Deuda de sangre

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Capítulo 1 LA MONEDA DE CARNE

El champán fluía como si el dinero fuera eterno, pero yo podía oler el rastro amargo de la desesperación en el aire.

La mansión de los García brillaba bajo las luces de cristal, celebrando el compromiso de mi hermana mayor, Camila. Era una fiesta de opulencia fingida, una máscara de seda sobre un rostro desfigurado por las deudas. Yo, como siempre, no era parte de la celebración; era parte del decorado.

—¡Sofía, muévete! No te pagamos para que te quedes ahí parada con esa cara de funeral —siseó Leonor, mi madre, mientras me arrebataba una bandeja de canapés de las manos.

Sentí el golpe de sus dedos enjoyados contra mi brazo, un recordatorio constante de mi lugar en esta casa. Para Leonor, yo no era su hija; era el recordatorio viviente de un error, de un "desliz" de mi padre que ella se vio obligada a camuflar bajo el apellido García para mantener su estatus social.

—Lo siento, madre —susurré, bajando la mirada.

—No me llames madre delante de los invitados —masulló ella con asco—. Solo asegúrate de que las copas de los socios de tu padre nunca estén vacías. Es lo único para lo que sirves.

Mis hermanas, Camila y Valeria, pasaron a mi lado entre risas, luciendo vestidos que costaban más de lo que yo había visto en toda mi vida. Me miraron con una mezcla de lástima y burla. Para ellas, yo era la "bastarda" que les servía de sombra.

De repente, el gran portón de roble de la entrada se abrió de par en par con un estruendo que silenció a la orquesta de cámara. El aire cálido de la noche de Caracas fue reemplazado por una ráfaga de autoridad gélida.

Él entró.

No caminaba, dominaba el espacio. Adrián Montalvo no era un invitado; era un eclipse. Vestido con un traje negro hecho a medida que resaltaba su figura imponente, su sola presencia hacía que los hombres más ricos de la sala parecieran niños asustados. Detrás de él, dos hombres con el rostro de piedra y bultos bajo las chaquetas que gritaban "armas" se detuvieron en seco.

Mi padre, un hombre que alguna vez creí valiente, dejó caer su copa. El cristal se hizo añicos en el suelo de mármol, un sonido que marcó el fin de nuestra era.

—Adrián… no te esperábamos hasta el lunes —tartamudeó mi padre, palideciendo hasta quedar del color de su camisa blanca.

—El tiempo es un lujo que ya no posees, García —la voz de Adrián era como el acero deslizándose sobre terciopelo. Fría, afilada y letal—. Vengo a cobrar mis activos. Aether Corp no acepta prórrogas de hombres que gastan el dinero de sus deudas en champán barato.

El silencio era sepulcral. Los invitados retrocedieron, formando un círculo de aislamiento alrededor de mi familia. Leonor, siempre calculadora, dio un paso adelante, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos.

—Señor Montalvo, seguramente podemos llegar a un acuerdo… un caballero como usted sabe que hay cosas más valiosas que los números en una cuenta —dijo ella, rozando el brazo de Adrián con una familiaridad asquerosa.

Adrián la miró con tal desprecio que Leonor retiró la mano como si se hubiera quemado.

—No hay nada en esta casa que tenga valor para mí —sentenció él, recorriendo la sala con la mirada—. Sus cuadros son falsos, sus joyas están empeñadas y sus tierras ya están a mi nombre. Les quedan sesenta segundos antes de que mis hombres saquen a sus invitados a patadas y sellen esta puerta.

—¡Espera! —gritó Leonor. Su voz sonó aguda, desesperada. Entonces, su mirada se clavó en mí, que observaba la escena desde la sombra de una columna—. Hay algo que todavía no has tomado. Algo que es… puro. Un activo que mi esposo ha guardado con celo.

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral. Mi padre levantó la cabeza, sus ojos se abrieron de par en par, pero no dijo nada. No me defendió.

—¿De qué hablas, Leonor? —preguntó Adrián, con un interés peligroso brillando en sus ojos oscuros.

—Sofía —dijo ella, señalándome con un dedo acusador—. Es joven, es virgen y no tiene las manchas de este mundo. Tómanos a ella y la deuda queda saldada. Ella es el fruto de un pecado, señor Montalvo. Llévesela y límpienos de su presencia.

El mundo se detuvo. Mis hermanas ahogaron un grito de sorpresa que rápidamente se transformó en sonrisas de suficiencia. Mi propio padre bajó la cabeza, aceptando el trato en un silencio cobarde. Me habían vendido. Leonor me estaba entregando como una res al matadero para salvar sus vestidos de seda.

Adrián caminó hacia mí. Cada uno de sus pasos resonaba en mi pecho como un tambor de guerra. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Olía a sándalo, a tabaco caro y a peligro.

Sus dedos, largos y fuertes, se cerraron alrededor de mi barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran tormentas negras, profundas y llenas de secretos que yo no estaba lista para entender.

—¿Así que tú eres la moneda de carne de los García? —murmuró, su voz bajando a un nivel que solo yo podía oír.

Sus ojos descendieron a mi cuello, deteniéndose en la pequeña marca de nacimiento que yo siempre intentaba ocultar. Vi una chispa de reconocimiento, algo feroz y antiguo que me hizo temblar.

—Mírenme todos —gritó Adrián, sin soltar mi rostro—. La deuda de los García ha sido cancelada. Pero no por su dinero, sino por esta mujer. A partir de este momento, ella no tiene nombre, no tiene familia y no tiene pasado.

Me arrastró hacia él, pegando mi cuerpo al suyo. Pude sentir el calor de su pecho y el latido constante de su corazón, un contraste brutal con la frialdad de su alma.

—Firma el contrato de propiedad —le ordenó a mi padre, mientras uno de sus hombres extendía un documento sobre la mesa de los regalos—. Y tú, Sofía… —se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel—. Prepárate. Porque voy a usar cada milímetro de tu piel para cobrarme lo que tu familia le hizo a la mía.

Leonor sonrió mientras yo era arrastrada hacia la salida. No hubo despedidas, no hubo lágrimas de su parte. Solo el sonido del motor de un auto de lujo esperando afuera para llevarme a mi nueva prisión.

Había entrado a esa fiesta como una paria, pero salí de ella como la propiedad personal del hombre más peligroso del país. La guerra había comenzado, y yo era el campo de batalla.

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