Capítulo 4 Libertad Comprada
El beso de Tomás Herling no fue una caricia; fue una invasión. Amaranta Gamboa sintió cómo el mundo, con sus misiones, sus traumas y sus miedos, se desvanecía bajo la pasión de sus labios. Era un pacto sellado en la oscuridad, una entrega que ella no había planeado, pero que su cuerpo aceptaba con una urgencia que la asustaba.
Cuando Tomás finalmente se separó, apenas unos centímetros, su respiración rozaba la piel de ella, todavía erizada. Sus ojos se cruzaban las miradas con una satisfacción oscura y que los quemaba.
—Eso —le dijo él, con una suavidad casi inaudible cerca del oído de Amaranta — no fue por la misión. Fue por la verdad.
Amaranta intentó recuperar el aire, apoyando las manos en los hombros de Tomás para no caerse. El ambiente y la tensión que la rodeaba se sentían ahora como una prisión que, por primera vez, no quería abandonar.
—Me has desarmado, Tomás —logró decir ella, su voz apenas podía salirle —. Me has quitado la placa, me has quitado mi Agencia... ¿qué me queda ahora?
—Te queda la libertad de ser mi aliada, Amaranta. O mi ruina. Tú decides —Tomás acariciaba su rostro con sus dedos de una manera delicada y erótica luego la soltó lentamente, pero su mirada seguía reclamándola—. Pero antes de que tomes una decisión, hay algo que debo terminar. Un cabo suelto que huele a nicotina y a cobardía.
Él caminó hacia el escritorio de su suite y presionó un botón en el intercomunicador. —Milton, tráelo. Ahora.
Amaranta se ajustó la bata, sintiéndose vulnerable bajo la luz tenue de la habitación. —¿A quién traes? —preguntó, aunque en el fondo de su alma, el pánico ya le daba la respuesta.
—A la sombra que te persigue.
La puerta se abrió y Milton entró empujando a un hombre que Amaranta conocía demasiado bien. Raúl estaba allí, desarreglado, con la mirada de un animal acorralado y las manos atadas a la espalda. Al ver a Amaranta en la habitación de Herling, vestida solo con una bata, su rostro se transformó en una máscara de odio y despecho.
—¡Perra! —gritó Raúl, intentando abalanzarse sobre ella—. ¡Sabía que te venderías al primer rico que te pusiera una mano encima! ¡Eres mía, Gamboa! ¡Ni mil Herlings van a cambiar eso!
—Raúl —dijo Tomás finalmente, —cometiste tres errores fundamentales. El primero fue tocar algo que yo ya había decidido que era mío. El segundo, creer que tu insignificante poder en la Agencia te protegería en mi territorio. Y el tercero... creer que tenías un precio.
Tomás caminó hacia el escritorio y tomó un maletín de aluminio. Lo abrió, revelando fajos de billetes de cien dólares que brillaban bajo la luz de la lámpara.
—Aquí hay diez millones de dólares, Raúl —continuó Tomás—. El precio de tu desaparición. Podrías haber muerto hoy mismo, pero Amaranta merece saber cuánto vale su libertad para un hombre como tú.
Raúl miró el dinero. Sus ojos se abrieron con una codicia que superaba cualquier obsesión por Amaranta. La rabia en su rostro fue reemplazada por un cálculo rápido.
—Diez millones... —murmuró Raúl, su voz temblando—. ¿Y me dejas ir?
Amaranta observó la escena con ira e impotencia. El hombre que la había torturado, el que decía que ella era su "creación" y que nunca la dejaría ir, estaba babeando por un maletín lleno de papel. Su "amor" y su obsesión no valían más que una cifra en el mercado de Herling.
—Te dejo ir —confirmó Tomás. — Pero escucha bien: si vuelves a acercarte a ella, si tu nombre vuelve a sonar en un radio de mil kilómetros de mi vida, o si ella vuelve a derramar una sola lágrima por tu culpa... ese maletín será lo último que veas antes de que Milton te entierre en un lugar donde ni el diablo te encuentre.
Raúl sin pensarlo de una vez le dijo. —Trato hecho, Herling. Ella es toda tuya. Al fin y al cabo, siempre fue una herramienta dañada.
Milton desató a Raúl y le entregó el maletín , pero Tomas la detuvo ___Se te quedo parte de tu pago, se acercó a Raúl y le dio un golpe que le fracturo la nariz y le partió la boca esto es por Amaranta por lo que te atreviste a decir de ella.
Amaranta se dejó caer en el borde de la cama, ocultando el rostro entre las manos. Un grito que le salió del alma y un llanto que no pudo controlar invadieron en ese momento su rostro. No era de tristeza, sino de rabia y desesperación por la pura humillación de saber que su vida había sido subastada y comprada.
Tomás se acercó a ella y se arrodilló entre sus piernas, obligándola a separar las manos para mirarlo. —¿Lo ves ahora, Amaranta? —preguntó, muy suavemente—. Él no era tu dueño. Era solo un parásito que se alimentaba de tu miedo. Ahora, ese miedo se ha ido con él.
—Me has comprado, Tomás —le decía ella desesperada hablándole casi en la cara, las lágrimas rodando por sus mejillas—. Me has comprado como a un objeto.
—No —corrigió él, tomándole el rostro con ambas manos—. He pagado por el derecho a que seas tú quien decida. Raúl se ha ido. Vargas cree que estás cumpliendo sus órdenes. Pero la realidad es que ahora somos tú y yo contra ellos.
Él se puso de pie y le extendió la mano. —Esta noche, el juego cambia de nombre. Ya no eres la infiltrada. Eres la mujer que me va a ayudar a quemar la Agencia desde adentro. ¿Estás conmigo, Agente Gamboa?
Amaranta miró la mano de Tomás. Estaba traicionando su juramento, su placa y su pasado. Pero al mirar los ojos de aquel hombre, comprendió que prefería ser la aliada de un monstruo como Herling que la víctima de un sistema que la había sacrificado sin dudarlo.
Ella tomó su mano, firme y decidida. —Estoy contigo, Tomás.
Él la atrajo hacia sí y la besó de nuevo, pero esta vez fue un beso de guerra, un pacto de pasión fuego que marcaba el inicio del verdadero Doble Juego.
A la mañana siguiente, para Amaranta, el mundo seguía sumido en sombras. Estaba sentada frente al espejo del tocador, observando las marcas que el pasado había dejado en su alma, mientras Tomás, ya vestido con un traje impecable, revisaba unos documentos.
—Es hora de reportarse —dijo él, sin levantar la vista—. Vargas espera su dosis diaria de esperanza.
Amaranta tomó el dispositivo de comunicación oculto. Su mano no temblaba. Ya no había miedo, solo una fría determinación. —Director Vargas —dijo ella, su voz profesional y fría—. La fase uno ha concluido. Herling ha caído. Estoy en su cama y tengo acceso total a su círculo íntimo.
En el otro lado de la línea, la voz de Vargas sonó satisfecha. —Excelente, Gamboa. Sabía que no me fallarías. Mantente cerca.
Amaranta cortó la comunicación y miró a Tomás a través del espejo. —Bien hecho, Agente. Ahora, prepárate. Esta noche tenemos una cena con mis socios. Es hora de que conozcas a los verdaderos lobos... y de que les demuestres que ahora tú eres la que tiene los colmillos más afilados
