Capítulo 3 3
―Si vuelves a mirarme la boca, voy a empezar a cobrarte por función.
Olivia estaba apoyada en el marco de la puerta de Brasa con una caja de cables entre los brazos.
―No te estaba mirando.
―Claro.
―Estaba comprobando si tenías salsa otra vez.
―Qué atención tan específica.
―Tengo estándares sanitarios.
―Y yo tengo memoria.
Se giró para marcharse.
―No vengas esta noche ―dije.
Olivia se detuvo.
―Ya lo habías dicho.
―Lo repito para evitar interpretaciones artísticas.
―Tranquila, chef. Sé reconocer cuando no me quieren en una habitación.
La frase perdió el tono juguetón demasiado rápido.
Sentí una punzada incómoda.
―No es personal.
―Eso suele decirse cuando lo es.
―Olivia.
―Marina.
Por un segundo pensé que discutiría.
No lo hizo.
―Que salga bien ―dijo―. De verdad.
Después se fue.
Me quedé mirando el pasillo vacío.
Álvaro apareció detrás de mí.
―Excelente.
―¿Qué?
―Conseguiste que la única persona capaz de hacerte sonreír antes de las diez se fuera seria.
―No necesito comentarios.
―Necesitas dormir.
―Necesito treinta platos impecables.
―Eran veinte invitados.
―Invité a diez más.
Álvaro cerró los ojos.
―¿Por qué?
―Porque Molina confirmó.
―Y tu respuesta al estrés fue aumentar el estrés.
―Exacto.
―Admiro tu compromiso con el desastre.
La preapertura comenzaba a las ocho.
A las siete y treinta, una camarera rompió dos copas.
A las siete cuarenta, el proveedor de hielo llamó para decir que llegaría tarde.
A las siete cincuenta y dos, mi horno decidió mostrar un código que jamás había visto.
―No ―dije.
Álvaro miró la pantalla.
―Tal vez si le hablas bonito.
―Voy a arrancarle la puerta.
―Eso también es una forma de comunicación.
Apreté botones.
Nada.
La cocina tenía dos hornos, pero perder uno alteraba tiempos de tres platos.
Mi respiración empezó a acortarse.
No hoy.
No delante de Molina.
No después del video de la gala que todo el mundo seguía compartiendo aunque no tuviera nada que ver conmigo.
―Marina.
―Estoy bien.
―No parece.
―Llama al técnico.
―Está a cuarenta minutos.
―No tenemos cuarenta minutos.
Un ruido metálico sonó en el pasillo.
Después una voz.
―¿Quién está muriendo?
Olivia.
Me giré.
Entró cargando una extensión industrial.
―Te dije que no vinieras.
―No vine.
―Estás en mi cocina.
―Mi técnico necesita una toma del patio y escuché amenazas contra un electrodoméstico.
Álvaro levantó una mano.
―Yo puedo testificar.
―Fuera los dos.
Olivia miró el horno.
―¿Qué tiene?
―No es tu problema.
―Correcto. Pero Víctor arregla maquinaria escénica y está a veinte metros.
La miré.
―¿Sabe de hornos?
―Sabe de sistemas eléctricos, sensores y mujeres que no aceptan ayuda.
―La última parte sobra.
―La primera puede servir.
Tenía dos opciones.
Orgullo o servicio.
Odié la decisión.
―Tráelo.
Olivia sonrió.
―¿Eso fue pedir ayuda?
―Fue una orden.
―Mucho más sexy.
―Corre.
Víctor tardó nueve minutos en encontrar el problema.
Un sensor de cierre defectuoso.
Lo anuló temporalmente con una solución segura hasta que llegara el técnico oficial.
A las ocho y cuatro, el horno volvió a funcionar.
Los invitados ya estaban sentados.
Yo quería desmayarme dentro de una olla.
Olivia seguía junto a la puerta.
―Gracias ―dije.
―Dos veces en dos días.
―No conviertas esto en tradición.
―Prometo mantener expectativas bajas.
―Y ahora sí vete.
Su sonrisa se apagó apenas.
―Sí, chef.
Sentí culpa.
Otra emoción poco útil.
No tuve tiempo de examinarla.
Empezó el servicio.
Primer plato.
Segundo.
Tercero.
Molina escribía en una libreta.
Odiaba esa libreta.
Desde la cocina podía verlo a través del pase.
Probó la salsa.
Anotó algo.
―Si sigue escribiendo así, voy a quitarle el bolígrafo ―murmuré.
Álvaro colocó dos platos.
―Cocina.
―Estoy cocinando.
―Estás intentando leer pensamientos a veinte metros.
―Multitarea.
El cuarto plato salió perfecto.
El quinto casi no.
Una mesa devolvió una carne porque la querían más cocida, aunque habían pedido punto medio.
Lo resolvimos.
A las diez y quince salió el último postre.
La cocina quedó en silencio.
Apoyé ambas manos en la mesa.
―¿Terminamos?
―Nadie murió ―dijo Álvaro.
―Éxito estadístico.
Molina apareció en la puerta.
Mi estómago se cerró.
―Chef Valdés.
―Señor Molina.
―¿Tienes un minuto?
―Sí.
Mentira.
Tenía exactamente cero.
Salimos al comedor.
Las mesas empezaban a vaciarse.
―¿Quieres que sea amable o útil? ―preguntó.
―Útil.
―El tercer plato necesita acidez.
Asentí.
―Lo sé.
―El postre es excelente.
―Gracias.
―Y estás cocinando con miedo.
Eso me molestó.
―¿Perdón?
―Cada plato está controlado al milímetro. No hay un error, pero tampoco permites que nada respire.
―No sabía que la comida respirara.
―La buena sí.
Mi mandíbula se tensó.
―¿Eso aparecerá en la reseña?
―Esto no es una reseña. Acepté venir a una prueba.
Me sorprendió.
―Entonces ¿por qué aceptaste?
Molina miró hacia la puerta.
―Porque alguien insistió en que valía la pena conocerte antes de juzgarte por un video.
Mi cuerpo se quedó quieto.
―¿Quién?
Él sonrió.
―Pregúntale a tu vecina.
Olivia.
La mujer a la que había prohibido entrar.
La mujer que había conseguido el vino.
La mujer que acababa de salvar mi horno.
Y aparentemente la mujer que había conseguido que Molina viniera dispuesto a probar, no a ejecutar.
―Buenas noches, chef.
Molina se fue.
Yo crucé el pasillo.
La instalación de Olivia seguía encendida.
Entré.
Música suave.
Luces móviles.
Ella estaba sobre una escalera ajustando una pieza transparente.
―Baja.
Olivia miró hacia mí.
―Qué saludo tan cálido.
―¿Llamaste a Molina?
Su expresión cambió.
―Sí.
―¿Por qué?
Bajó despacio.
―Porque lo conozco.
―Eso no responde.
―Porque te estaba juzgando por algo que no tenía que ver con tu cocina.
―No necesitaba que me defendieras.
―No te defendí.
―Le pediste que viniera.
―Le pedí que comiera antes de opinar.
―Sin decirme.
―Si te lo decía, habrías dicho que no.
―Exactamente.
Olivia cruzó los brazos.
―Y la comida habría sido peor por eso.
―¿Qué?
―Estabas aterrada.
El golpe fue limpio.
―No vuelvas a hablarme así.
―¿Cómo?
―Como si supieras lo que me pasa.
―Te vi temblar junto al horno, Marina.
―Estaba enfadada.
―Estabas asustada.
―No es asunto tuyo.
―Entonces deja de convertir cada vez que alguien se acerca en una invasión.
Me quedé inmóvil.
―Tú no entiendes nada.
―Entonces explícame.
―No tengo que hacerlo.
―No. Pero tampoco puedes castigarme por no adivinar qué parte de ti está prohibido tocar.
El silencio se volvió pesado.
Olivia estaba cerca.
Demasiado.
La luz azul de la instalación le dibujaba el rostro.
―¿Por qué haces esto? ―pregunté.
―¿Qué cosa?
―Ayudarme cuando te trato mal.
Su expresión se suavizó.
―Porque no necesito que seas amable para ver cuándo estás sola.
Mi pecho se apretó.
―No estoy sola.
―Bien.
―Tengo a Álvaro. A mi hermana. Mi equipo.
―No hablaba de gente alrededor.
La odié por entender la diferencia.
―No me mires así.
―¿Así cómo?
―Como si quisieras arreglarme.
Olivia negó lentamente.
―No quiero arreglarte.
―Entonces ¿qué quieres?
Dio un paso.
Nuestros cuerpos quedaron a centímetros.
No me tocó.
―Que dejes de apartarte cada vez que descubres que conmigo no tienes que fingir que todo está bajo control.
Quise responder, pero mis ojos bajaron a su boca. Olivia lo notó. Su sonrisa desapareció y, por primera vez, ninguna de las dos convirtió aquello en broma.
Mi respiración se quebró.
―Eso no va a pasar.
Olivia sostuvo mi mirada.
―Entonces dime por qué sigues viniendo a buscarme cuando algo te sale bien.
