EL AROMA DE LA TRAICCIÓN

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Capítulo 3 Capítulo 3

No salí por la puerta principal.

Ahí podía haber alguien esperando. Bajé por la escalera de servicio, con las llaves apretadas en el puño para que no sonaran, y salí por la cocina al jardín de atrás. El pasto estaba mojado. El cielo apenas empezaba a aclarar, gris sucio, con la villa dormida a mi espalda.

Me pegué a los setos y avancé agachada, esperando en cualquier momento oír mi nombre desde una ventana.

No lo oí. Nadie me vio.

Y eso, en vez de calmarme, me apretó más el pecho. Me habían dejado el camino libre a propósito. Yo estaba haciendo justo lo que ellos querían: subirme al auto y agarrar la costanera. Por un segundo, escondida entre los arbustos, me temblaron las rodillas.

Si me quedo, me matan de otra forma. Si corro a pie, me alcanzan. Si grito, nadie me cree.

El auto era la trampa. Pero también era la única salida que ellos no vigilaban, porque estaban seguros de que me llevaba a la muerte.

Bien. Iba a usar su propia trampa.

Me subí despacio, cerré sin golpear, metí la llave. El motor arrancó y el ruido me pareció un escándalo. Ninguna luz en la casa. Ninguna cortina se movió. Salí por el portón a paso de tortuga.

Agarré la costanera porque no me quedaba otra. La bajada empezaba enseguida, con el mar abajo, negro, golpeando las rocas. En la primera curva probé los frenos, apenas un toque.

El pedal se hundió hasta el fondo. Blando. Nada.

—Hijos de puta —dije en voz alta, y me sorprendió lo firme que me salió.

No aceleres. A esa velocidad todavía manejaba con el motor y la caja. Fui bajando el cambio, dejando que el auto se arrastrara curva por curva, con las manos resbalándome de sudor en el volante.

Encontré el sitio en la tercera curva, la más cerrada, la que daba directo al vacío. Enderecé la trompa hacia el borde. Me solté el cinturón, los dedos me temblaban y no salía el broche, hasta que cedió. Bajé la ventanilla. Puse la mano en la manija.

El auto seguía rodando, lento, hacia el filo. Tenía que calcular bien. Si saltaba tarde me iba con él. Si saltaba temprano, el auto se paraba solo y no había accidente.

Abrí la puerta. El aire frío me pegó en la cara. Abajo solo había vacío y agua negra. El cuerpo entero me gritó que no me soltara.

Me tiré.

Golpeé el suelo de costado, rodé por la tierra y la maleza, me raspé los codos, las palmas. Una piedra me pegó en el hombro y solté un grito ahogado. Clavé las uñas en el pasto para frenar, y frené, con medio cuerpo colgando sobre el barranco.

El auto siguió sin mí. Lo vi rodar los últimos metros, inclinarse, caer. El golpe contra las rocas fue seco, tremendo, un estruendo de metal que retumbó en todo el acantilado. Después el chapoteo. Después el mar tragándoselo.

Me arrastré hacia atrás, lejos del filo, y me quedé bocabajo en la tierra, jadeando, con la sangre tibia bajándome por el brazo.

Ahí estaba mi muerte. Cumplida. Puntual. Al amanecer, tal como ella lo quiso.

Me metí en la niebla cojeando, antes de que aclarara del todo.

La primera noche la pasé caminando. Bajé por la ladera lejos de la carretera hasta un camino de tierra que no reconocí, me até el pelo, me subí el cuello de la chaqueta, y me convertí en cualquiera.

Con lo poco que llevaba encima pagué un cuarto en un hotel de mala muerte a las afueras, de esos donde nadie te pide nombre si pagas por adelantado. Ahí me escondí.

Prendí la tele al segundo día.

Salí yo. Mi foto de la gala, sonriendo. Debajo, la banda roja: Hallan pertenencias de la empresaria desaparecida. Una bufanda y una zapatilla que la familia reconoció, arrastradas por la marea. Yo no perdí nada en el agua. Salté con todo puesto. Esas prendas las plantaron ellos, para redondear la historia.

Al cabo de una semana, hicieron el funeral.

Lo pasaron en todos los canales nacionales. Subí el volumen y me acerqué a la pantalla.

