EL AROMA DE LA TRAICCIÓN

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Capítulo 4 Capítulo 4

El primer aniversario de mi muerte lo pasé trabajando.

No lo pensé como un aniversario hasta que vi la fecha en la esquina de la pantalla, y algo se me apretó en el pecho un segundo, nada más un segundo, antes de volver a lo mío. Un año desde el acantilado. Un año desde que Renata Solano se fue al fondo del mar y salió del agua otra mujer.

Y esa otra mujer no había perdido el tiempo.

La maison que compré en quiebra era un cascarón cuando la firmé. Deudas hasta el techo, proveedores que ya no contestaban el teléfono, un laboratorio lleno de fórmulas mediocres que el dueño anterior vendía como si fueran oro. Cualquiera con dos dedos de frente habría dejado que se hundiera del todo.

Pero yo no era cualquiera. Yo tenía lo único que no se compra ni se aprende, y lo sabía explotar.

Me encerré en ese laboratorio como me había encerrado toda la vida, y saqué de un cajón de mi cabeza dos fórmulas que llevaba desarrollando desde antes de morir. Dos perfumes que Renata no alcanzó a terminar, que se habrían quedado a medias en un acantilado si yo me hubiera dejado matar como una tonta.

Los terminé. Los saqué al mercado.

En un mes los dos estaban arriba. En las vitrinas buenas, en las muñecas de la gente correcta, agotándose antes de que alcanzáramos a reponer. La prensa del ramo empezó a preguntar de dónde había salido esa casa muerta que de golpe respiraba, quién estaba detrás, quién era la nariz nueva capaz de eso.

No lo averiguaron. Ese fue el punto.

Porque esta vez no cometí el error de brillar con mi nombre puesto. Exigí anonimato. Puro. Total. La dueña no daba entrevistas, no salía en fotos, firmaba con tres intermediarios. Y la perfumista que había resucitado la marca, esa no existía para nadie de afuera. Un fantasma detrás de un frasco. Contratos sellados, testaferros donde hicieran falta, gente que cobraba bien justo para no preguntar y para no recordar.

Aprendí la lección en carne propia. Un año atrás fui Renata Solano, la del imperio, la de las quinientas personas brindando por mí, la de las fotos en todas partes. Y esa mujer visible, celebrada, orgullosa, terminó envenenada en el suelo de su propia fiesta.

La nueva no. La nueva se movía por debajo.

Porque todo lo que estaba construyendo tenía un solo fin, y ese fin dependía de una cosa: que ellos se confiaran.

Que Bruno durmiera tranquilo. Que Ariadna gastara mi dinero sin mirar por encima del hombro. Que Adriano Belmonte siguiera creyéndose intocable, dueño de todo lo que pisaba, sin sospechar ni por un segundo que la mujer que se atravesó en su camino hacía un año seguía respirando, más cerca de lo que él jamás imaginaría.

Un enemigo que no espera el golpe es un enemigo que no cubre la cara.

Y yo llevaba un año enseñándoles a los tres a no cubrirse la cara.

Me lo repetía cada mañana frente al espejo, mientras la mujer del otro lado terminaba de acomodarse en su piel nueva. Ámbar Rivas. Perfumista sin rostro. Inversora sin pasado. Paciente como el veneno que casi me mata, y con muchísima mejor puntería.

Solo me faltaba una cosa para dejar de moverme por debajo y empezar a moverme hacia arriba, hacia ellos: dinero fresco, del grande, del que te sienta otra vez en la mesa donde se deciden las cosas. Los dos éxitos me habían dado aire, pero el aire no alcanzaba. Necesitaba un comprador serio. Uno de esos que no compran un frasco sino un lote entero, de los que te enderezan el año y te abren las puertas de golpe.

Lo conseguí.

Un intermediario me pasó el contacto, un cliente de cartera honda y nombre discreto, interesado en un pedido grande de mi perfume estrella. De esos que no se cierran por teléfono ni en una oficina cualquiera. De esos que se cierran cara a cara, en un lugar donde la gente con mucho dinero se siente cómoda gastándolo.

Me citó en un club. De esos caros, con nombre en francés y socios que valían más que barrios enteros.

Y ahí, meses después de resucitar de entre los muertos, me arreglé como no me arreglaba desde mi otra vida, respiré hondo frente al espejo, y salí a cerrar el primer trato grande de Ámbar Rivas.

Llegué al club con cuarenta minutos de adelanto, como siempre.

Di la vuelta al edificio buscando el estacionamiento de socios, uno de esos con luz baja y autos que valían más que una casa, y encontré un lugar bueno cerca de la entrada, a la sombra, a dos pasos de la puerta. Puse la direccional y empecé a maniobrar.

No alcancé a meter la trompa.

Un auto negro me pasó por al lado sin bajar la velocidad y se clavó en el lugar. Mi lugar. Y ni siquiera bien, torcido, mordiendo el sitio de al lado, como si el mundo entero fuera de su propiedad.

