Capítulo 6 6
―Traje lo imprescindible.
Miré las tres maletas, dos cajas, una bolsa de herramientas y un tubo de casi metro y medio que Olivia acababa de dejar en el descansillo.
―¿Lo imprescindible para sobrevivir o para fundar otro país?
―No seas dramática.
―Hay una escalera bloqueada.
―Eso es temporal.
―Llevas treinta segundos aquí y ya estás violando una norma que todavía no he escrito.
Olivia alzó una ceja.
―¿Vas a escribirlas?
―Por supuesto.
―Dios, esto va a ser mejor de lo que imaginaba.
Me aparté para dejarla entrar.
El piso sobre Brasa era pequeño: cocina abierta, sala, dos habitaciones y un baño. Durante las últimas semanas yo había ocupado la habitación principal y convertido la otra en un depósito medio habitable.
Había quitado cajas, doblado sábanas y limpiado antes de que llegara.
No pensaba admitirlo.
Olivia recorrió el lugar con la mirada.
―¿Tú vives aquí?
―Temporalmente.
―Eso explica la ausencia de objetos felices.
―Tengo una cafetera.
―Retiro lo dicho.
Se acercó a la puerta de la habitación libre.
―¿Esta es la mía?
―Por una noche.
―Claro.
―No pongas esa cara.
―No puse ninguna.
―Tu cara sí.
Sonrió.
Maldita influencia.
Dejó una maleta dentro y volvió a salir.
―Entonces, chef, ¿cuáles son las reglas?
Saqué una hoja del cajón.
Olivia se quedó mirándome.
―No.
―Sí.
―¿Las escribiste antes de que llegara?
―Me gusta prevenir catástrofes.
―Yo pensaba que ibas a improvisar conmigo.
―No te emociones.
Le entregué la hoja.
Leyó en voz alta.
―“Uno: nada de materiales artísticos en la cocina”. Discriminación laboral.
―Higiene.
―“Dos: no usar productos de Brasa sin permiso”.
―Eso incluye quesos, carnes, vinos, postres y cualquier cosa que parezca cara.
―Entonces puedo comer hielo.
―Si lo pagas.
―Cruel.
Siguió.
―“Tres: nada de fiestas”. Qué decepción. Ya había invitado a una banda.
―Olivia.
―“Cuatro: baño despejado de siete a siete cuarenta”.
―Trabajo.
―“Cinco: no hacer ruido después de medianoche”.
Levantó la vista.
―Tú me encontraste trabajando a las tres.
―En el patio.
―Hipócrita acústica.
―Sigue.
―“Seis: avisar si vas a llegar tarde”.
Se quedó callada un segundo.
―Eso no es una regla de piso.
―Es seguridad.
―Eso suena a preocupación.
―Suena a que no quiero que alguien llame a mi puerta a las cuatro preguntando si desapareciste.
―Muchísimo menos romántico.
―Exacto.
Olivia dejó la hoja sobre la mesa.
―Quiero añadir tres.
―No.
―Democracia doméstica.
―No somos una democracia.
―Eso ya lo había notado.
Tomó un bolígrafo.
―Regla siete: Marina no puede amenazar con desalojarme antes del café.
―Ridículo.
―Regla ocho: si cocina algo que huela increíble, tiene que dejarme probarlo.
―Absolutamente no.
―Regla nueve: queda prohibido fingir que no hay tensión sexual en zonas comunes.
Le quité el bolígrafo.
―Esa regla no existe.
Olivia se apoyó en la mesa.
―Qué rápido reaccionaste.
―Porque eres insoportable.
―Eso no contradice la regla.
Su camiseta se había levantado un poco al cargar las cajas. Vi una franja de piel sobre el pantalón.
Aparté la mirada.
Tarde.
Olivia lo notó.
Claro.
―¿Zona común? ―preguntó.
―Cállate.
Se rio y tomó otra maleta.
―Voy a ducharme.
―Toallas en el armario.
―¿Puedo usar agua caliente o también necesita autorización escrita?
―Tienes diez minutos antes de que me arrepienta.
―Eso suena a desafío.
