DIOSA SENSUAL, YO TE ODIO

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Capítulo 7 7

―El problema no es tu pijama.

Olivia seguía en medio de la sala, descalza, con aquella camiseta enorme que terminaba demasiado arriba.

―Perfecto. Entonces puedo dormir tranquila.

―El problema es que sabes exactamente lo que haces.

Su expresión cambió.

―¿Qué hago?

―Provocar.

―Marina, me puse ropa para dormir.

―Podías haber elegido pantalones.

―También podía haber elegido dormir desnuda.

La miré.

Olivia sonrió.

―Gracias por confirmar mi teoría.

―¿Qué teoría?

―Que eres facilísima de distraer cuando dejas de fingir que soy un problema logístico.

Cerré la carpeta de facturas.

―Buenas noches.

―Cobarde.

―Huésped.

―Controladora.

―Artista sin domicilio.

Eso la hizo callar.

Mierda.

Su sonrisa desapareció apenas.

―Eso dolió un poco.

―No quería...

―Ya sé.

Se dirigió a su habitación.

La culpa me siguió hasta la puerta.

―Olivia.

Se giró.

―¿Qué?

―Puedes quedarte mañana también si el departamento sigue inhabitable.

Me observó durante un segundo.

―¿Eso es una disculpa?

―Es una solución práctica.

―Entonces acepto tu solución práctica.

Entró y cerró.

Dormí mal.

No por ella.

Eso me repetí cuatro veces.

A las seis cuarenta y ocho estaba frente al baño con una taza de café.

Puerta cerrada.

Agua corriendo.

Miré el reloj.

Siete menos doce.

Perfecto.

A las siete en punto seguía ocupada.

Golpeé.

―Olivia.

―Estoy viva.

―Son las siete.

―Felicidades por reconocer la hora.

―Mi turno.

―Dos minutos.

―La regla decía siete.

―La regla fue redactada por una dictadura.

―Abre.

La puerta se abrió de golpe.

Olivia apareció con una toalla alrededor del cuerpo y el cabello cubierto de espuma.

―¿Contenta?

No.

Nada contenta.

Mis ojos hicieron un recorrido que mi educación no autorizó.

Hombros mojados.

Clavícula.

Piernas.

Volví a su cara.

Olivia levantó una ceja.

―¿Necesitas entrar o vas a hacer inventario?

―Tienes champú.

―Excelente observación.

―En el cabello.

―Suele usarse ahí.

―Termina.

―Entonces deja de bloquearme.

Me aparté.

Olivia cerró otra vez.

Apoyé la frente contra la pared.

―Estúpida.

Desde dentro respondió:

―Te escuché.

―Era para mí.

―Eso mejora muchísimo la convivencia.

Cinco minutos después salió vestida.

―Puedes entrar, chef.

―Llegaré tarde.

―Trabajas abajo.

―Puedo llegar tarde aunque esté a quince escalones.

―Admiro tu talento.

Pasó junto a mí y me dio un golpe suave con la cadera.

Accidental.

Eso quise creer.

Cuando bajé a Brasa veinte minutos después, Olivia estaba sentada frente a Álvaro comiendo una tostada.

Me detuve.

―¿Qué estás comiendo?

Olivia masticó.

―Hielo.

Álvaro levantó su taza.

―Le hice desayuno.

―Con mis ingredientes.

―Con pan de ayer, tomate y aceite.

―Ese aceite cuesta veintiséis euros la botella.

Olivia miró la tostada.

―Ahora sabe todavía mejor.

―Álvaro.

―La mujer estaba hambrienta.

―Tiene dinero.

―También tiene piernas ―dijo él.

Lo miré.

―¿Qué tiene que ver eso?

Álvaro sonrió detrás de la taza.

―Nada. Pero parece que hoy es un tema importante.

Olivia casi se atragantó.

―Te odio a ti también.

―Formen un club ―dije.

Mi teléfono vibró.

Celia.

Contesté.

―¿Qué pasa?

―Buenos días a ti también.

―Estoy trabajando.

―Estoy abajo.

Miré hacia la entrada.

―¿Qué?

―Te traje los recipientes que dejaste en casa de mamá.

La puerta se abrió.

Mi hermana entró cargando una bolsa.

Después vio a Olivia.

Después vio la tostada.

Después me miró.

Silencio.

―Interesante.

―No.

―Todavía no pregunté nada.

―Tu cara sí.

Olivia soltó una carcajada.

Celia la señaló.

―Ya me cae bien.

―Celia, Olivia. Olivia, Celia.

―Hermana mayor ―dijo Celia.

―Artista invasora ―respondió Olivia.

―Huésped temporal ―corregí.

Celia dejó la bolsa.

―¿Huésped?

―Se inundó su departamento.

―Qué conveniente.

―Celia.

―¿Qué? Las tuberías tienen sentido del espectáculo.

Olivia levantó la mano.

―Juro que la inundación fue real.

―No necesito pruebas.

―Yo sí ―dije.

Ambas me miraron.

―Broma ―añadí.

Celia abrió mucho los ojos.

―¿Tú hiciste una broma?

―Vete.

―Definitivamente me quedo.

Álvaro señaló la cocina.

―Yo tengo trabajo de verdad.

―Cobarde ―dijimos Olivia y yo a la vez.

Nos miramos.

Celia también.

―Esto está peor de lo que pensaba.

―No está pasando nada ―dije.

―Otra vez no pregunté.

Olivia bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Mi teléfono vibró de nuevo.

Esta vez Olivia miró el suyo.

Su expresión cambió.

―Es el propietario.

Se levantó y contestó.

―Sí... ¿cuánto?

Escuchó.

Su boca se tensó.

―Entiendo.

Colgó.

―¿Qué pasó? ―pregunté.

―Hay daño en dos paredes, el falso techo y parte de la instalación eléctrica.

―¿Cuánto tardan?

―Dicen que mínimo tres semanas.

Celia me miró.

Álvaro asomó la cabeza desde la cocina.

Incluso él había escuchado.

Olivia tomó aire.

―Buscaré un hotel.

La respuesta me salió antes de pensarla.

―No.

Se volvió.

―Marina.

―Tienes una habitación arriba.

―Dijiste una noche.

―Ahora digo tres semanas.

Celia sonrió.

―Voy a necesitar palomitas.

―Tú necesitas irte a trabajar.

Olivia me observó con demasiada atención.

―No tienes que hacer esto.

―Lo sé.

―Puedo pagar un hotel.

―También lo sé.

―Y probablemente voy a violar otras cuarenta reglas.

―Eso ya lo sé.

Su boca se curvó.

―Entonces ¿estás segura?

Miré a Celia.

Miré a Álvaro.

Ambos parecían disfrutar demasiado.

Volví a Olivia.

―Puedes quedarte hasta que reparen tu departamento.

Hubo un segundo de silencio.

Después Olivia se acercó lo suficiente para que solo yo escuchara bien.

―Entonces vas a necesitar una regla nueva, chef.

―¿Cuál?

Su mirada bajó lentamente a mi boca.

―La que explique cómo piensas sobrevivir tres semanas durmiendo pared con pared conmigo.

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