DIOSA SENSUAL, YO TE ODIO

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Capítulo 4 4

―Porque eres imposible de ignorar.

La respuesta salió antes de que pudiera corregirla.

Olivia no sonrió.

Eso fue peor.

―Eso no suena a odio.

―No empieces.

―No he empezado nada.

―Tu cara sí.

―Entonces deja de mirarla.

La odié por devolverme mis propias frases.

Me giré hacia la instalación.

Luces azules recorrían paneles transparentes suspendidos sobre el suelo. Fragmentos de voces salían de bocinas ocultas y se mezclaban con sonidos de trenes antiguos.

―¿Qué es esto?

Olivia tardó un segundo en responder.

―La sala de tránsito.

―¿Tránsito de qué?

―De gente.

―Muy específico.

―Historias grabadas de personas que llegaron a la ciudad sin saber si iban a quedarse.

La miré.

―Eso es deprimente.

―Tú cocinas carne sobre brasas. No acepto críticas sobre dramatismo.

Solté una risa.

Olivia se acercó a una consola.

―Párate ahí.

―No.

―Marina.

―Cada vez que dices mi nombre así, termina mal.

―Solo quiero enseñarte algo.

―Eso también suena peligroso.

―Confía un poco.

La palabra me tensó.

Olivia lo notó.

―O no ―corrigió―. Solo quédate si quieres.

El cambio fue pequeño.

Suficiente.

Me coloqué donde había señalado.

Ella apagó las luces generales.

El espacio quedó oscuro.

Después una línea cálida apareció bajo mis pies.

Una voz femenina surgió detrás de mí.

“No sabía cuánto tiempo iba a quedarme. Por eso nunca desempacé.”

Otra voz.

“Compré una taza antes de comprar una cama.”

Otra.

“Me fui tres veces. La cuarta volví porque entendí que extrañaba hasta el ruido del vecino.”

Sentí algo incómodo en el pecho.

―¿Todos son reales?

―Sí.

―¿Los entrevistaste tú?

―La mayoría.

―¿Por qué elegiste esto?

Olivia permaneció junto a la consola.

―Porque todo el mundo habla de irse como si fuera valiente y de quedarse como si fuera aburrido.

La frase quedó flotando entre las luces.

―¿Y tú qué piensas?

―Que depende de por qué haces cualquiera de las dos cosas.

Me miró.

Demasiado directamente.

―¿Siempre conviertes tus instalaciones en terapia?

―Solo las buenas.

―Qué modestia.

Encendió las luces.

El momento se rompió.

Lo agradecí.

Creo.

―Tengo que volver a Brasa.

―Claro.

―Hay limpieza.

―Por supuesto.

―Y mañana proveedores.

―Marina.

―¿Qué?

―Puedes irte sin presentar defensa.

Fruncí el ceño.

―No estaba defendiendo nada.

―Ya.

Volví al restaurante.

Álvaro seguía en cocina contando vajilla.

―¿Dónde estabas?

―Al lado.

―Con la diosa sensual.

Me detuve.

―¿Cómo sabes eso?

―Te escuché ayer.

―Voy a despedirte.

―En nueve días.

―Estoy haciendo una lista.

Álvaro sonrió.

―¿Cómo fue?

―¿Qué?

―La conversación.

―Normal.

―Tu “normal” lleva veinte minutos.

―Cállate.

―Eso confirma.

Cogí una bandeja.

―Molina dijo que el tercer plato necesita acidez.

―También dijo que el postre estaba excelente.

―El tercer plato necesita acidez.

―Marina.

―¿Qué?

―No conviertas una crítica en una autopsia.

Lo miré.

―¿Todos decidieron analizarme hoy?

―No. Algunos solo estamos cansados.

A las dos de la mañana llegué al piso sobre Brasa.

No vivía allí de forma permanente, pero durante las semanas previas a la apertura dormía en la habitación pequeña para evitar conducir agotada.

Me duché.

Intenté dormir.

No pude.

La instalación de Olivia seguía en mi cabeza.

Personas hablando de quedarse.

Qué oportuno.

A las tres bajé por agua.

La cocina estaba oscura.

O eso pensé.

Una luz se encendió en el patio.

Olivia estaba sentada en el suelo con una caja de herramientas y una pieza de acrílico sobre las piernas.

―¿Tú no duermes? ―pregunté.

Levantó la vista.

―Mira quién habla.

―Yo tengo excusa.

―Yo también.

―¿Cuál?

―Trabajo.

―Eso no es excusa. Es enfermedad compartida.

Sonrió.

―Ven.

―¿Para qué?

―Necesito una mano.

―Qué riesgo pedirla.

Me acerqué.

Olivia sostuvo dos piezas.

―Aprieta aquí.

