Capítulo 5 Capítulo 4
Gastón
Habérmela encontrado después de tantos años no me deja pensar con claridad.
Jamás en mi vida hubiese pensado que volveríamos a vernos después de todo lo que había pasado, que en realidad no había sido mucho, pero que a la vez tampoco había sido poco.
Se había enamorado de mí en la adolescencia y por más que puse de mi esfuerzo para que las cosas fueran como cuando yo no sabía que le gustaba, se podía notar que Brisa no se sentía tan cómoda después de haberla rechazado. Dos días después de graduarme me fui a estudiar a la Universidad de Música y Arte Dramático en Londres (bueno, mejor dicho, a la academia, porque que yo sepa no se considera una universidad) y poco a poco la comunicación se cortó por razones de la vida. En realidad, para verlo desde un punto más realista y no imputar a la vida, fue por nosotros dos. Ambos tuvimos mucho que ver.
Le devuelvo la sonrisa a Liz, quien, después de ver que dejé de bailar con Brisa, volvió a atraerme hacia una mesa pegada a la pared.
—Mis otras amigas no se van a poder creer que te vi. ¡Aún sigo sin caer que estoy hablando contigo! —grita cerca de mi oído y me alejo—. Vuelvo a repetir: amo tu trabajo, eres genial en lo que haces.
Le sonrío.
Me hace sentir halagado saber que a la gente le gusta mi trabajo y que mi esfuerzo y las largas horas sin dormir valen la pena.
—Muchísimas gracias.
Se ríe y bebe de su cerveza para después pasar su brazo por mis hombros.
—Y, esa muchacha de hace un rato, la que te saludó, ¿quién era? —inquiere.
—Una amiga del pasado —ella no tiene que saber eso, no tiene por qué por más que no sea algo que se deba ocultar estrictamente, pero no quise ser grosero y decirle que no es de su incumbencia. Liz ha sido amable conmigo desde que me trajo hacia un costado a conversar y pasar el rato, aunque su gentileza puede deberse a que le gusto por mi trabajo.
No quiero quedar como un presumido, porque no me considero uno y no me gusta tampoco, pero es la verdad.
—Y... ¿planeas hacer alguna película nueva? No sé... ¿alguna de terror? Estaría bueno verte en alguna, como la que salió el año pasado; esa me encantó, la verdad. Pero creo que estaría mucho mejor si estuvieras en alguna romántica otra vez, se te dan demasiado bien esos papeles.
—He estado trabajando en algunas cosas, pero no puedo decirte nada más.
—Ah.
Mis pensamientos vuelan a Brisa una vez más.
Se veía tan linda...
Nueve años y ha hecho un cambio radical. No es que antes no estaba linda, porque sí lo era, pero el tiempo le ha sentado demasiado bien en todos los aspectos de su cuerpo.
Extraño su amistad, debo admitir. Todos aquellos días de pura risa, los sábados de fiesta, los almuerzos en la escuela...
—Oye... —se ríe y se inclina unos centímetros cerca de mi rostro—. Yo no suelo ser así de alocada, tú ya me verás un poco eufórica, pero es el alcohol el que está ocasionándolo, y como sé que la vergüenza que sentiría si estuviera sobria no está presente, debo pedirte algo suuuper, pero suuuperintenso.
¿Sexo?
No sería la primera que me lo proponen estando en un estado de borrachera.
—¿Qué...?
—¿Me darías un beso más?
Suelto una risa, algo incómodo, y sé que, si la luz estuviese encendida en su totalidad, Liz podría ver mis mejillas sonrosadas.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? O sea, estás bien bueno.
Lindo cumplido.
—¿Te molesta si te doy uno? ¿Estás saliendo con alguien?
No. La respuesta es no. No estoy saliendo con nadie desde hace un tiempo, desde que terminé con Tiffany, que fue la última mujer con la que mantuve una relación. A veces, cuando salgo, sí tengo mis momentos con alguna chica que me llame la atención y que quiera pasarla bien un rato, pero eso no cuenta porque han sido cosas de una noche y nada más.
—No, estoy soltero.
