Me acorraló contra la mesa de trabajo. Puso las dos manos en el borde, una a cada lado de mí, encerrándome sin tocarme. Quedó tan cerca que le sentí el calor, el aliento, ese perfume caro y seco que mi maldita nariz clasificó sola, sin permiso.

—Todo el mundo tiene un precio —dijo, muy bajo—. Usted todavía no encontró el suyo.

—Y usted todavía no entiende que hay cosas que no se compran. —No bajé la voz—. Debe ser nuevo para usted. Un hombre acostumbrado a que le abran las piernas por su chequera, y llega una que no. Qué golpe al ego, ¿no?

—Sigue hablando.

—Es lo único que hago bien delante de usted. Hablar. —Le sostuve los ojos, esos ojos claros a un palmo de los míos—. ¿Va a hacer algo, o solo vino a respirarme encima para sentirse importante?

Se me quedó mirando la boca.

Un segundo. Dos. Y yo, que había ido ahí a odiarlo, que llevaba un año odiándolo, sentí el estómago apretarse de una forma que no tenía nada que ver con el odio, y me dio un asco profundo de mí misma.

Porque estaba cerca. Demasiado. Y una parte de mi cuerpo, esa traidora, no estaba pensando en la venganza ni en el acantilado ni en el funeral. Estaba pensando en lo que faltaba para cerrar la distancia, y me odié por eso más de lo que lo odiaba a él.

Él también lo sintió. Se le movió algo en la garganta al tragar. La mano derecha se le tensó en el borde de la mesa, tan cerca de mi cadera que el aire entre los dos se puso espeso, igual que se me había puesto en la fiesta antes de caer, solo que esto no era veneno.

Ninguno se movió. Ninguno cedió. Dos idiotas midiéndose a un centímetro, esperando que el otro se rompiera primero.

No pensaba ser yo.

—¿Y bien? —susurré—. ¿Se le acabaron las amenazas, o también le tiemblan las manos?

Adriano cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo se había apagado en ellos, o se había guardado muy hondo, y se apartó de golpe. El aire frío del laboratorio me pegó donde había estado su calor y tuve que agarrarme del borde de la mesa para no delatar que las piernas no me respondían bien.

Se acomodó el saco. Recuperó la cara de piedra, la de siempre, la de mi funeral.

—Esto no ha terminado —dijo.

—Cuente con ello.

Caminó hacia la puerta sin apurarse. En el umbral se detuvo, pero no se giró.

—Buenas noches, señorita Rivas.

—La salida ya la conoce. Entró sin que nadie lo invitara.

No contestó. Salió, y la puerta se cerró detrás de él con un clic suave que retumbó en todo el laboratorio vacío.

Me quedé agarrada de la mesa, sola, con el corazón golpeándome las costillas como si hubiera corrido kilómetros. Me llevé una mano al pecho, respiré, y me obligué a soltar el borde.

—Imbécil —dije en voz alta, para el laboratorio, para mí, para el olor de él que todavía flotaba en el aire y que mi nariz se negaba a soltar.

Lo peor no era la rabia.

Lo peor era que, debajo de la rabia, temblaba otra cosa. Y esa otra cosa era mucho más peligrosa que Adriano Belmonte con toda su agencia del gobierno y todas sus amenazas juntas.

Porque a él lo tenía calculado. Sabía odiarlo. Llevaba un año entrenando para eso.

Lo que no había entrado en ninguno de mis planes era qué carajo iba a hacer con el hecho de que, por un segundo, con su boca a un centímetro de la mía, le había dicho que jamás iba a tenerme deseando que me llevara la contraria.

Me solté de la mesa, apagué la lámpara de un manotazo y me juré, en la oscuridad, que ese segundo no iba a repetirse.

Ya iríamos viendo cuánto me duraba el juramento.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk