Capítulo 5 5
―No pienso cocinarte una cena.
Olivia apareció a las seis en punto con el cabello recogido y una camiseta negra que me hizo odiar la puntualidad por razones nuevas.
―Dijiste que viniera a probar el tercer plato.
―Eso no es una cena.
―Perfecto. Entonces puedo criticar sin culpa.
―Si criticas demasiado, comes en el teatro.
―Qué hospitalaria.
Álvaro levantó la cabeza desde el pase.
―Yo voto porque se quede.
―Nadie te preguntó.
―También voto porque dejen de fingir que esto es normal.
Le lancé un paño.
Olivia lo atrapó.
―Me cae bien.
―Tiene problemas de juicio.
Álvaro se rio y desapareció hacia almacén.
Coloqué el plato frente a Olivia.
Pato, puré de apionabo, reducción de vino y la acidez que había añadido después de la visita de Molina.
―Prueba.
―¿Sin instrucciones?
―Come.
―Eso sonó autoritario.
―Olivia.
Tomó el tenedor.
Observé demasiado.
Cómo cortó el pato.
El gesto cuando probó la salsa.
Sus labios cerrándose alrededor del tenedor.
Yo trabajaba con personas comiendo todos los días. No solía imaginar la boca de ninguna haciendo otra cosa.
Olivia abrió los ojos.
―Ahora sí.
―¿Ahora sí qué?
―Respira.
―No hables como crítico.
―Hablo como alguien que pediría otro plato.
Eso me gustó más de lo debido.
―¿La acidez?
―Perfecta.
―¿Textura?
―Marina.
―¿Qué?
―Está buenísimo.
Suspiré.
―Necesito algo útil.
―Te estoy diciendo que funciona.
―Eso no ayuda.
―Claro. Tú solo aceptas información si viene con una amenaza.
La miré.
―No es verdad.
―Tu cara dice lo contrario.
―Mi cara necesita vacaciones de ti.
―Tu cara y yo estamos construyendo algo.
―Una denuncia.
Olivia sonrió y terminó el plato.
―¿Quieres probar el postre?
―Pensé que no era una cena.
―Es trabajo.
―Entonces necesito factura por mis servicios.
―Te pago con azúcar.
―Acepto.
Preparé una porción pequeña.
Cuando me giré, Olivia estaba mirando la cocina con una atención extraña.
―¿Qué?
―Nada.
―Ese nada tiene discurso.
―Aquí pareces distinta.
―¿Distinta cómo?
―Más tranquila.
Solté una risa.
―No has visto el servicio.
―No digo relajada. Digo en tu sitio.
―Es mi sitio.
―Ya lo sé.
Dejé el postre frente a ella.
―Entonces deja de observarme como si fueras a escribir un ensayo.
―Trabajo con espacios. Me interesa qué hacen las personas dentro de ellos.
―Eso explica por qué invades el mío.
Probó el postre.
Cerró los ojos.
―No hagas eso.
Los abrió.
―¿Qué hice?
―Nada.
―Eso sonó sospechoso.
―Solo come.
―Ahora quiero saber.
Se inclinó sobre la mesa.
―¿Qué hice?
Su boca estaba demasiado cerca.
―Cierras los ojos cuando pruebas algo que te gusta.
―¿Y?
―Es irritante.
―¿Por qué?
No contesté.
Olivia sonrió lentamente.
―Porque miras.
―Estoy evaluando reacción.
―Profesionalmente.
―Sí.
Tomó otra cucharada y esta vez me miró mientras la llevaba a la boca.
No cerró los ojos.
―Eres infantil.
―Tú empezaste.
―No empecé nada.
―Llevas días empezando cosas y huyendo antes de terminarlas.
El tono cambió.
―No huyo.
―Te apartas.
―Porque trabajamos al lado.
―Eso no explica todo.
―No tiene que explicar nada.
Olivia dejó la cuchara.
―Está bien.
Ese “está bien” me molestó.
―No pongas esa cara.
―¿Cuál?
―La de rendirte.
―No me estoy rindiendo. Estoy intentando respetar que cada vez que nos acercamos tú decides que es mala idea.
―Lo es.
―Entonces debería facilitarte las cosas.
Algo en mi pecho se tensó.
―¿Cómo?
―Dejando de coquetear contigo.
No me gustó la propuesta.
―No tienes que cambiar cómo eres.
―No voy a hacerlo. Solo puedo dejar de provocarte.
Silencio.
Álvaro apareció con una caja, nos miró y retrocedió.
―No vi nada.
―No había nada ―dije.
―Exacto. Eso es lo preocupante.
Desapareció.
Olivia soltó una risa.
―¿Quieres que deje de hacerlo? ―preguntó.
La respuesta correcta era sí.
―No sé.
Olivia me observó.
―Eso es más honesto.
―No te acostumbres.
