DIOSA SENSUAL, YO TE ODIO

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Capítulo 1 1

―Si vuelves a dejar una escultura en mi puerta de proveedores, la voy a convertir en leña.

La mujer de pantalones blancos y botas cubiertas de pintura ni siquiera se volvió.

―Primero tendrías que conseguir que ardiera. Es metal.

―Entonces la venderé como chatarra.

―Eso sería vandalismo artístico.

―Eso sería logística.

Por fin se giró.

Olivia Ferrer.

Escenógrafa, creadora de instalaciones inmersivas y responsable de que mi paciencia hubiera desarrollado pensamientos criminales.

Se quitó unas gafas transparentes de protección.

―Buenos días, vecina.

―No somos vecinas.

―Nuestros locales comparten pared.

―Eso es arquitectura, no intimidad.

Sonrió.

Demasiado.

Yo llevaba seis semanas durmiendo cuatro horas para abrir Brasa.

Señalé la estructura metálica que bloqueaba la entrada.

―Muévela.

―En diez minutos.

―Ahora.

―Tengo cuatro personas sujetando el panel del otro lado.

―Tengo un proveedor de pescado esperando en la calle.

―Dile que admire el arte.

―Dile tú cuando se derrita el hielo.

Olivia suspiró con dramatismo.

―Eres muy intensa para las nueve de la mañana.

―Y tú muy relajada para alguien a quien voy a denunciar con el propietario.

―Qué sensual.

Parpadeé.

―¿Perdón?

―La amenaza. Muy dominante.

Dos técnicos soltaron una carcajada.

―Mueve. Eso.

―Sí, chef.

Y mi cuerpo, traidor, decidió notar la forma en que su camiseta se pegaba a sus hombros.

La mujer era insoportable y demasiado atractiva.

Me giré.

Álvaro, mi maître, apareció por la puerta de Brasa.

―El pescado sigue afuera.

―Lo sé.

―¿Otra vez?

―No digas nada.

―No dije nada.

―Tu cara sí.

Olivia levantó la voz desde el pasillo.

―¡Ya movemos tu preciosa entrada!

―¡Mi preciosa entrada paga impuestos!

―¡Mi instalación también!

Álvaro me miró.

―Van a acostarse o a demandarse.

Casi se me cayó la carpeta.

―Te despido.

―Abres en doce días. No puedes.

―Entonces te despido en trece.

Entré a la cocina.

Brasa todavía olía a madera nueva, pintura y miedo financiero.

Faltaban dos lámparas y un horno había decidido morir durante la prueba del martes.

Pero era mío.

Cada deuda.

Cada decisión.

Había tardado diez años en llegar hasta allí.

No iba a permitir que Olivia me desorganizara.

Cinco minutos después, Olivia entró a mi cocina.

―No.

Se detuvo.

―Ni siquiera hablé.

―No puedes entrar.

―Vengo en son de paz.

―Fuera.

Levantó una bolsa de papel.

―Traje croissants.

Miré la bolsa.

Maldita.

―Eso es manipulación.

―Funciona mejor con mantequilla francesa.

―No como mientras trabajo.

Álvaro apareció detrás de mí, tomó uno y mordió.

―Miente.

Lo asesiné con la mirada.

Olivia sonrió.

―Necesito cinco minutos.

―Tienes tres.

―Generosa.

―Dos.

―Bien. Tenemos un problema con el patio.

Me tensé.

El patio interior pertenecía a ambos locales y yo había planeado usarlo para recepción de mercancía durante las mañanas.

―¿Qué hiciste?

―Nada todavía.

―Esa palabra me preocupa.

Olivia sacó un plano doblado.

Lo extendió sobre una mesa de acero.

Me acerqué.

Ella también.

Su perfume era cítrico.

―La instalación necesita cruzar este tramo durante el montaje ―dijo―. Solo cuatro días.

―Ese tramo es mi acceso de proveedores.

―Podemos dividir horarios.

―Mis proveedores llegan entre seis y once.

―Los míos entre nueve y seis.

―Entonces tus horarios pierden.

―Qué democrático.

Se inclinó sobre el plano.

Su brazo rozó el mío.

Un contacto mínimo.

Lo suficiente para notar el calor de su piel.

Me aparté.

Olivia levantó una ceja.

―¿Problema?

―Espacio personal.

―Tienes como veinte centímetros.

―Quiero treinta.

―Exigente.

―Organizada.

―Controladora.

La miré.

―No me conoces.

Su sonrisa se apagó un poco.

―Tienes razón.

La respuesta me sorprendió.

Esperaba otro chiste.

Olivia señaló el plano.

―Podemos entrar nuestros materiales después de las once. Pero necesito usar el patio dos noches para montar la estructura principal.

―¿Hasta qué hora?

―Dos de la mañana.

―No.

―Marina.

