Capítulo 3 Nueva Vida
El estresante ambiente de hospital y todo o que tiene que ver con medicinas y escuchar emergencias eran una tortura para los sentidos de Amaranta Gamboa. El querer moverse en la cama le causaba una molestia dolorosa en sus costillas era un recordatorio físico de las manos de Raúl sobre su cuerpo.
Tomás Herling no encajaba en una habitación de hospital. Estaba allí para cumplir su promesa
—Tienes tres costillas fisuradas, hematomas en el abdomen y una conmoción leve —dijo Tomás, rompiendo el silencio con una voz que emitían autoridad—. El médico dice que tuviste suerte. Yo digo que tuviste un pésimo juicio al dejar que ese hombre te atacara.
Amaranta intentó levantarse, apretando los dientes para no gritar de dolor. Su máscara de frialdad profesional estaba agrietada, pero no rota.
—No necesito un recuento de mis daños, señor Herling —respondió ella, forzando una calma que no sentía—. Y mucho menos necesito que un desconocido pague mi cuenta de hospital. Puedo encargarme de mis propios asuntos.
—¿Tus asuntos? —Tomás se acercó tanto a Amaranta que el espacio entre ellos se redujo peligrosamente—. Tus "asuntos" ahora mismo incluyen a un inspector de contrainteligencia que quiere romperte la voluntad y a una Agencia que te ha dejado sola en una calle oscura. No eres una civil en apuros, Amaranta.
El corazón de Amaranta se aceleró inevitablemente. ¿Cuánto sabe?, se preguntó, mientras su mente de espía calculaba las salidas.
—Soy una mujer que cometió el error de confiar en la persona equivocada, eso es todo —dijo ella, soltando una verdad a medias con la precisión de una experta—. Raúl es... un hombre posesivo. No acepta que nuestro compromiso haya terminado. Mi trabajo no tiene nada que ver con esto.
Tomás sonrió dejándole ver que no le creía nada.
—Mentirle a un hombre que ha hecho su fortuna detectando engaños en el mercado es una pérdida de tiempo. Eres astuta, Gamboa. Muy astuta. Pero ese hombre no va a detenerse.
Él se puso de pie y caminó hacia la ventana, dándole la espalda.
—No vas a volver a tu apartamento. Mis hombres ya sacaron tus cosas. A partir de ahora, estarás bajo mi protección personal. En mi casa.
—¡Usted no puede hacer eso! —exclamó ella, olvidando por un momento el dolor de sus costillas—. No soy un objeto que pueda trasladar a su conveniencia. Tengo responsabilidades, tengo una vida...
—Tienes un arma apuntándote en la espalda — Si sales de aquí sola, Raúl te encontrará antes de que llegues a la esquina. Ven conmigo, y te daré los recursos para que termines lo que sea que empezaste. Si te quedas serás solo un titular en la sección de sucesos.
Amaranta guardó silencio. Su entrenamiento le decía que irse con el objetivo era una violación total del protocolo, pero su instinto de supervivencia le gritaba que Herling era su única oportunidad de llegar a los archivos que Vargas le exigía.
—¿Y qué quiere a cambio? —preguntó ella, entornando los ojos—. Nadie ofrece protección por generosidad.
—Quiero la verdad, Amaranta. La verdad completa que ocultas tras esa mirada —Tomás se acercó a la cama y le ofreció la mano—. Y quiero que entiendas que, a partir de hoy, tu "desobediencia" tiene un nuevo dueño.
Amaranta miró su mano. Con un suspiro de rendición fingida, puso su mano sobre la de él.
Minutos después, todo se hizo conforme a la voluntad de Tomas ella marcho a la, mansión en el auto con Tomas, observaba el paisaje mientras iban de camino en ese momento muchas cosas pasaban por su mente sentía que su vida era una carrera hacia lo desconocido.
Para el mundo, Raúl era el Inspector Jefe de la Unidad de Contrainteligencia. Para la Agencia, era un héroe condecorado, un mentor implacable. Pero para Amaranta, era el hombre que le había enseñado todo lo que sabía sobre el espionaje... y también el hombre que le había mostrado, cómo se siente el miedo de verdad.
La "desobediencia" de la que él hablaba no era un simple capricho de pareja. Meses atrás, Amaranta había descubierto la verdad detrás de la fachada heroica de Raúl: estaba filtrando información a los mismos empresarios y mafiosos que ella debía investigar. Intento denunciarlo y la estaba castigando
—Estás temblando —la voz de Tomás, profunda y cargada de una autoridad fría, la sacó de su pesadilla interna.
__Es el frío del aire acondicionado —mintió ella.
—Es el miedo, Amaranta. Y el miedo en mi presencia... es un insulto. Te dije que ese hombre ya no existe para ti.
El coche se detuvo frente a la entrada de la mansión Herling. Milton abrió la puerta y Tomás bajó primero, ofreciéndole la mano. Ella la tomó, sabiendo que, al entrar, estaba dejando atrás el infierno físico de Raúl para entrar en el laberinto de secretos de Herling.
Justo antes de entrar, su teléfono personal vibró. El mensaje de Raúl fue una puñalada:
"Disfruta de tu nueva cama, agente. Pero recuerda: las paredes de cristal son las más fáciles de romper. Te estaré mirando cada vez que él te toque".
Amaranta guardó el teléfono. Horas después, sola en la inmensa suite que le habían asignado, sacó su dispositivo de comunicación oculto para hablar con el Director Vargas.
—Infiltración completada — Estoy en la residencia de Herling. Él cree que me tiene bajo su control.
—Buen trabajo, Gamboa —la voz de Vargas sonó a indiferencia—. Sabíamos que tu situación con Raúl sería la llave. Úsala. Si tienes que acostarte con él para obtener las claves, hazlo. Es una orden.
Amaranta cortó la comunicación, sintiéndose usada por todos. Golpeando la almohada con impotencia no pudo contener las ganas de llorar. En ese momento, la puerta se abrió. Tomás Herling estaba allí, observándola.
—Sé que tu Agencia te está presionando —le dijo, dejando a Amaranta sin aliento—. Y sé que el animal que te hizo esto te sigue escribiendo.
—¿Cómo lo sabe? —susurró ella, incapaz de apartar la vista de sus labios.
—Porque yo no juego a medias, Amaranta. Mientras tú me investigabas a mí, yo ya le había puesto precio a la cabeza de tu prometido y había hackeado tu canal de comunicación con Vargas.
Él la tomó por la cintura, pegándola a su cuerpo. La firmeza de su agarre no era violenta; era una promesa de estabilidad contra el caos.
—Ellos te ven como una herramienta. Él te ve como un objeto. Yo... yo te veo como la mujer que me va a ayudar a quemar a todos los traidores de mi mesa.
Tomás se inclinó, rozando sus labios con los de ella. Amaranta sintió que sus defensas se desmoronaban. Estaba cansada de luchar sola.
—No me use, Tomás —suplicó ella contra su boca.
—Yo no te voy a usar, Amaranta — Voy a hacer que seas mía pero cuando tú lo quieras no cuando te obliguen porque, por mi parte, yo voy a querer todos los días. Y cuando eso pase, ni la Agencia ni ese infeliz de Raúl volverán a tocarte.
Tomás la besó. No fue un beso de consuelo; fue una reclamación, brutal y posesiva, sellando un pacto que ella ya no podía rechazar.
