Capítulo 2 Capítulo 2
El frío del suelo fue lo último que sentí como mío.
Después el cuerpo dejó de contestarme. Todo. Los brazos, las piernas, los párpados. Me habían apagado como se apaga una lámpara, y por dentro yo seguía ahí, encendida, gritando sin voz.
No sé cuánto pasó. Cuando volví a flotar hacia arriba, ya no estaba en el suelo del salón. Me habían movido. Sentí una superficie blanda debajo, un diván, y el techo borroso encima, esa moldura dorada que yo misma mandé restaurar. El salón de los espejos. El cuarto que abría solo para las visitas importantes.
Levántate.
Se lo ordené a las piernas. Nada. Le ordené a un dedo. Nada. El cuerpo me pesaba como si me hubieran llenado de arena, y cada vez que intentaba subir a la superficie una ola tibia me arrastraba de vuelta al fondo.
El corazón, en cambio, iba disparado. Como si una parte de mí ya supiera lo que la otra todavía no quería creer.
Volvió el olor. El fondo metálico del frasco, pegado al paladar. Solvente. De los míos. De los que se guardan bajo llave.
Fue un error. Me agarré de esa idea como de un pasamanos en la oscuridad. Ariadna se equivocó de frasco. En ese bolso lleno de porquerías se le mezclaron las cosas, y ahora mismo estaba afuera, muerta de culpa, buscando un médico. Ariadna jamás. Ariadna me cargó de niña cuando me rompí el brazo. Ariadna durmió conmigo la noche que enterramos a mis padres.
Una puerta se abrió cerca. La del despacho de al lado, separado del salón por una pared y una cortina.
Dos personas.
—Aquí nadie nos oye —dijo Bruno.
El pecho se me abrió de alivio. Bruno. Venía por mí. Quise llamarlo y de la garganta me salió un hilo de aire, nada.
—Baja la voz igual —contestó Ariadna—. La dejé ahí al lado.
—Está frita. No te va a oír. Le pusiste medio frasco.
—Le puse lo justo. No quiero que se despierte antes de tiempo.
Antes de tiempo.
Las palabras entraron y se quedaron flotando, sin acomodarse, como si fueran de otro idioma.
—A ver, repíteme lo del abogado —dijo Bruno—. Es lo único que me pone nervioso.
—El abogado está comprado. Cobra bien y no pregunta. —La voz de Ariadna, tranquila, como quien repasa una lista del mercado—. Después del entierro, cuando pase el revuelo, saca el testamento nuevo. El que dice que Renata, en su infinito amor, nos dejó todo. A ti y a mí. Mitad y mitad.
—¿Y nadie va a dudar de que aparece justo ahora?
—¿Por qué dudarían? Se iba a casar contigo. Es lo más natural del mundo que cambiara el testamento antes de la boda, para protegerte a ti y a la única familia que le queda. —Una pausa—. El papel está firmado, sellado, con fecha de la semana pasada. Impecable. Ese abogado sabe hacer su trabajo.
Y ahí, tirada en el diván, con el cuerpo muerto y la cabeza corriendo a mil, se me revolvió todo por dentro de una manera nueva.
Porque yo sí iba a dejarle todo a Bruno.
No así. No con un papel falso. Pensaba cambiar mi testamento de verdad, después de casarnos, con mi propia mano, porque lo amaba. Ahora mismo mi testamento no decía nada de eso. Dejaba una parte a Ariadna y el resto a caridad. Bruno no figuraba en el.
No hacía falta matarme. Si me hubieran dejado vivir, si me hubieran dejado casarme, él lo habría tenido todo, legal, limpio, de mis propias manos. Y ella su parte también.
Me estaban matando por algo que ya iba a ser suyo. Solo tenían que esperar. Solo tenían que no traicionarme.
—A ver, lo de la carretera otra vez —dijo Bruno—. Quiero que no falle nada.
—No va a fallar. —El sillón crujió del otro lado cuando ella se sentó—. El aviso de la fábrica entra a primera hora. Un problema en las calderas, algo que solo ella pueda resolver. La conozco, Bruno. Si le dicen que la fábrica está en peligro, se sube al auto en pijama.
Era verdad, porque por esa fábrica yo hacía cualquier cosa, y ellos lo sabían.
—Sale sola —siguió ella—. Agarra la costanera. A esa hora no hay un alma. Y en la bajada, en las curvas que dan al acantilado, el auto no le va a responder. Lo dejaron listo. Yo no pregunté los detalles, para eso les pagué.
—¿Y si no se sale en la primera curva?
—Se sale en la segunda, o en la tercera. Son puras curvas ciegas con el mar debajo. —Una pausa—. El mar hará el trabajo al amanecer. No van a encontrar gran cosa. Con suerte, ni el cuerpo.
Se me llenaron los ojos. Los mantuve cerrados, apreté por dentro, y las lágrimas se me juntaron detrás de los párpados sin caer, porque si una rodaba y ella la veía brillar, se acababa todo ahí mismo.