Entró al baño.
Cinco minutos después yo estaba en la cocina intentando revisar facturas.
Intentando.
El agua corría detrás de la pared.
No había nada extraño en eso.
Nada.
Hasta que Olivia gritó.
―¡Marina!
Me levanté de golpe.
―¿Qué pasó?
―Necesito ayuda.
Llegué a la puerta.
―¿Estás bien?
―Depende de cuánto respetes la dignidad humana.
―Olivia.
―La ducha no cierra.
―¿Qué?
―La llave. Está girando en falso.
Abrí la puerta apenas.
Vapor.
Mucho.
―Voy a entrar.
―Advertencia: estoy desnuda.
Me congelé.
―Entonces arréglalo tú.
―Excelente idea. ¿Quieres que use telequinesis?
―Cúbrete.
―Estoy detrás de la cortina.
Entré mirando exclusivamente la pared.
―¿Dónde está la llave?
Una mano mojada salió de la cortina y señaló.
―Ahí.
Me agaché.
La llave estaba suelta.
―Necesito una pinza.
―Mi caja de herramientas está afuera.
―Claro que sí.
Fui por ella y regresé.
Olivia seguía detrás de la cortina.
―¿Vas a tardar?
―Puedes agradecer que no cerré la llave general.
―Eso habría sido más rápido.
―También dejaría Brasa sin agua.
―Prioridades.
Me arrodillé junto a la ducha y ajusté la pieza.
Entonces la cortina se abrió unos centímetros.
Solo lo suficiente para que apareciera una pierna mojada.
Mi mano resbaló sobre la pinza.
―¿Qué haces?
―Necesito alcanzar el jabón.
―Espera.
―Está a dos centímetros.
―Olivia.
―Marina.
Su voz tenía risa.
La pierna desapareció.
Yo apreté la mandíbula y terminé de ajustar la llave.
―Prueba.
El agua se cerró.
―Heroica.
Me puse de pie.
―Ya está.
―Gracias.
Me giré hacia la puerta.
―Marina.
―¿Qué?
―La toalla.
Miré el armario.
Vacío.
Recordé que había dejado las toallas limpias sobre mi cama después de doblarlas.
Perfecto.
―Un segundo.
Fui por una.
Cuando regresé, extendí el brazo sin mirar.
Olivia agarró la toalla.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
No soltó enseguida.
―Estás muy roja.
―El vapor.
―Claro.
―Suéltame.
―Podría.
―Olivia.
―Estoy pensando.
―No pienses desnuda.
Una carcajada rebotó en los azulejos.
Soltó mi mano.
Salí antes de que mi dignidad necesitara atención médica.
Diez minutos después apareció en la sala con shorts diminutos y una camiseta amplia.
Demasiado amplia.
Demasiado corta.
―No.
Olivia miró su ropa.
―¿Ahora qué hice?
―Nada.
―Ese “nada” parece una denuncia.
Volví a las facturas.
―Tu habitación está lista.
―¿Me estás echando de la sala?
―Estoy trabajando.
Olivia caminó detrás de mí.
Se inclinó sobre mi hombro para mirar el papel.
Su cabello húmedo rozó mi cuello.
Todo mi cuerpo se tensó.
―Eso no parece trabajo divertido.
―Aléjate.
―¿Treinta centímetros?
―Cincuenta.
―La inflación está terrible.
Se apartó riéndose.
Yo respiré.
Mal.
―Buenas noches, chef.
―Buenas noches.
Dio dos pasos.
―Olivia.
Se giró.
―¿Qué?
―Mañana a las siete necesito el baño.
―Lo recuerdo.
―Y no uses nada de la cocina.
―También.
―Y…
―¿Sí?
Miré sus piernas.
Después su cara.
Error fatal.
―Ponte algo más largo para dormir.
Olivia sonrió despacio.
―¿Por qué?
―Porque compartimos piso.
―Eso tampoco responde.
―Porque no quiero distracciones.
Su sonrisa desapareció apenas, sustituida por algo mucho más peligroso.
―Marina, si unas piernas te parecen una distracción, quizá el problema no sea mi pijama.
