Capítulo 5 La Gran Cena
Llegó la hora de la gran cena todo estaba preparado para recibir a los socios corruptos de Tomas. Amaranta Gamboa caminaba al lado de Tomás, observando que todo estuviese perfecto, ambos acordaron que ella llevase escondido un dispositivo de grabación oculto en su pulsera.
—Sonríe, Amaranta —le susurró Tomás al oído. __ Hazles creer que estás perdida en mí. Que ya no eres una amenaza, sino un adorno en mi brazo.
Tomás se detuvo en el centro de la sala de la mansión. Con un gesto elegante pero autoritario, atrajo a Amaranta un poco más cerca de su costado.
—Caballeros —dijo en voz alta muy clara—, quiero que todos conozcan a mi invitada especial de esta noche. Ella es Amaranta Gamboa. A partir de este momento, su presencia en mis negocios es equivalente a la mía. Lo que ella diga, lo digo yo. Lo que ella vea, lo veo yo.
Fue entonces cuando Enzo Valli dio un paso al frente. Su mirada recorrió el cuerpo de Amaranta con una lentitud desafiante, deteniéndose en sus labios antes de subir a sus ojos con un hambre que no se preocupó en ocultar.
—Vaya, Herling... —Valli sonrió. —. Finalmente nos dejas ver a la joya de la corona. Había escuchado que era inteligente, pero nadie mencionó que era tan... apetecible.
Valli extendió su mano derecha hacia ella, con la intención clara de tocar sus dedos o besar su mano, rompiendo la distancia de seguridad que Tomás había establecido.
Tomás no permitió que la mano de Valli tocara la de ella. Dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo, obligando a Valli a retroceder un milímetro por el simple impacto de su presencia física.
—Valli —dijo Tomás. — Me parece que no escuchaste bien cuando te presenté a mi acompañante.
El silencio cubrió la sala.
__Mantén tus manos donde pueda verlas y tu lengua detrás de tus dientes. Si vuelves a mirarla como si fuera mercancía en exhibición, me encargaré de que sea lo último que veas en esta vida.
—Solo era un gesto de cortesía, Tomás. Estás muy tenso hoy.
—Estoy perfectamente, Enzo. Solo estoy marcando los límites de mi propiedad. — Pasemos al comedor. Tenemos mucho de qué hablar.
A mitad de la noche, aprovechando que Tomás se levantó para atender una "llamada urgente" —que en realidad era para verificar la seguridad del perímetro—, Enzo Valli se inclinó hacia ella. Su proximidad olía a traición y a una ambición enferma.
—Sé que no eres una de ellos, Amaranta —le susurró Enzo—. Sé que Raúl te tiene amenazada y que Vargas te usa como carnada.
Amaranta mantuvo la calma, aunque sus dedos buscaron instintivamente la pequeña navaja suiza que llevaba oculta.
—No sé de qué está hablando, señor Valli.
—Hablo de libertad real. —Enzo deslizó un papel sobre la mesa—. Tengo los registros originales de las cuentas de Raúl, las pruebas que te culpan a ti de sus fraudes. Si vienes a mi suite en el puerto esta noche, te los daré. Podrás hundir a tu ex, librarte de la Agencia y desaparecer de la vida de Herling antes de que él descubra que solo eres una analista asustada.
En ese preciso instante, antes de que Amaranta pudiera darle una respuesta, la sombra de Tomás se dibujó sobre la mesa. Sus ojos solo observaban la cercanía de Enzo, cuya mano estaba a escasos centímetros del brazo de Amaranta.
—Valli —dijo Tomás. — Me parece que no escuchaste bien cuando te presenté a mi acompañante.
Enzo tragó saliva, tratando de mantener su fachada de galán de la mafia.
—Solo estábamos... intercambiando impresiones sobre el vino, Herling. No seas tan posesivo.
Tomás se inclinó sobre la mesa, clavando su mirada en la de Enzo con una fijeza animal.
—Escúchame bien, y que todos en esta mesa lo oigan: A ella no se la toca. Ni con las manos, ni con las palabras, ni con las intenciones. Si alguno de ustedes cree que puede acercarse a lo que es mío sin mi permiso, se encontrarán con que mis límites no se negocian... se graban con sangre.
Tomás apretó los hombros de Amaranta, obligándola a sentir el calor de su advertencia.
—Te lo advierto una sola vez, Enzo. Mantén tu distancia o asegúrate de tener tu testamento en orden antes de que termine la noche.
La cena terminó como un desfile de hipocresía. Amaranta sentía el peso del papel de Valli quemándole la palma de la mano, oculta bajo el mantel. Tomás, a su lado, actuaba con una cortesía fingida. No volvió a tocarla en toda la velada.
Cuando el último de los coches de la Organización Vértice se alejó de la mansión, Tomás no dijo nada. Simplemente la tomó de la muñeca —no con dolor, pero con una firmeza que no admitía réplicas— y la llevó escaleras arriba hacia la suite principal.
Él se quitó la corbata, la miró como diciéndole estoy esperando, pero Amaranta permanecía muda. La furia posesiva, esa que había estado filtrando durante horas, finalmente se desbordó.
—Dámelo —le ordenó si tomo hizo que se le erizaran los vellos de las manos.
Amaranta retrocedió un paso, apretando el puño.
—Tomás, no es lo que parece...
Con una sutileza letal, le abrió los dedos y le arrebató la nota. Sus ojos recorrieron las palabras de Valli: "Suite 402. Puerto. La verdad sobre Raúl te espera".
Tomás arrugó el papel en su puño. Lo tiró al suelo como si fuera basura infectada.
—¿Vas a ir? —preguntó, y esta vez el tono era una amenaza pura—. ¿Vas a entregarte a ese animal por un puñado de papeles, Amaranta? ¿Vas a tirar a la basura todo lo que hemos construido aquí por una promesa de un tipo que te ve como un trofeo de caza?
—¡Es mi nombre, Tomás! —estalló ella, con una desesperación que le quebraba la voz—. ¡Son las pruebas de que yo no fui la cómplice de Raúl! Él se fue, tú le pagaste para que desapareciera, pero me dejó a mí cargando con el rastro de sus cuentas negras. La Agencia cree que yo moví cada centavo mientras estaba bajo su mando.
—¡No vas a ir! —gritó—. No me importa lo que ese imbécil tenga. Yo puedo quemar esas pruebas, a la Agencia y a Valli con ellos. Eres mía, Amaranta, y no voy a permitir que te expongas ante un animal como él por algo que yo puedo solucionar con una sola orden.
—¡Pero será tú solución, no la mía! —replicó ella. — Necesito recuperar mi vida por mí misma, o siempre seré solo una sombra en tu mansión.
Tomás la besó con una furia desesperada, una reclamación brutal que le cortó el aire. No era un beso de consuelo; era un aviso. Un recordatorio de que él prefería verla encerrada en su mansión que libre en el mundo exterior.
Horas después, cuando él finalmente cayó en un sueño profundo creyendo que haría su voluntad y que la había doblegado, Amaranta se deslizó fuera de la cama. Miró a Tomás una última vez, sintiendo el peso de la traición y del amor, y dejó la nota sobre la almohada vacía que iniciaba así: "Confía en mí".
