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Capítulo 6 Capítulo 5

Brisa

Me desperezo en la cama y me cubro hasta la cabeza con las sábanas.

Regresé a casa a las cinco de la mañana porque con Stefanía paramos en una cafetería que se mantiene abierta las veinticuatro horas y nos quedamos conversando un largo rato. Como suponía, ella iba a querer sacarme información, pero como no tenía ganas de hablar de Gastón, le volví a repetir que luego le diría todo. Al rato dejó de insistir y el tema de conversación se desvió a Matt, un amigo que tenemos en común y que a ella le gusta.

Cuando miro el reloj me doy cuenta de que son las tres de la tarde. No siento que descansé mucho, pero por lo visto las horas se han pasado volando. Me he desorientado en el momento en que me acosté, de eso no hay duda. En algunas ocasiones me ha pasado exactamente lo mismo; pienso que no duermo, pero en realidad sí lo hago. Se siente como si el cuerpo sí descansara, pero como si la mente no.

Estiro el brazo y tomo el celular de mi mesita de luz. Ya han pasado un par de horas del mediodía y yo ni siquiera he desayunado. Tengo varias llamadas perdidas de mi novio, no las escuché porque olvidé dejar el teléfono en sonido. Seguro está algo preocupado, siempre suelo atenderle cada vez que me llama.

Marco el número de Liam.

—¡Hola, hermosa! ¿Cómo estás? Te he estado llamando un montón de veces, ¿qué pasó?

—Lo dejé en silencio y la hora se me pasó.

—Me dejaste preocupado.

—Perdona.

—¿Estás de malhumor? —inquiere.

—Para nada.

—No pareces estar de ánimos...

—No sé, yo me siento bien, quizá parece que estoy molesta, pero no —creo—. ¿Tú cómo estás, amor?

—Bien, terminando de llenar unos papeles. Después tomaré una pequeña siesta porque me tuve que levantar temprano y anoche no pude descansar bien por los ladridos de los perros del vecino. ¿Qué tal la noche? ¿Algo interesante que destaques del nuevo club?

Gastón aparece en mis pensamientos en cuanto mis oídos captan esa pregunta. De solo recordar que lo vi y que después me pegué un porrazo, el calor sube por mis mejillas. Qué vergüenza, señor, qué vergüenza.

—Estuvo todo muy lindo, podemos ir algún otro día juntos, ya que no pudimos salir esta vez. ¿Qué te parece?

—Me gustaría mucho, hace tiempo no te saco a bailar. Extraño ver cómo tus caderas se mueven —me roba una sonrisa.

—Te extraño, Liam.

—Lo sé, bonita, lo sé; siempre me lo recuerdas. ¿Sabes de qué tengo ganas?

—¿De qué tienes ganas?

—De besarte mucho, mis labios piden tocar los tuyos.

Algo que siempre destaqué de Liam fue su manera tierna de expresarse conmigo. Desde que lo conocí vi en él tanta amabilidad, tanta compresión, tanta ternura en toda su personalidad que esas fueron algunas de las cosas que me hicieron caer rendida a sus pies. Y ni hablar de lo guapo que es...

Las siguientes dos horas, después de prepararme algo para comer me dedico a organizar mi departamento. Sé que no hay mucho que hacer, casi todas las cosas están en su lugar y el piso también está impecable, pero aun así quiero volver a trapear. Siempre me consideré una mujer limpia, bueno, a veces no tanto, pero por lo general, ordenada.

Comienzo con mi habitación: paso el plumero por los muebles y cambio las sábanas de la cama mientras una canción suena en mi celular. La ropa está ordenada en su totalidad, así que no tengo que preocuparme por eso. Continúo barriendo el pasillo y la cocina. Reviso que el baño esté en orden y finalizo trapeando todo el piso de las habitaciones mientras lavo la poca ropa que estaba sucia.

La puerta es golpeada y mis piernas se ven obligadas a tener que caminar hacia la entrada a ver de quién se trata. Tengo la opción de no hacer ni un ruido y quedarme en donde estoy para fingir que no hay nadie; es sábado y estoy hecha un desastre, no se me apetece recibir a ningún ser humano.

Me saco los guantes de goma y los dejo sobre uno de los muebles.

Seguramente es la vecina que quiere que le regale otro tazón de azúcar para hornear galletas como todos los sábados se dedica a hacer.

Espío por el agujero de la puerta y me pongo nerviosa apenas lo veo.

No puede ser... ¿qué hace Gastón tras esa puerta? ¿Cómo sabe dónde vivo?

Bien... La mejor opción será no abrir.

La puerta vuelve a ser golpeada instantes después y un repentino sentimiento de culpa me llega a la consciencia. Él se ha tomado el tiempo de venir aquí y yo ni siquiera tendré el mínimo gesto de amabilidad de abrirle la puerta.

«¿Por qué vas a comportarte así, Brisa?»

Esa presión insistente en el pecho aparece para no dejarme tranquila.

Tomo aire y lo suelto.

Cuando abro, el olor a su perfume llega hasta mis fosas nasales y aspiro el aire con placer. Es un aroma tan delicioso que me gustaría robarle el perfume que tiene y quedármelo para mí. La sonrisa que me regala es nerviosa, pero a la vez tiene un toque de seguridad. ¿Es posible esa combinación?

Se acaricia la nuca.

—Hola, Bri.

Le sonrío con clara inquietud y me enriedo el cabello con ganas de cerrarle la puerta en la cara. No creo que haya sido buena idea abrirle, aunque yo no quiera, mi cuerpo se está encargando de dejarle en claro a Gastón que su presencia en la puerta de mi casa implica que yo me quede muy incómoda.

No estoy acostumbrada a sentir tanta presión, de hecho, hace mucho que no tenía esa sensación. Ya demasiado tuve con lo de anoche, no sé si estoy preparada para tenerlo cerca de mí otra vez.

—Hola —esbozo una sonrisa y me acuerdo otra vez de mi horrible aspecto. Ni siquiera me bañé... Mierda, no es que quiera verme bien para gustarle, pero quiero estar presentable.

—Pasaba por aquí y me tentó subir a visitarte.

Mis cejas se fruncen y asiento sin entender muy bien lo que está pasando. ¿Cómo es que él supo en qué edificio, en qué planta y en qué número vivo?

—Perdona, ¿cómo supiste encontrarme?

—Tu amiga... ¿Stefanía? —duda.

—Sí.

—Ella me dijo.

La voy a matar.

Definitivamente la voy a matar muy lentamente con mis propias manos. ¿Qué derecho creyó tener ella para decirle a Gastón mi dirección? Stef sabe que en la noche, después de verlo, quise evitarlo a toda costa y, ¿ella va y le dice aquello?

No se salvará de gastar su dinero en helado de limón para mí y menos de la reprimida que le daré.

—¿Cómo se atreve a hacer eso sin mi consentimiento? —divago sin darme cuenta, pero a Gastón no parece importarle mucho.

—Al principio no quería hacerlo, tuve que insistir.

—¿Por qué?

Pone cara de circunstancias.

—Porque sí, porque siento que anoche no pudimos hablar muy bien por todo el ruido, por las personas, por el lugar en sí.

Noto que con disimulo me echa una rápida mirada. Le debo parecer muy fea...

Lo que destaco de anoche es que no había tanta luz, prácticamente las luces que nos alumbraban eran inestables, pues son de fiesta. Hoy me siento muy enfocada, muy expuesta ante sus ojos y no me gusta. Menos con el look que traigo; pantuflas, pijama, una musculosa y el pelo un poco despeinado por tanto agacharme para barrer debajo de la cama.

—¿Puedo pasar?

¿Lo dejo o no?

No es buena idea tenerlo en mi casa.

—No creo que sea buena idea, tengo un desastre que no es apto para los ojos de nadie, de verdad.

—A mí no me importa, no me voy a fijar en eso; quiero conversar contigo un rato para ponernos bien al día.

—Es que de verdad hay un... —me vuelvo a excusar, pero termino por soltar un suspiro y acepto. Tengo que valorar que se ha tomado el tiempo de venir a verme. Solo será esta vez y después no volveré a verlo porque seguramente se irá a filmar una película a otra parte. La vida de los que se dedican a la actuación es así—. Pasa —le dejo un espacio y se adentra con una sonrisa.

—Dios, sí, qué desastre —bromea viendo la impecabilidad que dejé y se voltea a verme.

No respondo nada.