Ahí estaban. Bruno, de negro, doblado hacia adelante con la cara entre las manos, los hombros sacudiéndose. Lloraba, lloraba bien, tan bien que a yo, que lo conocía, casi me lo creí por un segundo. Detrás, Ariadna, con un pañuelo y los ojos brillantes, le apoyaba la mano en la espalda. La hermana consolando al viudo.

Y entonces la cámara se movió, barrió la primera fila, y se detuvo en otro rostro.

Adriano Belmonte.

De pie, un paso detrás de Bruno. De negro, sereno, con las manos cruzadas, mirando mi foto en el caballete sin una gota de pena en la cara. Como quien asiste a la firma de un contrato.

Se me heló la sangre.

¿Qué hacía él ahí? Un hombre que había entrado a mi fiesta hacía una semana a comprarme la vida, parado ahora en mi funeral, al lado de Bruno, como si ya fueran de la misma familia.

Me acerqué más a la pantalla. Los vi. Bruno se enderezó un momento, se secó la cara, y Adriano se le acercó, le dijo algo al oído, le apretó el hombro. Un gesto de socios. De gente que ya cerró un trato.

Y ahí lo entendí, o creí entenderlo.

Mi muerte le abría la puerta a Adriano Belmonte. Yo le había dicho que no. Muerta, ya no había quien dijera que no. Bruno heredaba con el papel falso, y Bruno sí quería vender. Todo lo que ese hombre quería de mí lo tenía ahora, servido, sobre mi cajón vacío.

No sabía si Adriano había puesto el veneno. No me importaba. Estaba ahí, cobrando. Se estaba comiendo lo que era mío junto con los dos que me mataron.

Apreté el control remoto hasta que me dolieron los dedos.

Esa cara tranquila no se me iba a olvidar nunca.

No lloré esa noche. Estaba demasiado ocupada haciendo cuentas.

Mi padre me había dejado una cuenta cuando yo era una niña, en un lugar donde el dinero no tiene nombre ni bandera. «Para el día que todo se caiga», me dijo, y yo me reí, porque a esa edad una cree que nada se cae. Ni Bruno supo que existía. Ni Ariadna.

El día que todo se cayó, estaba ahí.

Con eso desaparecí de verdad. Salí del país sin dejar rastro y me entregué a manos que cobraban justo para no preguntar.

Me cambiaron la nariz. Los pómulos. Hasta el color de los ojos. Me corté el pelo, me lo pinté de otro color, cambié el cuerpo, lo suficiente para que, si un día Bruno o Ariadna me cruzaban por la calle, no me miraran dos veces. Ese era el punto, ser irreconocible para mis enemigos.

Cada vez que me quitaban una venda, la mujer del espejo se parecía menos a la que se cayó al mar.

Le puse nombre a esa mujer. Ámbar Rivas. Me lo repetí frente al espejo cada mañana hasta que dejó de sonarme prestado. Y mientras el cuerpo sanaba, la cabeza trabajaba. Leí todo. La prensa económica, los registros, los chismes de sociedad. Fui armando el mapa.

Bruno vendió la Casa Solano entera. Malbarató lo que a mí me costó la vida, y con ese dinero se compró un lugar en la mesa de los grandes. En la mesa de Belmonte.

Los dos, juntos, como en mi funeral.

Y en esa misma jugada encontré algo más. Había otra casa de perfumes, la que siempre había sido mi competencia, una marca vieja con buenas manos y malas cuentas. Cuando Bruno se alió con Belmonte, esa casa no aguantó el golpe. La ahogaron entre los dos. Quebró.

Ahora estaba en venta por nada. Apalancada, hundida, a un paso del cierre definitivo.

Me quedé mirando esos números mucho rato, con el corazón golpeándome.

Una casa de perfumes de verdad. Con laboratorio, con marca, con puertas que se abrían solas en el mundo del lujo. La coartada perfecta para una inversora que nadie conocía. Y encima, un pedazo más de la lista de cosas que Adriano Belmonte había destruido de camino a quedarse con todo.

Agarré el teléfono y llamé al número que venía en el anuncio de la quiebra.

—Buenas —dije, y la voz de Ámbar Rivas salió tranquila, firme, sin un temblor—. Llamo por la maison en venta. La quiero. Toda.

Del otro lado hubo un silencio sorprendido.

—¿Con quién tengo el gusto?

Sonreí a la mujer del espejo.

—Con su nueva dueña.

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