Me sonríe de una forma pícara y se acerca a mi boca para besarme. El beso, en un principio, es lento. Pero en cuestión de segundos va trascendiendo a un contacto de lenguas más intenso y exquisito. La atraigo hacia mí y la siento en mi regazo para luego tomarla de la nuca y aprisionarla más en mi boca.
Sabe besar y me siento excitado con ella, pero no siento que quiera llegar más allá. Y lo digo porque su mano ahora está conduciéndose lentamente hacia mi parte baja.
Le tomo la mano cuando llega al cierre de mi pantalón.
Se vuelve a reír y gimotea.
—Besas tan bien, Gastón.
—Lo mismo digo.
—¿Podemos ir a otro lado? Uno más privado. Tengo mi auto, y mi casa no está tan lejos de aquí... —propone.
Paso.
En otras ocasiones hubiera dicho que sí, pero, aunque me sienta un poco estimulado, no se me apetece hacerlo, menos con alguien que no está en todos sus sentidos. Y tampoco quiero acostarme con muchas mujeres en una semana. He estado con una el martes y con otra el miércoles, obviamente sin relación alguna, solo fueron chicas a las que conocí en un bar al que fui y bueno... el resto es historia.
—No, lo siento, ya va siendo hora de irme a casa, mañana tengo que hacer unos trámites.
En parte se lo digo para que no me insista, pero, por otra parte, lo hago porque la cabeza está empezando a dolerme.
No debí tomar tanto.
Bueno... No es que me tomé veinte tragos, pero sí bebí un vasito de más.
—Es una pena —hace puchero, y sin previo aviso, me vuelve a besar alocadamente. Le sigo el juego un ratito más, y otra vez en la noche, su boca baja hacia mi cuello para besarlo, pasar su lengua y succionar. Cierro los ojos un momento y siento que me muerde mucho más fuerte de lo que llegué a esperar—. ¿Seguro que no puedes? —intenta volver a tocarme, pero la detengo a tiempo.
—Seguro.
Me sonríe y le pido que se levante de encima para yo poder pararme.
—Me gustó conocerte —digo.
—Espero que nos volvamos a ver —responde—. ¿Te puedo dar mi número? ¿Lo aceptarías? —se bebe todo lo que queda en el vaso de un sorbo.
Asiento.
—Ven —la tomo de la mano.
—¿Adónde vamos? ¿Cambiaste de opinión e iremos a mi casa?
La coloco delante de mí mientras la tomo de los brazos y la obligo a caminar hacia adelante. Está muy borracha y necesita beber agua para hidratarse. Mañana se va a despertar con un terrible dolor de cabeza... Y yo sé bien qué tan desagradables son.
Opto por no responderle y pido permiso a la gente que bloquea nuestro paso. Llego junto a ella a la barra y pido por favor si me pueden dar una botella de agua.
La siento en una de las mesas vacías.
—Ten, bébetelo todo; lo necesitas, y mucho. Te pasaste con la bebida.
No parece importarle en lo absoluto.
Cómo no.
Como parece darle gracia todo, suelta una risotada demasiado exagerada y me rodea el cuello con su brazo, intentando atraerme a ella, pero la paro cuando estamos a punto de besarnos.
—Bésame. ¡Bésame! —exclama como si su vida dependiera de ello. El alcohol le ha pegado muy mal—. Anda, ¡vamos a mi casa! Te prometo que la pasaremos muy bien —me manosea el pecho y doy un paso hacia atrás.
—No, gracias —me niego—. No puedo, de verdad, y creo que cuando te despiertes en la mañana, si me ves a tu lado dormido, te arrepentirás.
—¿Por qué? —ríe—. ¿Eres feo mientras du-duermes?
—También, pero me refería a que estás ebria, no piensas con claridad y en la mañana te puedes arrepentir de que lo hicimos.
—¿De verdad te crees que me arrepentiría de estar con alguien como tú? ¡Eres famoso, hombre!
Sí, puede que lo sea, pero no me gusta que me digan que lo hacen conmigo porque soy famoso. He escuchado eso en casi todas las salidas a boliches que tuve.
—Anda, bebe el agua.
Gira la tapa de la botella y empieza a tomar de a poco.
