Destinados

Download <Destinados> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 2 Capítulo 1

Brisa

Termino de cepillarme el cabello y me doy un vistazo en el espejo.

No me gusta.

Definitivamente el vestido que mi mejor amiga me prestó no me queda en lo absoluto. Se ajusta a mi cuerpo, pero siento que el color no me va. No es para mí. Me lo tengo que quitar.

El celular suena repetidas veces y tengo por seguro que es Stefanía quien no deja de apresurarme. Cuando me vea sin su vestido apuesto a que me va a decir algo, no me cabe duda alguna.

Deslizo los tirantes de la prenda y bajo el cierre que está en la espalda. Me lo quito y, en corpiño, bombacha y zapatos altos me voy hacia el armario en busca de qué ponerme. Eso es un dilema grande, porque el día de ayer, cuando planeamos con Stef salir a bailar para no aburrirnos el fin de semana y para disfrutar los últimos días de vacaciones, me fijé entre mis prendas de salir qué era lo que me pondría y no me decidía por nada. Todo tenía algo que no me convencía. Hace un largo tiempo que no voy de compras, por ende, los vestidos dejaron de entrarme. Hasta hace un tiempo mi cintura era bastante delgada, mucho, a decir verdad, pero después empecé a tomar un poco de forma, a rellenarme un poquito más.

Me sorprende el cambio cada vez que miro fotografías de cómo era en el pasado y me comparo con lo que soy ahora. Antes estaba demasiado flaca. No por nada me apodaban "tabla de planchar" en la secundaria.

A regañadientes me decido por un vestido negro. Es corto, pero al menos con ese no tengo tanto riesgo de que se me vea la cola. Me lo pongo con toda la paciencia del mundo, pero me apresuro cuando recuerdo a Stef gracias a los ochocientos mensajes que se está encargando de enviarme en este momento. Le quito el sonido y opto por responderle.

10.17 p.m.

B: Ya bajo, espera un momento. No me apresures tanto.

S: La fila será larguísima si vamos a tu paso.

Ruedo los ojos y me vuelvo a mirar en el espejo. Ahora me siento más conforme, un tanto incómoda por lo corto, pero más conforme.

Tomo mi bolso de la mesita de centro y me encamino hacia la salida. Cierro la puerta con llave y me voy directo al ascensor. Cuando ya estoy fuera del edificio diviso el auto de Stef cerca de donde me encuentro. Me toca bocina hasta que llego a destino y siento un poco de vergüenza ante su alocada acción.

—Pesada.

—Pesada, tú —responde cuando me subo al auto.

—A veces me haces pasar vergüenza. ¿Viste cómo miraban las personas a tu dirección?

—No me importa, la verdad —se encoge de hombros y observo su atuendo.

—Te ves bien.

—Tú igual, a pesar de que no lleves el vestido que te presté. Espero que con eso no se te vea la cola. Procura mantenerlo abajo cuando estemos bailando, no querrás que todos se te queden viendo.

—A Liam no le gustaría verme con algo tan cortito —recuerdo, y saco el celular para mandarle un mensaje.

—Obvio que no, y como no está, mi labor es protegerte como él lo haría si se pasan de vivos.

—¿Cómo lo haría él? Liam no es agresivo.

—Pienso que si te miran descaradamente sí reaccionaría diferente a como lo sueles ver.

—Y, ¿qué insinúas? ¿Golpearás a quien se me quede mirando?

—No, primero diré las cosas amablemente, pero si no funciona...

Ladeo la cabeza hacia ambos costados. A pesar de ser unos años más chica que yo, parece tener el carácter mejor desarrollado.

10.53 pm.

B: Hola, amor. Ya estoy con Stef camino a la discoteca. Te extraño. No sé de ti desde hace un rato. ¿Cómo estás?

Espero ansiosa una respuesta de su parte, pero opto por guardar el móvil cuando me doy cuenta de que no me contestará. Hoy se cumple exactamente una semana desde que no lo veo. Se fue a Nueva York a arreglar asuntos pendientes que tiene con su empresa familiar (algo que suele pasar muchas veces al año), y no volverá hasta dentro de unos días. Yo pude haber ido con él a visitar a mis papás y mi hermano, pero si iba nuestra vuelta sería hasta días después de que las clases en la universidad comenzaran, así que él entendió que no me parecía buena idea empezar el último año perdiéndome los primeros días. Claro que pude habérmelas arreglado para regresar antes y sin él, pero nunca me agradó el tener que viajar yo sola. Odio los aviones y claramente sería mucho viaje si voy en auto recorriendo las ciudades hasta llegar de nuevo a Los Ángeles, California. Cabe aclarar que no tengo la licencia de conducción y que los autobuses tampoco me gustan.

Cuando me mudé a Los Ángeles tuve que tomar la decisión de ir en avión si quería llegar rápido y no pasarme un largo viaje encerrada en un auto, pero la diferencia fue que estaba acompañada, y eso me dejaba más tranquila. Pero si volvía sola no iba a tener a nadie conmigo que me calmara durante el vuelo. Demasiados dilemas, lo sé.

Mi hermano dice que tengo complejo de reina.

—¿Hace cuánto que no hablas con él?

—Desde la mañana. Dijo que estaba ocupado, pero pensé que para estas horas ya estaría libre.

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Nada.

—¿Segura que nada? —indaga.

—Solo quiero saber si está bien.

Estacionamos el auto un poco alejadas del club y nos disponemos a caminar hasta llegar a la entrada. Definitivamente hay mucha fila y nos llevará un rato lograr entrar. El lugar por fuera se ve demasiado bien, es llamativo y las luces que iluminan toda la vereda y un poco de la calle le dan un toque aún más atractivo. La música se oye muy fuerte desde afuera, no me quiero imaginar cómo de aturdida voy a quedar cuando entremos. El barullo que emite la gente de adelante y detrás de nosotros apenas me deja oír lo que Stef me quiere decir.

—¡¿Qué dijiste?! —acerco mi oído.

—¡Que el lugar está genial!

Asiento y sonrío.

Siento que me voy a divertir, pero sería más lindo si Liam se encontrara conmigo.

Dios.

De verdad lo extraño.

La fila va disminuyendo y nos va acercando más a la entrada. Cuando nos encontramos frente a los de seguridad le entregamos las entradas y nos abren paso al club. Siento la música hasta dentro de mi cuerpo y el ritmo ya me da ganas de moverme a lo loco. La última vez que salí fue hace casi dos meses, así que extrañaba mucho el ámbito de un baile.

Pero todo lo bueno a veces tiene su lado malo y lo que a mí no me gusta para nada es que en fiestas así la gente te empuja y está muy pegoteada a tu alrededor por la falta de espacio. En ciertas ocasiones puede ser un poco sofocante e incómodo, sin mencionar que algunos babosos llegan a manosearte y se van de lo más tranquilos porque ante la oscuridad y la cantidad de personas no se puede detectar bien quién fue el causante del acto que te da repudio.

—¡Sí, extrañaba esto! —grita estirando sus brazos hacia arriba. La imito y doy pequeños saltitos en mi lugar junto a ella, pero me detengo cuando siento que, si sigo, el tacón se doblará y yo caeré al suelo. Eso conllevaría a que me quede descalza para emparejar mi postura, y ni en sueños pienso hacerlo porque eso sería recibir pisoteadas fuertes.

—¿Qué trago tomaremos hoy?

—¡No sé! ¿Qué quieres tomar?

—¿Qué recomiendas?

—Vodka, tequila, sexo en la playa, cerveza —enumera con los dedos, y cuando quiere continuar, la detengo:

—¡Vodka!

—¡Esperaba que eligieras eso! —me toma de la mano y me guía hasta la barra. Mientras esperamos que nos atiendan canto a todo pulmón con Stefanía y observo a mi alrededor. Hay demasiada gente por todas partes, muy pocos lugares son los que tienen algún que otro espaciosito libre. Algunos bailan solos y algunos tienen el trasero de una chica pegados a ellos. Veo muchos saltos y empujones; risas y coqueteos; borrachos y sobrios, y todo lo que puedes encontrar en un club.

Cuando me doy la vuelta para ver a mi amiga le encuentro haciendo su pedido al barman. Éste asiente y nos sirve dos chupitos. Sonrío en modo de agradecimiento.