Recogí el plato.
Olivia se levantó para ayudar.
―Déjalo.
―Puedo cargar un plato.
―Estás invitada.
―¿Invitada?
―Probadora.
―Qué romántico.
―Retiro lo de invitada.
Sonrió y llevó el plato al fregadero.
Pasó detrás de mí. El espacio era estrecho y su mano rozó mi cintura para evitar chocar.
Fue un segundo.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Olivia retiró la mano.
―Perdón.
―No pasa nada.
Pero sí pasaba.
El calor se quedó donde había tocado.
Me giré.
Ella estaba demasiado cerca.
―¿Eso cuenta como provocación? ―preguntó.
―Fue accidente.
―Menos mal.
―¿Por qué?
―Porque estaba intentando cumplir.
Su mirada bajó a mi boca.
―Y me está costando bastante.
Mi respiración cambió.
―No tienes que decir eso.
―Me pediste que no fingiera.
―Nunca dije eso.
―No con palabras.
―Usa las palabras que sí digo.
―Perfecto.
Dio un paso atrás.
La pérdida de cercanía me irritó.
―Marina.
―¿Qué?
―¿Te gustan las mujeres o solo yo te estoy causando una crisis de identidad entretenida?
Me reí.
―No eres tan especial.
―Qué alivio.
―He salido con mujeres.
―Bien.
―Y con hombres.
―También bien.
―¿Eso era todo?
―No me interesan las etiquetas que no quieras darme.
―Eso fue razonable.
―Puedo empeorarlo.
―No hace falta.
Olivia se apoyó en la mesa.
―¿Y hace cuánto que no sales con alguien?
―Dos años.
―¿Por la sociedad que salió mal?
Me tensé.
―No fue una relación romántica.
―No pregunté eso.
―Entonces no entiendo.
―Dijiste que desde aquello te cuesta aceptar ayuda. Pensé que quizá también te cuesta dejar entrar gente.
La precisión me irritó.
―No quiero hablar de Beatriz.
―Entonces no hablamos.
―¿Tú? ―pregunté.
―¿Yo qué?
―¿Hace cuánto?
Olivia pensó.
―Seis meses.
―Eso no es mucho.
―Para mí sí.
―¿Por qué?
―Porque normalmente me voy antes.
―¿De dónde?
―De ciudades. De trabajos. De relaciones.
―Eso suena agotador.
―A veces.
―¿Y por qué?
Olivia miró hacia el patio.
―Porque irme cuando todavía quiero quedarme duele menos que esperar a que algo se rompa.
No esperaba esa respuesta.
Ni que desapareciera su sonrisa.
―Eso es absurdo.
―Probablemente.
―También triste.
―Muchísimo.
Nos miramos.
Por primera vez entendí que su ligereza podía ser una costumbre, no una prueba de que nada le importaba.
El teléfono de Olivia sonó.
Miró la pantalla.
―Tengo que contestar.
Se alejó.
―¿Sí?
Escuchó.
―¿Qué tan grave?
Su expresión cambió.
―Voy para allá.
Colgó.
―¿Qué pasó?
―Una tubería del piso que alquilo reventó.
―¿Se inundó?
―La vecina de abajo dice que está lloviendo en su baño.
―Eso suena grave.
―Gran diagnóstico, chef.
Agarró su bolso.
―Tengo que irme.
―¿Necesitas ayuda?
Las palabras salieron solas.
Olivia se detuvo.
―¿Acabas de ofrecerme ayuda?
―No hagas una ceremonia.
―Estoy emocionada.
―Olivia.
Su sonrisa volvió apenas.
―Puedo manejarlo.
―Bien.
Llegó a la puerta.
―Avísame cuando sepas qué pasó.
Se giró.
―Eso sonó peligrosamente parecido a preocuparte por mí.
―No exageres.
―Entonces dime que no te importa.
Abrí la boca.
No salió nada.
Olivia sonrió sin humor.
―Eso pensé.
Se marchó.
A las nueve recibí un mensaje.
“Departamento inhabitable. El techo decidió convertirse en fuente.”
Respondí:
“¿Dónde vas a dormir?”
Tres puntos aparecieron.
“Todavía no sé.”
Miré hacia la escalera que llevaba al pequeño piso sobre Brasa.
Una habitación libre.
Una pésima idea.
Escribí antes de arrepentirme.
“Puedes quedarte aquí esta noche.”
La respuesta tardó diez segundos.
“¿Arriba de tu restaurante?”
“Una noche.”
“¿Con reglas?”
“Muchas.”
El teléfono vibró.
“Diosa sensual, ¿estás invitándome a dormir contigo?”
Tecleé con fuerza.
“En el cuarto de invitados.”
Su respuesta llegó enseguida.
“Qué pena. Por un segundo pensé que por fin habías decidido odiarme de cerca.”
