EL AROMA DE LA TRAICCIÓN

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Capítulo 5 Capítulo 5

—No lo estaba buscando —dije, y cerré la puerta detrás de mí—. Y créame que si hubiera sabido que era usted, me quedo en el fondo del estacionamiento.

—Y sin embargo, aquí está. —Adriano estiró la mano hacia la silla de enfrente, invitándome a sentarme como si el reservado fuera suyo. Como si todo fuera suyo—. Siéntese, señorita Rivas. Tenemos negocios.

No me senté. Me quedé de pie, con el bolso en la mano, midiéndolo.

—Vine a cerrar un lote de perfume con un comprador. No con usted.

—El comprador soy yo. Uso intermediarios. —Se encogió de hombros—. Pero ya que estamos cara a cara, hagámoslo mejor. Directo. Como me gusta.

Se recostó en la silla, cruzó las manos, y me miró con esa calma que un año atrás le había visto en mi propio funeral.

—Su maison me interesa. De hecho, me interesaba antes de que usted apareciera de la nada a comprarla. Yo iba por ella. Estaba muerta, en quiebra, la iba a levantar del suelo por lo que valen los escombros. —Ladeó la cabeza—. Y entonces llegó una desconocida sin historia y me la quitó de las manos. Eso no me pasa seguido.

—Qué pena.

—No es pena. Es interés. —Sonrió—. Le hago una oferta. Le pago el doble de lo que usted pagó por esa ruina. El doble, en limpio, hoy. Más lo que pida por los perfumes que sacó. —Hizo una pausa—. Y me quedo también con la perfumista. Esa nariz que resucitó una marca muerta en un mes vale más que la marca. La quiero en mi grupo.

Se me revolvió el estómago.

La misma frase. La quiero a usted con ella. Otro hombre me la había dicho una vez, con otra cara, en otra vida, antes de que todo se cayera. Este no compraba empresas. Compraba personas. Y yo era, otra vez, un frasco que alguien quería para su vitrina.

—No está en venta —dije.

—Todo está en venta.

—Mi empresa no. —Lo miré fijo—. Vine por un acuerdo de compra de perfume. Nada más. Ni la marca, ni la perfumista, ni yo estamos en esa mesa.

Adriano me estudió un momento, sin dejar de sonreír, como si mi negativa le pareciera un detalle gracioso que pronto se iba a resolver solo.

—Yo siempre consigo lo que quiero, señorita Rivas.

—Pues conmigo se le acabó la racha.

Agarré el bolso y me giré hacia la puerta.

Oí la silla arrastrarse detrás de mí. Para cuando llegué a la manija, él ya estaba ahí, se había levantado sin que lo viera y me cerró el paso con el brazo apoyado en el marco. No me tocó. Solo bajó la voz.

—¿Sabe con quién se está metiendo?

Me giré despacio. Lo tenía encima, más cerca de lo que quería, esos ojos claros midiéndome otra vez.

—Perfectamente —dije—. Con un hombre rico que usa las peores mañas para arruinar a la gente. Que hunde empresas, aprieta cuellos y se queda con lo ajeno, todo para llenarse el ego. —Sostuve su mirada—. Uno de esos que necesitan comprarlo todo, personas incluidas, porque hay algo que les falta y no se compra con dinero.

Bajé los ojos, apenas, hacia su cintura. Un segundo. Con toda la intención del mundo. Y los volví a subir.

Tardó en entender. Cuando entendió, la mandíbula se le tensó y una mancha roja le subió por el cuello hasta la cara.

—Cuidado con lo que dice —masculló.

—Buenas noches, señor Belmonte.

Le pasé por debajo del brazo y salí, y esta vez la que sonreía era yo.

Que se pusiera rojo. Que se atragantara con su racha. Yo ya había perdido todo lo que un ser humano puede perder. Ya me habían envenenado, ya me habían tirado al mar, ya me habían llorado en televisión mientras se repartían mi vida. Un hombre furioso en un reservado no me daba ni un poco de miedo.

Estaba lista para esta guerra. La venía esperando hacía un año.

Lo que no esperaba era la respuesta tan rápido.

Llegué a mi empresa y había dos camionetas oficiales en la entrada. Gente con carpetas, chalecos y credenciales colgando, entrando y saliendo de mi laboratorio como si fuera de ellos.

—¿Qué es esto? —Me acerqué al que parecía el jefe—. Soy la representante. ¿Qué está pasando aquí?

—Inspección, señora. —Ni me miró—. Recibimos una denuncia. Uso de sustancias tóxicas prohibidas en la elaboración de sus perfumes. Vamos a necesitar todos sus permisos.

Tóxicas.

Apreté el bolso hasta que las asas me cortaron la mano.

Una denuncia. Justo hoy. Justo horas después de decirle que no a Adriano Belmonte. No hacía falta ser adivina.

—Maldito —dije por lo bajo.

Pero no grité. No monté un escándalo. Un año atrás, la Renata furiosa habría armado una guerra ahí mismo y habría perdido. La mujer que era ahora respiró, se tragó la rabia, y fue por la carpeta de los permisos.

—Adelante —dije, poniéndosela en las manos—. Revisen lo que quieran. Está todo en regla.

Y estaba. Cada fórmula, cada componente, cada registro. Yo no era ninguna improvisada. Los vi buscar y buscar, abrir frascos, anotar, comparar, con esa cara de quien esperaba encontrar algo y no lo encontraba.

No hallaron ni una sustancia fuera de lugar. Ni una.

Pero no se iban a ir con las manos vacías. Esa clase de gente, cuando llega con orden de arriba, no se va sin morder.

—El extintor del pasillo está vencido —dijo el jefe, apuntándolo en su planilla con algo parecido al alivio—. Le vamos a levantar una multa.

—Venció ayer. —Se me escapó, y me arrepentí al instante—. Un día. Lo cambio esta misma tarde.

—Las normas son las normas, señora.

Claro que lo eran. Para mí. Hoy.

Pagué la multa con los dientes apretados, firmé donde me señalaron, y los vi subirse a sus camionetas y largarse tan campantes como habían llegado.

Un extintor. Me habían mandado media agencia del gobierno por un extintor vencido de un día. El mensaje era clarísimo, y no venía firmado, pero yo sabía leer esa letra.

Véndeme la empresa, o te hago la vida imposible con cada tornillo que tengas fuera de lugar.

Esa noche me quedé sola en el laboratorio.

Despedí a los que quedaban, apagué las luces de adelante, y me metí en el fondo, en mi cuarto, el único lugar del mundo donde todavía era yo del todo. Estaba agotada. Me dolían los pies, la cabeza, el año entero.

Podía llorar. Podía tirarme a maldecir a Adriano Belmonte hasta cansarme.

En vez de eso, me até el pelo, me lavé las manos y saqué los frascos.

Porque si algo había aprendido en esta vida, la primera y la segunda, era que yo no devolvía los golpes gritando. Los devolvía trabajando. Creando. Con lo único que ese hombre no me podía quitar ni denunciar ni multar: mi cabeza y mi nariz.

Él acababa de enseñarme cómo peleaba. A escondidas, con inspecciones, con la mano metida en oficinas del gobierno, sin dar la cara.

Perfecto. Yo también sabía pelear a mi manera.

Destapé el primer frasco, respiré hondo, y empecé a pensar cómo iba a devolverle el golpe.

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