—¡A la cuenta de uno, dos y...! ¡Tres! —avisa, cierro los ojos y nos tomamos el trago con rapidez. Siento una quemazón familiar recorrer mi garganta y bajar hacia mi estómago.

—¡Estuvo bastante fuerte!

Concuerda y pide otra ronda más. Cuando vaciamos los pequeños vasitos nos vamos a la pista de baile con una cerveza para cada una y empezamos a bailar como dos locas que hace mucho tiempo no salen a mover el cuerpo. Me estoy divirtiendo mucho, pero sigo pensado que la noche sería más entretenida si Liam estuviese conmigo.

—¡Te están mirando! —comenta, y con muy poco disimulo señala a un chico rubio (o castaño) que me mira desde la barra mientras se toma tranquilamente una cerveza. Su aire a chico malo me da mala espina y decido apartar la mirada y seguir en lo mío después de apartarle la mano a mi amiga para que deje de apuntar.

Maleducada.

—¡Aquí viene!

—¡Haz lo que tengas que hacer para ahuyentar a la carne no deseada!

Me guiña un ojo y yo a ella. Estaré dispuesta seguir su juego para sacar al chico de mi vista. No quiero ser mala ni nada, pero no tengo ganas de que nadie se me acerque para coquetear. Tengo novio desde hace años y no soy de las que salen y miran a muchachos mientras su novio está en su casa o el algún otro sitio. Yo siempre respeté y respeto a mi pareja y me siento muy orgullosa de decir que nunca le fui infiel a los dos novios que tuve en mi vida.

—Hola, linda —su mano me rodea la cintura y sin poder evitarlo me tenso bajo su indeseado tacto. ¿Qué se piensa?—. ¿Te gustaría bailar conmigo un rato?

—Lo siento, pero no —respondo, e intento quitar su mano de mi cintura pero no lo permite. Su cercanía me provoca disgusto y su aliento a alcohol me desagrada a niveles agigantados. Está borrachísimo.

—Al menos una canción, ¿sí? —arrastra las palabras y sonríe. El tipo debe tener al menos unos treinta años, o quizá un poquito más.

—No, amigo —se mete Stef—. Ella es mi novia, así que ve a buscar a otra a quien mirar, ¿de acuerdo?

Mis ojos se abren como platos al oírla hablar.

—¿Eres su novia? —me pregunta, y Stef me da un golpecito leve en el brazo.

—Sí, es mi novia. —Él me suelta, y me siento libre por fin. No es que me sentía desesperadamente acorralada, pero sí que no me gusta que me toque alguien que no conozco.

—Disculpa —pide.

—No te preocupes —respondo y contengo la risita hasta que se marcha de nuestro lado.

—De nada —se ríe la rubia e imito su acto mientras mantenemos las miradas fijas en aquel hombre.

—No me puedo creer que se la haya creído.

—Yo tampoco, te juro que su presencia me puso nerviosa —se acomoda el cabello hacia atrás—. Voy por otra cerveza, ¿quieres una más?

Me termino lo poco que me queda de la bebida en un solo trago y asiento. Me quita la botella y me dice que la espere en el mismo lugar en donde estoy parada ahora mismo. Río cuando la veo empujar a un par de hombres para abrirse paso entre ellos. La pierdo de vista segundos después.

Esa cerveza que traiga será la última o terminaré ebria.

Aprovecho y saco el celular.

Me siento aliviada al ver un mensaje de mi chico. Es de hace un par de minutos.

11.39 p.m.

L: Hola, mi amor. Estuve muy ocupado, perdóname. Estoy bien. ¿Tú cómo estás? Espero te la estés pasando de la mejor manera. Te amo mucho, princesa.

11.49 p.m.

B: Me alegra volver a saber de ti. Estoy bien, disfrutando de la noche con Stefanía. Te amo. ¿Puedo llamarte al llegar a casa?

11.50 p.m.

L: Puedes llamarme siempre que quieras.

B: Te extraño.

L: No más que yo.

Con una sonrisa guardo el teléfono en el bolso. Es incómodo bailar con la cartera puesta, pero me niego a dejarla en algún sitio en donde puedan meterle mano y sacarme alguna cosa. No me voy a arriesgar a un robo.

Stef aparece sonriente y con dos botellas en la mano.

