EL AROMA DE LA TRAICCIÓN

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Capítulo 6 Capítulo 6

Adriano

Nunca me había pasado que una mujer me sacara de una reunión con ganas de romper algo.

Y ahora estaba en la segunda en una semana.

—Ponlo otra vez —le dije a Julián.

—Adriano…

—Que lo pongas.

Mi mejor amigo suspiró, tomó el control y retrocedió el video en la pantalla de mi despacho. La entrevista llevaba dos horas dando vueltas por las redes y no paraba de crecer. Un programa de esos de la tarde, mucha luz, mucho aplauso, y en el centro una voz. Solo la voz. La mujer aparecía de espaldas, en sombra, el rostro pixelado, protegiendo ese anonimato absurdo con el que llevaba meses volviendo loco a medio mercado.

Pero yo esa voz la conocía. La había tenido a un palmo de la cara hacía siete días, diciéndome que me faltaba algo que no se compra con dinero.

—Cuéntenos del lanzamiento —decía la conductora—. Todo el mundo habla de él. El nombre ya es un fenómeno.

—El nombre lo dice todo —contestó la voz—. Se llama Adrio.

Julián se rió por lo bajo. Le clavé una mirada y se calló.

—Es una fragancia masculina —siguió ella, tranquila, disfrutándolo—. Pensada para cierto tipo de hombre. El que lo tiene todo, dinero, poder, autos, y aun así siente que algo le falta. Ese hombre que necesita comprar cosas grandes para tapar lo que no funciona. Adrio es para él. Para los que necesitan otros medios para conquistar.

El público se rió. La conductora se rió. Todo el país se estaba riendo.

—Suena casi cruel —dijo la mujer de la tele.

—Para nada. Es un homenaje. —Y ahí la voz sonrió, se le oyó la sonrisa—. A todo lo que a algunos hombres, por más ricos que sean, simplemente no les levanta.

Apagué la pantalla yo mismo.

El silencio en el despacho duró tres segundos.

—Bueno —dijo Julián—. Podría ser cualquiera.

—No es cualquiera.

—Adriano, "Adrio" es un nombre pegajoso, nada más. Le funcionó. Está vendiendo como agua. —Se encogió de hombros—. No todo el mundo se acuesta pensando en ti.

Me levanté y fui hasta el ventanal. Abajo, la ciudad. Mía, en buena parte. Y en algún rincón, una desconocida sin cara acababa de pararse en televisión nacional a decirle a millones de personas que yo era un impotente que compraba imperios para compensar.

Sí, podía ser cualquiera. Salvo por una cosa.

—Hace una semana le mandé una inspección —dije, sin girarme—. Le metí a media agencia sanitaria en la fábrica por decirme que no. Y siete días después saca esto. Un perfume con mi nombre, para hombres a los que no se les para. —Apreté la mandíbula—. No es coincidencia, Julián. Es la respuesta. Me está devolviendo el golpe, en cadena nacional, con mi propio nombre.

Julián dejó de sonreír.

Y lo peor, lo que no le dije, fue que en vez de solo furia sentí otra cosa por debajo. Una punzada de algo parecido a las ganas de reírme. Porque nadie, en años, se había atrevido a tanto. La gente me temía. Me aplaudía. Me rogaba reuniones. Bajaba la cabeza. Esta mujer me había mirado la entrepierna en un reservado, me había dejado hablando solo, y ahora usaba mi nombre para vender frascos burlándose de mí frente al país entero.

No estaba tapando nada. Estaba plantándome cara. Y encima le estaba funcionando de maravilla.

—¿Quién es? —dije—. Quiero saber todo. De dónde salió, quién le puso el dinero, con quién se acuesta, qué desayuna. Todo.

—Ya la mandé a mirar cuando compró la maison —contestó Julián—. No hay mucho.

—Búscame más.

—Es lo que te digo. No hay más.

Se paró a mi lado, con esa cara de abogado que pone cuando algo no le cierra.

—Ámbar Rivas. Extranjera. Llegó al país hace cosa de un año. Estudios buenos, papeles en regla, dinero de sobra, aunque no queda claro de dónde viene tanto. —Hizo una pausa—. Y ahí se corta.

—¿Cómo que se corta?

—Que antes de eso no existe, Adriano. Ni una foto vieja, ni un trabajo anterior, ni una familia, ni una deuda de juventud. Nada. Como si hubiera nacido el día que puso un pie en el país. —Se encogió de hombros—. O tiene el mejor equipo de limpieza que he visto, o está escondiendo algo grande.

Me quedé mirando el vidrio, la ciudad, mi propio reflejo encima de las luces.

Una mujer de la nada. Sin pasado. Con dinero que no se sabe de dónde salió. Que compró justo la empresa que yo iba a comprar, que me plantó cara sin pestañear, y que ahora me humillaba en televisión con una sonrisa.

Debería haberme dado mala espina. Debería haber pensado en fraude, en lavado, en alguna trampa de la competencia.

Y sin embargo lo único que pensé, mirando ese hueco donde debería estar su historia, fue que quería verle la cara de nuevo. Sin sombra. Sin pantalla. Los ojos de verdad, esos que me habían medido en el reservado como si yo no le importara nada.

—Voy a salir —dije, y agarré el saco.

—¿A dónde? Son casi las diez.

—A hacerle una visita a la señorita Rivas.

—Adriano. —Julián me cortó el paso, medio en serio, medio no—. Está vendiendo perfume, no bombas. Déjalo. Le compras la empresa en seis meses cuando se canse de pelear, como a todos. No te ensucies con esto.

—Nadie me habla así y sigue tranquilo. —Me acomodé el saco—. Además, tengo curiosidad.

—¿Curiosidad de qué?

Me detuve en la puerta.

—De ver si es tan valiente en persona como en la televisión.

La fábrica estaba a oscuras cuando llegué. Todo cerrado, las luces de adelante apagadas, ni un auto en la entrada salvo el suyo.

Estaba ahí. Sola. Trabajando de noche, como si el mundo no le importara.

Podía haber esperado a mañana. Podía haber mandado a Julián con una oferta nueva, más plata, más presión. Es lo que habría hecho con cualquier otro.

En vez de eso apagué el motor, me bajé, y caminé hasta la puerta lateral que había quedado sin trabar.

La empujé y entré sin que nadie me invitara, con la sonrisa que uso cuando ya decidí que voy a ganar.

Al fondo, entre frascos y una sola lámpara encendida, ella levantó la cabeza de golpe.

—Buenas noches, señorita Rivas —dije—. Vi su entrevista.

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