―¿Así?

―Más abajo.

Moví los dedos.

―Aquí.

―Sí.

Su mano quedó encima de la mía.

El contacto fue accidental.

Después dejó de serlo.

Ninguna retiró la mano.

La piel me ardió bajo sus dedos.

Olivia levantó la vista.

―¿Treinta centímetros?

―Ahora mismo hay cero.

―Puedo apartarme.

No lo hizo.

Yo tampoco.

―Deberías.

―¿Quieres que lo haga?

La pregunta me dejó inmóvil.

Podía decir sí.

No lo hice.

Olivia bajó la mirada a mi boca.

Esta vez no fingí no notarlo.

―Estás jugando ―murmuré.

―No.

―Siempre juegas.

―Contigo, casi siempre.

―¿Y ahora?

Su pulgar rozó apenas mi nudillo.

―Ahora estoy intentando averiguar si quieres que pare.

Mi respiración se volvió lenta.

―No voy a besarte.

―No te lo pedí.

―Lo estabas pensando.

―También pienso en incendiar ciertas esculturas.

―Eso es mío.

―Te robo cosas.

La tensión se aflojó apenas.

Quité la mano.

―Necesito agua.

―Claro.

La observé volver al patio antes de abrir la botella. Tenía una mancha de pintura verde en la clavícula y otra en la muñeca. No entendía cómo alguien podía trabajar de madrugada y parecer tan cómoda dentro de su propio caos. Yo llevaba el cabello recogido, una camiseta vieja y la certeza de que al día siguiente tendría ojeras imposibles de esconder.

Olivia regresó por una llave inglesa.

―¿Qué miras?

―La pintura.

Bajó la vista hacia su pecho.

―¿Aquí?

Se tocó la clavícula.

―Sí.

―Puedes quitarla.

Mi garganta se secó.

―Tienes manos.

―Pero las tuyas están más cerca.

―Estás a dos metros.

―Detalles.

Mojé una servilleta y se la lancé.

―Resuélvelo.

Olivia la atrapó y sonrió.

―Cobarde.

―Higiénica.

―La próxima vez voy a dejar la mancha donde no puedas fingir que no la ves.

Entré a cocina.

Olivia vino detrás.

―¿Vas a cocinar?

―Son las tres de la mañana.

―Eso no responde.

Abrí el refrigerador.

Había masa de prueba.

―Tengo focaccia.

―Te amo.

Cerré la puerta lentamente.

―Ni en broma.

―Era por el pan.

―Más te vale.

Diez minutos después estábamos sentadas en una mesa de preparación comiendo focaccia caliente con aceite.

Olivia cerró los ojos al probarla.

―Esto debería ser ilegal.

―Todo contigo termina en delito.

―Tu comida provoca conductas cuestionables.

―No sexualices la focaccia.

―No prometo nada.

Me reí.

Ella abrió los ojos.

―Ahí.

―¿Qué?

―Otra vez.

―¿Otra vez qué?

―Te ríes cuando olvidas que se supone que me odias.

La sonrisa se me borró.

―No se supone nada.

―Entonces dime qué pasa.

―Nada.

―Marina.

―No sé.

La honestidad me dejó expuesta.

Olivia dejó el pan.

―Eso ya es algo.

Miré mis manos.

―Me desordenas.

―Lo siento.

Levanté la vista.

No esperaba una disculpa.

―No dije que fuera malo.

Su expresión cambió.

―Eso tampoco ayuda.

―¿A qué?

―A comportarme.

Mi pulso dio un salto.

―No tienes que hacer nada.

―Lo sé.

―Entonces no hagas.

―Estoy intentando.

El silencio regresó.

Esta vez no fue incómodo.

Fue denso.

Olivia se levantó.

―Voy a volver al teatro.

―Es tarde.

―Dijo la mujer que hornea focaccia a las tres.

―Era masa preparada.

―Defensa débil.

Llegó a la puerta.

―Olivia.

Se giró.

―¿Qué?

Quise darle las gracias por Molina.

Por el horno.

Por el vino.

Por no insistir cuando yo cerraba una puerta.

No dije ninguna.

―Mañana puedes venir a probar el tercer plato.

Su sonrisa apareció despacio.

―¿Eso es una invitación?

―Es trabajo.

―Claro.

―A las seis.

―Estaré aquí.

―Y no llegues con gente.

―Solo yo.

Asentí.

Olivia abrió la puerta.

Antes de salir, volvió a mirarme.

―Marina.

―¿Qué?

―Si sigues invitándome cuando nadie más está, voy a empezar a pensar que el problema nunca fue que me odiaras.

―¿Entonces cuál?

Su mirada bajó a mi boca una última vez.

―Que te está empezando a gustar demasiado tenerme cerca.

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