¿Qué le voy a decir? ¿Que le estaba mintiendo? Creo que eso ya le quedó bastante claro.

Cierro la puerta pensando en Liam. A mí no me haría ninguna gracia que él se encerrara en el departamento con alguna, intentaré ser lo más breve con Gastón. Después llamaré a mi novio y le comentaré lo de Gastón. O, más bien, lo que puedo hacer es esperar a verlo y conversar mejor con él cuando vuelva. No me gusta mucho hablar por teléfono, prefiero hacerlo en persona.

—¿Quieres que prepare café o té? O te puedo servir agua, jugo... lo que quieras.

—No, gracias, estoy bien. No me quedaré mucho, tengo una cita en un rato.

Siento un cosquilleo raro en la panza.

—Ah, ¿sí? —Le hago una seña para que se siente a mi lado en el sofá—. ¿Quién es la afortunada?

No te metas en sus cosas, Brisa.

—Mi representante.

—¿Tendrás una cita con tu representante? ¿La señora mayor que te representaba cuando aún éramos amigos? ¿Ella...? —lo miro sorprendida—. Asimilo que sigue siendo tu representante.

Niega.

—No, Francescca murió hace un par de años.

Esa primicia me toma desprevenida, no esperaba que muriera tan temprano. Si estuviese viva ahora tendría unos cincuenta y tantos, o quizá sesenta, por lo que, a pesar de ser toda una adulta, fue muy pronto para que falleciera.

—¿Qué? ¿Murió? ¿Qué pasó?

—Poco después de que me fuera a Inglaterra le diagnosticaron cáncer de hígado, la terminó matando tres años después.

Qué horrible. Seguro que él la pasó mal por un tiempo porque era una mujer muy amable y que quería mucho a Gastón y, por consiguiente, sé que él a ella también.

—Lo lamento mucho, Gastón.

No sé muy bien qué decir... no soy buena para este tipo de cosas.

—Gracias...

Sonrío amablemente y espero unos segundos para preguntarle alguna cosa.

—Me decías de tu cita...

—Sí, no es una cita de esas, solamente es de trabajo.

—Ah...

—Qué raro que no vea cajas... —mira a su alrededor.

—Perdona, ¿qué?

—Digo, anoche me comentaste que te estabas por mudar.

Mierda.

Ya me había olvidado de eso.

El calor comienza a subir por mis mejillas con rapidez y sé que él lo nota. Intenta ocultar una sonrisa, pero para ser actor le sale mal. Solo hace que mi nerviosismo vaya en aumento. Ya de por sí su presencia cerca de mí me da la sensación de estar encerrada en una habitación diminuta.

—No tienes por qué sentir vergüenza, entiendo que lo de vernos fue una sorpresa grande para ti porque para mí también lo fue.

¿Cómo puedo remediar la mentira? No parece molesto, tampoco tiene por qué porque no es para tanto, pero ya sabe que anoche pronuncié mentiras y ahora me da cosa mirarle a la cara.

—No te mudas, ¿verdad?

Suspiro otra vez.

«Eso te pasa por mentir, Brisa.»

—No... —niego con la cabeza. Me mira con aparente diversión.

—O sea que me mentiste... ¿por nerviosismo? ¿No querías que viniera a tu casa?

Era mejor si no abría la puerta.

Voy a matar a Stef. Pienso en ahorcarla o pegarle una cachetada.

—¿Cómo conseguiste este departamento? —pregunta cuando ve que no sé qué responder. Sus ojos penetran los míos seductoramente, y me intriga saber si es con intensiones o si solo es un acto de pura inconsciencia.

—Lo alquilamos con mi novio hace un par de años.

—¿Tienes novio? —eleva las cejas. Parece que mi comentario le ha tomado por sorpresa.

Afirmo con la cabeza.

Gastón frunce levemente las cejas, no se da cuenta de ello, pero yo no lo dejo pasar en mi mente.

—¿Desde hace cuánto?

Esa es una pregunta que mucha gente me ha hecho y a la cual suelo responder con un gran orgullo. Las relaciones de pareja suelen ser más complicadas cuando hay convivencia, pero por suerte nosotros siempre supimos llevar las cosas de buena manera y tratarnos con el respeto que ambos nos merecemos.

—Casi siete años.

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