—Me da cosa —murmuró Bruno, y por un segundo la voz le tembló—. La quise, Ariadna. La quise de verdad.
Díselo. Detén esto. Todavía estás a tiempo, suplique, esperando que aun algo de ese amor que me fingió dar por años si fuera real.
—La quisiste. —Ariadna lo dijo sin peso, como quien corrige una fecha—. Yo también, a mi manera. Pero una cosa es quererla y otra quedarnos toda la vida a su sombra. Tú de marido decorativo, yo de la hermanita agradecida. ¿Eso quieres? ¿Aplaudirle los perfumes hasta que te mueras?
Bruno no contestó.
—Eso pensé —dijo ella.
Y su silencio me dolió más que todo lo que había dicho Ariadna. Porque en ese silencio se acababa el hombre con el que iba a casarme. En ese silencio lo enterré yo a él, antes de que ellos me enterraran a mí.
Me estaban matando por algo que ya era suyo. Se habían tomado el trabajo de comprar a un abogado, de falsificar mi última voluntad, de robarme hasta la firma, cuando lo único que tenían que hacer era quererme un poco más de la cuenta.
No me pusieron precio. Me pusieron prisa. Y el precio de su prisa era el amanecer.
Guarda todo, me repetí, agarrándome a lo único que todavía funcionaba, la cabeza. La fábrica. El auto. La costanera. El abogado. El testamento falso. Guárdalo, Renata. Vas a necesitarlo.
Porque si ellos creían que iba a subir a ese auto como una idiota, dormida y agradecida, se equivocaban.
Escuché a Bruno levantarse. Sus pasos, los que conocía de memoria, venia hacia mí. Me tensé por dentro y no dejé que se notara nada por fuera. Floja. Dormida. Muerta ya, para ellos.
Se sentó en el borde del diván. El colchón se hundió con su peso. Me puso una mano en la cabeza y empezó a acariciarme el pelo, despacio, con esa ternura de siempre. La misma de la cama. La misma con la que me había prometido, hacía un rato, que pensara en grande, que confiara en él.
—Descansa, mi amor —susurró, y me besó la frente.
Me quedé quieta bajo su mano, memorizando su voz, su olor, el peso de sus dedos en mi pelo, jurándole por dentro que ese iba a ser el último beso que me daba creyendo que había ganado.
—Vámonos —dijo Ariadna desde la puerta—. Que nos van a extrañar.
Se fueron. Se apagó la luz. La cortina quedó meciéndose.
No sé cuántas horas pasaron.
La música se fue muriendo allá lejos. Autos arrancando, gente despidiéndose, y después nada. La villa entera muda. Alguien me subió a mi cuarto en algún momento, porque cuando volví del todo estaba en mi cama, con las mantas hasta el pecho y los zapatos todavía puestos.
El veneno se fue soltando despacio. Primero un dedo. Lo moví y casi lloro de sentirlo mío otra vez. Después la mano. El brazo. Cerré el puño, lo abrí. Los pies. Giré sobre un costado, sudada, con el pelo pegado a la cara, y me quedé escuchando.
Nada. Estaba sola.
Y sola hice lo único inteligente que podía hacer: nada. No grité. No corrí a despertar a los empleados a decirles que la señorita Ariadna y el señor Bruno querían matarme. ¿Quién me iba a creer? La novia que se desmayó en su propia fiesta, la que todos vieron caer, la que estaba al borde de un colapso por los nervios de la boda. Ariadna había sembrado esa historia delante de quinientas personas.
¿Y qué tenía yo del otro lado? Un olor. Nada que un abogado pudiera tocar. Y de abogados, mejor ni hablar, porque el mío ya estaba comprado.
A la policía tampoco. Ariadna había pagado a gente que sabía, y yo ya no tenía idea de quién estaba comprado dentro de mi propia casa.
Me senté en el borde de la cama. Me sostuve la cabeza hasta que el cuarto dejó de moverse.
Estaba sola contra dos personas que me querían muerta antes de que saliera el sol, y no me quedaba nadie a quien pedir ayuda.
Bueno. Que así fuera.
Me levanté. Las piernas me aguantaron. Me quité el vestido de la fiesta y me puse lo primero cómodo que agarré, algo con lo que se pudiera correr si hacía falta. Me lavé la cara con agua fría hasta que dejé de temblar.
Afuera empezaba a aclarar, gris, por la ventana.
Y entonces vibró el teléfono en la mesita.
Lo miré vibrar. Una vez. Dos. La pantalla encendida en la penumbra, con el nombre del capataz de la fábrica.
Puntuales, los desgraciados.
Me sequé las manos en el pantalón, respiré hondo y contesté.
—Sí —dije, y la voz me salió firme, sin un temblor—. Ya voy para allá.
Colgué. Agarré las llaves del auto de encima de la cómoda y las apreté en el puño hasta que se me marcaron en la palma.
Ellos creían que iba a subir a ese auto medio dormida y agradecida, sin sospechar nada.
Iban a llevarse una sorpresa.