—Te acompaño con tus amigas.
No protesta y se levanta de la silla para luego aferrarse a mi brazo. Mientras llegamos a destino, busco a mi compañero de parranda con la mirada y me lo encuentro a lo besos con una muchacha.
—Cuiden que no haga ninguna locura, está un poco mal. Podrían llevarla a casa —le digo a una de las chicas que Liz me presentó.
—La cuidaremos, de igual manera, creo que ya nos iremos a casa. —Asiento. Puede que no conozca a Liz en lo absoluto, pero quiero que esté bien. Su estado de sobriedad no existe y me preocupa lo que puede llegar a pasar si no la cuidan.
Saludo con la mano a las demás.
—Adiós, Liz. Cuídate, ¿sí?
Asiente sonriente.
—Tú también. ¡Y haz más pelis de amor y terror!
Río levemente y asiento otra vez.
Hacer eso no depende solo de mí, sino también de si a los productores les gusta mi trabajo y me ven adecuado para un personaje cualquiera. Pero ojalá pueda cumplir con lo que Liz me pidió. Estaría bueno mantenerme más ocupado en lo que me gusta y no tan apagado por los problemas que me rodean en la actualidad.
Me voy en dirección a Max, pero ver a Stef, la amiga de Brisa, me hace cambiar de rumbo.
—¡Eh! ¡Stef! —le grito, pero no me oye. Se acerca a una mesa y saca un bolso colgado en la silla. Yo me apresuro a llegar a ella—. ¡Stef!
Capto su atención y me sonríe cuando estoy frente a ella.
—¡Hola otra vez!
—Hola, sí. Te quería pedir un favor.
—¿Un favor?
—¿Me darías su dirección? Me harías un gran favor, me gustaría poder contactar con ella mañana. Dijo que se le rompió su celular y que se va a mudar, pero yo no le creo. Pienso que sería lindo ir a visitarla, y si no le gusta la visita, entonces no volveré a molestarla ni le pediré su número.
—Eh... —duda, y mira hacia los costados—. Mira, no puedo dártela porque es verdad todo lo que te ha dicho y...
—Soy actor, puedo reconocer a una persona que miente; es una ventaja de llevar mucho tiempo en el ámbito teatral —interrumpo.
Se encoje de hombros.
—No te la voy a dar.
Alzo mis cejas.
—¿Por qué no?
—¿Por qué? No hay por qué.
—Debe haberlo —replico—. Puede que no confíes en mí, pero no soy un violador ni un acosador, lo prometo.
—Sé que no...
—Entonces... ¿me la das?
—¿Para qué la quieres?
Muchas preguntas, pero es entendible.
—Ya te lo dije; quiero hablar con ella.
—Si no te la quiso dar es por algo.
—Sí, se puso nerviosa, lo noté —respondo, y Stefanía se cruza de brazos.
—No sé, Gastón...
—Por favor... —suplico—. No la he visto y no he hablado con Brisa durante nueve años, y verla aquí me ha dejado muy nostálgico.
Sopesa detenidamente mientras me observa. Se dedos palmean su brazo y algo en mí dice que si le insisto aceptará. Ya parezco estar convenciéndola.
—Por favor... Te lo agradecería muchísimo, y puede que Brisa también.
Rueda los ojos.
—Bien, pero no le digas que fui yo.
Y entonces, cuando me pregunte, ¿a quién voy a responsabilizar por dármela?
De todas formas, opto por quedarme callado.
—Saca tu teléfono y escribe, es un departamento —ordena.
—Gracias, de verdad.
—Ajá —finge decirlo de mala manera, lo sé porque la engancho ocultando una sonrisa. Espera a que saque el celular para dictarme la dirección en donde Bri vive. Cuando lo hace, le vuelvo a agradecer. Se despide y se cuelga la cartera para irse de aquel sitio.
—¡Me voy a casa, Max! —le grito—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas y después te vas en taxi?
Deja de besuquear a su conquista y me grita que sí, que luego nos veremos. Me despido y me voy hacia la salida para caminar hacia mi auto.
Fue una noche tranquila, pero a la vez, también alocada.