—¡Me las dieron gratis!

—¿Por qué?

—Parece que le gusté al barman —dice triunfadora. Formo una sonrisa pequeña y tomo un sorbo.

Un par de chicas empiezan a bailar cerca de nosotras. Stef las mira moverse y suelta una pequeña risa por lo borrachas que están. La reprendo por burlarse, pero me dice que no lo hace de mala, que solo le ha causado un poco de gracia. Cuando menos nos damos cuenta ambas estamos bailando y cantando con el grupito, al principio se me hace algo raro e incómodo, pero me termino acostumbrando y soltando. No sabemos nuestros nombres ni nada, pero aun así unas de ellas nos alienta a que nos saquemos todas una foto y a que brindemos por el nuevo año escolar. Supongo también deben ser universitarias.

Al rato volvemos a separarnos como si en ningún momento hubiéramos bailado y cantado juntas.

—No me gusta estar tanto en el rincón, vamos más para el medio —se queja Stef, y cuando quiero negarme, ella pasa por mi lado para irse.

Ruedo los ojos e intento seguirla, pero algo (más bien alguien) me estropea el paso de una manera brusca. El choque es contra algo firme, algo musculoso. Sus manos me toman con fuerza de los brazos para evitar que me caiga cuando, con un mal paso, a uno de mis zapatos se le quiebra un tacón.

Me quejo por lo bajo. Lo último que quería que me pasara me pasó. La próxima usaré otra cosa en los pies. Lo bueno que puedo sacar de esto es que ahora los pies no me dolerán tanto. Bueno, a no ser que me pisen.

Mis ojos se detienen en su camisa blanca y me doy cuenta de que le he derramado cerveza. De pronto siento que mis dedos están algo húmedos y sacudo la mano para quitar las gotas de alcohol que me empapan.

—Ay, mierda, perdón. Lo siento, lo siento, lo siento —me disculpo con rapidez, intentando con la mano libre secar su camisa. Es obvio que no voy a secar nada, pero como me siento mal por ensuciarlo y ser la que le provoca olor a cerveza en el cuerpo, algo tengo que hacer. Eso me pasa por no tener cuidado. Aunque la culpa no fue toda mía, a decir verdad—. No me fijé por dónde iba.

—No tienes de qué preocuparte —alza la voz.

Y qué voz.

La mente se me llena por completo de recuerdos. Un aire me recorre el cuerpo entero y voy subiendo lentamente la mirada hasta encontrarme con los ojos color avellana que una vez me volvieron completamente loca.

La punzada que siento en el pecho cuando me sonríe sorprendido e incómodo no es para exagerar. Me lleno de sentimientos encontrados, me vuelvo a sentir pequeña ante su alta estatura y chiquita por la vergüenza.

¿En serio?

De los millones de habitantes que están sobre la Tierra, ¿tuve que chocar justo con él?

Siento que el ruido de nuestro alrededor se acalla, siento que mis pensamientos y recuerdos amortiguan cada sonido del exterior y me pongo a observarlo con muy poco disimulo. Quizá, en otra ocasión, trataría de ser un poco más cuidadosa, pero ahora en lo único que me preocupo es en escanearlo.

Nueve años enteros sin verlo y sin saber de él, y ahora está frente a mí.

—Hola —leo en sus labios.

—Hola —levanto la voz.

—Yo... —se desacomoda el pelo—. Estoy muy sorprendido de verte.

Apoyo todo mi peso en mi pierna derecha para no demostrar que me quedé renga por un estúpido tacón. No quiero agacharme a sacármelo hasta que no me siente en alguna mesa que esté vacía. La última vez que salí y se me rompió un tacón, cuando me incliné hacia abajo para quitármelo, un culo chocó contra mi cara y caí al piso por el ímpetu de aquella persona borracha que ni siquiera se dio cuenta de lo que había pasado. Fue desagradable.

—Igual —respondo con ganas de salir corriendo. Tengo el corazón disparatado a mil. Quién iba a pensar que realmente el mundo es tan pero tan pequeño al ser tan pero tan grande—. ¿Qué hace alguien de tu clase aquí?