Apreté los dientes. Tranquila, Ámbar. Tienes un trato que cerrar. No llames la atención.

Bajé el vidrio.

—Disculpe —dije, con toda la calma que pude juntar—. Ese lugar lo estaba tomando yo.

La puerta del auto negro se abrió y bajó él.

Y a mí se me cortó el aire.

Adriano Belmonte.

Un año. Un año sin verle la cara más que en la pantalla de un televisor, parado en mi funeral con esa serenidad de quien firma un contrato. Y ahora lo tenía a tres metros, de carne y hueso, acomodándose los gemelos sin mirarme, con esa lentitud de quien nunca en su vida tuvo que apurarse por nadie.

Se me subió todo de golpe. El odio primero. Las ganas de bajarme del auto y arrancarle esa cara tranquila a manotazos. De preguntarle si había dormido bien todo este año, mientras se repartía lo que era mío con los dos que me mataron.

Me obligué a tragarlo. Él no sabía quién era yo. No podía saberlo. Para él yo era una desconocida cualquiera peleando por un estacionamiento.

Y aun así no pude callarme. Porque una parte de mí, la que llevaba un año masticando su cara serena, no estaba dispuesta a bajar la cabeza ante él ni por un lugar de auto.

—Hay sitio al fondo —dijo, sin mirarme siquiera, terminando con el gemelo.

—El fondo está a trescientos metros.

—Entonces le conviene empezar a caminar.

Me bajé del auto. Despacio, para que viera que no me apuraba yo tampoco.

—Se estacionó en dos lugares. —Señalé—. Si endereza, cabemos los dos y nadie camina nada.

—No pienso enderezar. —Cerró la puerta de su auto con un golpe suave, definitivo, y por fin me miró. Me barrió de arriba abajo, el vestido, los tacones, la cara—. Y no le doy explicaciones a cada mujer que quiere cruzarse en mi camino. Busque otro sitio.

Ahí algo en su tono me hizo entender, y me hirvió más la sangre.

Porque no me estaba mirando como a alguien molesto. Me estaba mirando como a eso. A una más. A una de las tantas que, con cualquier excusa, se le atravesaban para llamarle la atención, para que él las mirara, para meterse después en su cama. El estacionamiento no era un pleito para él. Era una jugada mía. Una forma barata de que se fijara en mí.

El muy imbécil creía que yo lo estaba buscando.

Y esa idea, sabiendo lo que sabía, sabiendo lo que ese hombre me había costado, me dio un asco que no me cupo en el cuerpo.

—No se preocupe —dije, y bajé la voz, muy tranquila, para que le entrara bien—. Cruzarme en su camino es lo último que querría hacer en la vida. Le aseguro que preferiría los trescientos metros mil veces antes que deberle a usted un solo favor.

Levantó una ceja. Por primera vez me miró de verdad, ya no como a una molestia, sino como a alguien. Y sonrió apenas, una sonrisa de lado, insoportable, la de quien acaba de confirmar justo lo que pensaba.

—Lo que usted diga. —Se acomodó el saco—. Pero para odiarme tanto, se toma muchas molestias en hablarme.

—Créame que es la última vez.

—Eso también lo dicen todas.

Me di la vuelta antes de decir algo que me costara el trato. Me subí al auto, arranqué, y mientras salía marcha atrás para ir a buscar los trescientos metros del fondo, apreté el volante hasta que me dolieron las manos.

Por el espejo lo vi ahí parado, junto a su auto torcido, mirándome irme con esa media sonrisa. Convencido. Tranquilo. Seguro de que yo era una más que se iba haciéndose la difícil.

—Imbécil —le dije al espejo—. Imbécil, imbécil, imbécil.

Estacioné al fondo, en la última fila. Me bajé, respiré, me acomodé el vestido y me sacudí el odio de encima como pude. Se acabó. Un tropiezo. No viniste por él. Viniste a cerrar un lote y a levantar tu casa. Enfócate.

Caminé los trescientos metros. Entré al club. Di mi nombre, el nuevo, firme, sin dudar, y una anfitriona me guió por un pasillo alfombrado hasta una puerta de madera pesada.

—Su reunión es aquí, señorita Rivas. El caballero la está esperando en el reservado.

Respiré hondo. Me alisé el vestido. Volví a ser Ámbar, la perfumista sin rostro, la inversora sin pasado, la mujer de negocios que venía a cerrar el trato que la sentaría otra vez en la mesa grande.

Empujé la puerta.

El hombre sentado al fondo del reservado levantó la cara.

Ojos claros. Fríos. La misma media sonrisa que me había dejado en el estacionamiento.

Adriano Belmonte.

Y esta vez, la sonrisa se le ensanchó.

—Vaya —dijo, recostándose en la silla—. La de los trescientos metros. Empiezo a pensar que sí me estaba buscando.

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