Capítulo 2 2
―No pienso darte las gracias.
Olivia apareció en la puerta de Brasa con dos cajas de vino y una sonrisa insoportable.
―Buenos días para ti también.
―Dije que quería un contacto, no que vinieras con media bodega.
―Mi contacto tenía stock. Yo tenía una furgoneta.
―¿Tú conduces una furgoneta?
―También sé usar un taladro. Intenta recuperarte.
Álvaro salió de la cocina y vio las cajas.
―Te amo.
―Traidor ―dije.
Olivia le lanzó una botella imaginaria con la mano.
―Por fin alguien educado.
Me acerqué a revisar las etiquetas.
Reserva correcta.
Añada correcta.
Cantidad correcta.
Maldita mujer.
―¿Cuánto?
―Precio de distribuidor.
―Eso no responde.
―Te mando la factura.
―Quiero pagar hoy.
―Qué romántica.
―No empieces.
―Tú dijiste que no aceptabas favores.
―Y no los acepto.
Olivia inclinó la cabeza.
―Entonces paga y deja de actuar como si te hubiera pedido un riñón.
La frase me pinchó.
―No actúo así.
―Un poco.
―No me conoces.
―Todavía.
Otra vez esa palabra.
Todavía.
La decía como si el tiempo fuera algo que pudiera garantizar.
―¿Dónde quieres las cajas? ―preguntó.
―Almacén.
―¿Y eso está dónde?
Señalé el pasillo.
Olivia tomó una caja.
―Pesa.
―Sorprendente descubrimiento.
―Podrías ayudar.
―Tengo una cocina que abrir.
―Y yo tengo una instalación que montar. Aquí estamos, haciendo sacrificios por el amor al vino.
Agarré la otra caja.
―No confundas necesidad con sacrificio.
―Tampoco confundas ayuda con deuda.
Me detuve.
Ella también.
―No iba por ahí ―dijo.
―Sí iba.
―Marina.
―Déjalo.
Olivia no insistió.
Eso me desarmó más que cualquier broma.
Caminamos hasta el almacén.
El espacio era estrecho. Cuando me agaché para dejar la caja, Olivia hizo lo mismo y nuestras cabezas chocaron.
―Ay.
―Tu culpa.
―Estabas en mi trayectoria.
―Esta es mi bodega.
―Entonces tus paredes deberían avisar.
Me llevé una mano a la frente.
Olivia se acercó.
―Déjame ver.
―Estoy bien.
―Marina.
―No me estoy desangrando.
―Qué pena, ya estaba preparando una instalación sobre tragedia culinaria.
―Te odio.
―Eso ya lo establecimos.
Sus dedos apartaron un mechón de mi frente.
Me quedé quieta.
No porque doliera.
Porque su mano estaba demasiado cerca.
Sus ojos también.
―No tienes nada ―dijo.
―Te lo dije.
Pero no se apartó.
Yo tampoco.
Su mirada bajó un segundo.
A mi boca.
El estómago me dio un tirón incómodo.
―Olivia.
―¿Qué?
―Tu espacio personal sigue siendo deficiente.
Sonrió.
―Tú pediste treinta centímetros.
―Y ahora hay cinco.
―Qué precisión.
Retrocedió.
El aire volvió.
Lo odié un poco por llevarse el calor con ella.
―Gracias por el vino ―dije.
La sonrisa desapareció.
―Mira eso.
―¿Qué?
―Sí sabes agradecer.
―No te acostumbres.
―Jamás.
Volvimos a cocina.
Álvaro estaba probando una salsa.
―Llegó correo del crítico.
Me tensé.
―¿Cuál?
―Molina.
Mi estómago cayó.
Esteban Molina escribía para una de las revistas gastronómicas más leídas de la ciudad.
―¿Qué quiere?
―Mesa para la preapertura.
―No tenemos preapertura pública.
―Lo sabe.
―Entonces ¿cómo consiguió fecha?
Álvaro levantó las manos.
―Yo no fui.
Olivia, detrás de mí, guardó silencio.
Me giré.
―Tú.
―¿Yo qué?
―¿Le dijiste algo a alguien?
Su expresión cambió.
―No.
―Tu gente habla con prensa todo el tiempo.
―Mi gente no sabe ni cuándo abres.
―Ayer estabas aquí cuando llamé al proveedor.
―¿Y eso me convierte en filtración?
El tono ya no era divertido.
Me arrepentí inmediatamente.
―No dije eso.
―Lo insinuaste.
―Estoy nerviosa.
―Eso no te da derecho a acusarme.
Tenía razón.
Otra cosa que odiaba.
―Lo siento.
Olivia cruzó los brazos.
―¿Así de fácil?
―No sé qué quieres que haga.
―Nada. Solo quería saber si podías decirlo.
Álvaro dio un paso atrás.
―Voy a revisar hornos porque este ambiente ya está suficientemente cocido.
―Cobarde ―murmuré.
―Profesional ―respondió él, desapareciendo.
Olivia suspiró.
―¿Por qué te pone tan nerviosa un crítico?
―Porque no estoy lista.
―Faltan once días.
―Exacto.
―Puedes decirle que no.
―Y escribir que me escondo.
―También puede escribir que eres inteligente por no mostrar un restaurante antes de tiempo.
―No funciona así.
―¿Cómo funciona?
―La gente espera que si abres un lugar, estés segura.
Olivia me miró.
―¿Y no lo estás?
No respondí.
Ella dejó de apoyarse en la mesa.
―Marina.
―He gastado todo.
Las palabras salieron antes de decidirlo.
―Todo lo que tenía. Y parte de lo que no tenía. Si esto sale mal, no tengo colchón.
Olivia no sonrió.
―¿Tu familia?
―No.
―¿No puede ayudarte?
―No quiero.
―Eso es distinto.
―Para mí no.
Su mirada se volvió más suave.
―¿Por qué?
―Porque ya hice una sociedad una vez.
Silencio.
―¿Y?
―Y terminé pagando sola.
No quise dar más.
Olivia tampoco pidió.
―Entonces el miedo no es al crítico ―dijo.
―No me analices.
―No. Solo estoy escuchando.
Aquello me hizo sentir demasiado vista.
―Prefiero cuando eres irritante.
―Puedo volver a serlo.
―Hazlo.
―Tu delantal es horrible.
La miré.
―Eso fue bajo.
―Tú lo pediste.
Solté una risa.
Ella también.
El aire se alivió.
Olivia miró las ollas.
―¿Y qué vas a servir?
―No te incumbe.
―Acabo de traer vino. Ya soy accionista.
―Eso no existe.
―Prueba a detenerme.
Antes de que pudiera responder, tomó una cuchara y se acercó a la salsa que Álvaro había dejado.
―Ni se te ocurra.
―¿Está envenenada?
―Está en prueba.
―Perfecto.
La probó.
La expresión de su cara cambió.
―Dios.
―¿Qué?
―Eso está indecentemente bueno.
―No uses “indecentemente” para describir mi comida.
―¿Prefieres obscenamente?
―Prefiero que dejes la cuchara.
Olivia obedeció, pero se pasó el pulgar por una gota que había quedado en su labio.
Mis ojos siguieron el movimiento.
Otra traición.
Ella lo notó.
Claro que lo notó.
―¿Qué?
―Tienes salsa.
―Ya no.
―Excelente.
―Pareces molesta.
―Estoy pensando.
―¿En la salsa?
―En cómo sacarte de mi cocina.
―Tu cara cuenta otra historia.
―Mi cara no habla.
―Conmigo sí.
Tomé la cuchara y la lancé al fregadero.
―Veinte personas, una noche, y luego te largas.
―Eso ha sonado casi como una invitación.
―Era una orden.
―Me gustan más.
―¿Quieres mi opinión? ―preguntó.
―No.
―Te la voy a dar.
―Claro.
―Haz la preapertura.
―¿Por qué?
―Porque nunca vas a sentirte lista.
―Qué motivador.
―Escucha. Invita a veinte personas, no a cincuenta. Gente que pueda darte opinión real. Si Molina quiere venir, que venga. Pero que vea una prueba, no un espectáculo perfecto.
―Los críticos no perdonan pruebas.
―Entonces no lo invites.
―Acabas de decir que sí.
―También puedo cambiar de opinión.
―Eso lo haces mucho.
―Me mantiene flexible.
Me apoyé en la mesa.
―Veinte personas.
―Veinte.
―Sin prensa anunciada.
―Bien.
―Y tú no vienes.
Olivia se quedó quieta.
―¿Por qué?
―Porque trabajas al lado y vas a distraer.
―¿A quién?
―A mí.
Silencio.
Mi boca se adelantó a mi cerebro.
Olivia sonrió despacio.
―Eso sí fue interesante.
―Olvídalo.
―Imposible.
―Quise decir que vas a estar entrando y saliendo.
―No fue lo que dijiste.
―Olivia.
―Marina.
Se acercó un paso.
―No pienso venir si no quieres.
―Bien.
―Pero ahora tengo curiosidad.
―Qué novedad.
―¿Te distraigo porque te irrito?
―Sí.
―¿Solo por eso?
La cocina pareció encogerse.
―Sí.
Olivia ladeó la cabeza.
―Mientes peor cuando estás cansada.
―No miento.
―Entonces mírame y repítelo.
La miré.
Error.
Sus ojos estaban demasiado cerca.
Su boca también.
―Solo me irritas.
Olivia sonrió.
―Perfecto.
―¿Perfecto qué?
―Que si algún día dejo de irritarte, vas a tener que inventar otra excusa para mirarme la boca.