Gastón es un reconocido actor. Comenzó su carrera a los diecisiete años, cuando realizó un casting en Nueva York y salió elegido para el personaje protagónico semanas después. Cuando terminó el instituto a los dieciocho empezó a ganar más notoriedad en Inglaterra después de empezar a estudiar actuación, donde trabajaba en algunas obras de teatro, según lo que me había enterado. En ese entonces nosotros ya no hablábamos casi nada (para no decir que no hablábamos nada), pero me enteraba por mi madre y mi abuela y la chismosa de mi tía. Su pasión empezó a crecer aún más y fue ganándose en poco tiempo papeles para series y películas muy conocidas. Después, para agregar menos tiempo a su agenda y más dinero a su billetera, comenzó a hacer varios trabajos como modelo de ropa. Es toda una celebridad.

—Quería salir.

—Pero, ¿por qué aquí? Eres muy famoso, ¿ustedes no tienen alguna clase de fiesta privada todos los días? —pregunto.

Ríe, y juro que me quedo embobada. Otra emoción reencontrada, pero es algo que será ignorado y quedará bajo llave en la puerta de los malos recuerdos.

—No es así como piensas —contesta—. Quería salir a bailar, a distraerme un poco, ¿sabes? Los malos tiempos requieren de distracción.

—¿Por ella? ¿Por las cosas que se dicen de ti?

Me mira y esconde una mueca, pero falla en el intento. Di justo en el clavo.

Pero eso fue imprudente.

—Por ella, sí, pero mejor no toquemos ese tema —pide con seriedad, haciéndome sentir incómoda.

Una vez, hace unos tres años, cuando me senté en el sofá del departamento a ver televisión para matar mi creciente aburrimiento, empecé a hacer zapping y me encontré con una noticia que me dejó totalmente sorprendida: Gastón se iba a casar con aquella rubia de la que una vez yo había estado celosa. No sabía que seguían juntos, en realidad, después de un tiempo, cada que me topaba con alguna noticia relacionada con Gastón apagaba la tele, miraba para otro lado, cambiaba de canal, apagaba la radio, cerraba la revista, o lo que fuera. Pero no quería saber de él porque me traía recuerdos de una etapa muy dura para mí.

Durante casi diecisiete años, él siempre había estado para mí en todo lo que necesitaba. Éramos todo juntos. Pero con la distancia y mi confesión todo quedó en la cuerda floja. Ya no se sentía lo mismo y perdimos esa unión tan linda que desde pequeños habíamos creado. Superar que la amistad estaba rota fue duro, lo extrañaba mucho y, ahora que estoy más grande y más madura, entiendo que, de haber puesto un poquito más de lo dos, hoy quizá seguiríamos siendo amigos.

Ese día en que me enteré de la primicia, había sido muy tarde como para cambiar de canal rápidamente: aquello me había llamado la atención en todos los sentidos.

Sofía es mala, siempre lo dije y siempre lo diré. No la conozco y nunca la llegué a conocer verdaderamente, pero mi instinto me lo dijo en todo momento y sabía y sé que no estaba ni estoy equivocada.

«¡¿Se van a casar?!», pensé, e inconscientemente estaba haciendo una mueca y negaba con la cabeza. No entendía cómo Gastón podía estar tan ciego. Literal que pensaba que ya no estaban juntos, pero como ya comenté, no me tomaba el tiempo en confirmarlo porque evitaba su presencia en donde fuera.

Supongo que en eso nunca llegué a madurar. Mi sentimiento de nostalgia nunca lo hizo. Pero no me importa porque así me sentía mejor.

La maldita se había quedado con él durante años y estaban por llevar su relación a otro nivel. Y así fue, lo hicieron: se casaron.

Pero no duró nada.

Al poco tiempo de casarse, quizá unos siete meses después, se separaron. La noticia del divorcio salió en todas partes y era imposible que no me enterara de eso porque, literalmente, las chicas que se consideraban fans de Gastón hablaban de eso en la universidad.

Me sentí contenta de saber que, por alguna razón, esa relación se había desmoronado por un motivo que no se dijo hasta un tiempo después, pero también me sentí mal porque sabía que, a pesar de que no nos hablábamos hacía años, Gastón la quería mucho a ella, y él estaba sufriendo algo muy doloroso.

—Está bien, perdona, no debí meterme en eso. Es muy personal.