Era la primera vez que decía mi nombre sin bromear.

―Mi cocina empieza producción a las cinco.

―Podemos trabajar sin música.

―Tu gente habla.

―La tuya también.

―La mía usa cuchillos.

―Eso sí fue sensual.

Cerré los ojos.

―¿Todo lo conviertes en coqueteo?

Hubo un segundo de silencio.

―No.

Abrí los ojos.

Olivia me estaba mirando de una forma distinta.

Más directa.

―Solo lo que me divierte.

El estómago me dio un giro irritante.

―Pues diviértete lejos.

―Difícil. Compartimos pared.

Álvaro apareció de nuevo.

―El pescado entró.

―Gracias.

Miró el plano.

―¿Negociación?

―Extorsión ―respondí.

―Romance industrial ―dijo Olivia.

―Álvaro.

―Ya me voy.

Desapareció.

Olivia recogió el plano.

―Entonces, ¿dos noches?

―Una.

―Dos.

―Una y media.

Se echó a reír.

―¿Cómo se trabaja media noche?

―Te detienes a las doce.

―Eso no es media noche.

―En mi restaurante sí.

―Una y media noches, pero la segunda terminamos a la una.

Calculé mentalmente.

Podía sobrevivir.

―Hecho.

Extendió la mano.

La miré.

―¿Qué?

―Los adultos suelen cerrar acuerdos así.

―También usan contratos.

―Tú debes ser fantástica en citas.

―No salgo contigo.

―Todavía.

Su sonrisa volvió.

Debí ignorarla.

En cambio, estreché su mano.

La suya estaba manchada de pintura azul y era más cálida de lo esperado.

Olivia apretó suavemente.

Demasiado.

Intenté soltarme.

Ella también.

Nuestros dedos se engancharon de forma torpe.

Ridícula.

Las dos bajamos la mirada.

―Elegante ―murmuré.

―Culpa tuya.

―¿Mía?

―Tú intentaste huir.

―Era un apretón de manos, no un matrimonio.

―Qué alivio. No traje anillo.

Solté una risa antes de poder impedirlo.

Olivia se quedó quieta.

―¿Qué?

―Nada.

―No me mires así.

―¿Así cómo?

―Como si acabaras de descubrir algo.

Su sonrisa se volvió más pequeña.

―Descubrí que sabes reírte.

―No difundas el rumor.

―Tu reputación está segura conmigo.

Por primera vez no me irritó.

Eso me irritó más.

Mi teléfono sonó.

Proveedor de vinos.

Contesté.

―Marina Valdés.

La voz del otro lado habló.

―No. Eso no fue lo acordado.

Olivia dejó de sonreír.

Me alejé.

―Firmamos entrega completa para apertura.

Más explicaciones.

Más excusas.

Cerré los ojos.

―Necesito ese pedido el jueves.

Nada.

―Entonces buscaré otro proveedor.

Colgué.

Álvaro reapareció desde cocina.

―¿Problemas?

―Cancelaron treinta por ciento del vino.

―¿A doce días?

―Sí.

―Mierda.

―Gracias por el diagnóstico.

Ya estaba pensando en distribuidores.

Olivia seguía allí.

―Conozco a alguien.

La miré.

―No necesito ayuda.

―No dije que la necesitaras.

―Entonces ¿por qué ofreces?

―Porque puedo.

―No hago favores con gente que conozco hace dos días.

―Eso explica muchas cosas.

―¿Qué significa?

Olivia guardó el plano bajo el brazo.

―Que te comportas como si aceptar una mano significara deberle el brazo entero.

El comentario acertó demasiado.

―No me psicoanalices.

―No lo hago.

―Pues deja el tema.

Olivia asintió.

Sin discusión.

Caminó hacia la salida.

Debería haberme alegrado.

―¿Quién es? ―pregunté.

Se giró.

―¿Quién es quién?

―Tu contacto de vinos.

Su sonrisa regresó despacio.

―Pensé que no necesitabas ayuda.

―Necesito un nombre.

―Eso se parece peligrosamente a aceptar algo.

―Olivia.

―Marina.

―Dame el contacto.

Sacó su teléfono.

―Con una condición.

―No.

―Ni la escuchaste.

―Contigo es prevención.

Se acercó.

Demasiado otra vez.

―Cuando consiga salvarte treinta por ciento del vino, dejas de llamarme “la del local de al lado”.

―Nunca te llamé así.

―Tu cara sí.

Solté aire.

―¿Qué quieres que te llame?

Olivia guardó mi número en su teléfono y levantó la mirada.

―Por mi nombre estaría bien.

―Olivia.

―Me gusta cómo suena cuando estás enfadada.

―Diosa sensual, yo te odio.

Su sonrisa se volvió lenta.

―Perfecto, chef. El odio es muchísimo más interesante cuando todavía tienes que convencerte de que es verdad.

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