La razón de la separación fue por infidelidad. Gastón la culpaba a ella, pero Sofía lo culpaba a él de lo mismo y, siendo la maldita perra que siempre supe que era, también le dijo a todo el mundo que Gastón la golpeaba y que era un borracho.

Cuando la escuché hablar de eso me entró una rabia tan enorme en el cuerpo que casi tiro el televisor nuevo por la ventana. La quise matar por ser tan mentirosa. Está bien, yo no sabía nada de nada, pero estaba segura de que Gastón no le pegaba y que no tenía una enfermedad crónica caracterizada por la ingesta descontrolada de la bebida alcohólica. Todo lo que salía de esa falsa eran puras patrañas para mí, y me daba coraje que existieran más personas que le creyesen a ella en vez de a él.

Además, cuando ella comentaba que tenía encuentros con Gastón para solucionar un par de temas, decía que él le pegaba muy fuerte y que a veces perdía el conocimiento, pero que no lo quería denunciar por miedo a lo que fuese a pasar. ¿Cómo puede hablar mierda de alguien que le otorgó muchas cosas? ¿Cómo pudo traicionar así a alguien que la valoraba? Lo peor de todo es que aparecía con la cara sin moretones, y no podía haber ninguna excusa de que usaba maquillaje porque solía aparecer mucho con la cara lavada. Tampoco solía llorar, y está bien, a veces uno no suelta lágrimas en situaciones difíciles... pero, vamos... ahí había y hay cosas muy extrañas. Y lo que aumenta mi enojo es que sigue arruinándolo en la televisión. Sigue hablando mierda y más mierda.

Y le siguen creyendo.

Pero yo le creo a él: Sofía no se conformó con el pedazo de hombre que tenía al lado y buscó un nuevo juguete para divertirse, así iba a poder tener dos. O tres. O cuatro. Quién sabe.

Me sonríe y el calor sube hasta mis mejillas.

—Ha pasado mucho tiempo —comenta, y sin previo aviso, sus brazos me envuelven efímera e inesperadamente que no me da tiempo a responder—. Han sido... ¿ocho? ¿Nueve años?

—Nueve.

Me escanea el cuerpo entero y me pone más nerviosa aún. Qué guapo que está, señor...

—Perdóname por eso —señalo su camisa—. Tengo que tener más cuidado, lo sé.

—No te hagas drama, puede pasar. Y si te hace sentir mejor, yo debí mirar por dónde iba también.

—Eh... ¿Hola? —grita mi amiga, acaparando nuestra atención. Estaba siendo una completa sumisa de mis pensamientos y de lo que Gastón representa en sí, que ni siquiera me acordé de ella.

Acerco a Stef un poquito más a mí.

—Stef, perdón. Él es...

—Soy Gastón —me interrumpe mi ex mejor amigo y le tiende la mano a la embobada de Stefanía. Y sí... Cómo no va a quedarse babeando con lo que tiene en frente.

—Soy Stefanía. Un gusto conocerte —admite con fingida calma y corresponde a su gesto. Uno que perdura con contacto de manos por unos diez segundos. Sé que por dentro debe estar queriendo morirse de la emoción—. Adoro tus pelis.

—¡Gracias! Me pone contento saberlo.

Entre ambos parece haber una química extraña y siento un pinchazo de celos recorrerme. ¿Pero por qué? No tengo motivos para estar celosa en lo absoluto.

Aunque...

Nada.

Mi amiga nos mira a ambos.

Espero no pregunte lo que creo que va a preguntar.

—Oigan, ¿y de dónde se conocen ustedes dos? —indaga.

¿En serio? ¿Tenías que preguntarlo?

Su mirada se clava en la mía, intentado averiguar por qué demonios nunca le dije que conozco a un famoso que ella admira.

Si supieras, amiga, si supieras...

—Éramos mejores amigos —se apresura a contestar él, y noto cómo la cara de Stef expresa sorpresa e incredulidad—, pero la vida nos separó.

Claro.

La vida.

—Sí —respondo, y como venganza del destino por asentir a algo que no es cierto, apoyo mi peso sobre la otra pierna y, por culpa del maldito zapato, me doblo el tobillo y caigo al suelo.

Qué vergüenza.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk