DESTINADOS. Condenada a amarlo.

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Capítulo 2 Confidencial

Valentina

—Se acabaron tus cinco minutos, eres muy lento. Adiós —intenté escapar sin éxito, cuando pasé por su lado decidida a salir corriendo me agarró del brazo y me lanzó nuevamente al sitio donde estaba parada—. ¡Suéltame!, ¿qué te crees? ¿Que por tu metro noventa podrás intimidarme?

—Uno noventa y ocho —me corrigió—. Por cierto, de cerca eres más hermosa.

—Te dije que me sueltes, o voy a gritar —le advertí entre dientes, muy confundida por su actitud.

—Ni si quiera me has dejado explicarte lo que quiero a cambio de tu secreto.

—¡Te dije que no sé de qué me hablas! Mi vida es más pública de lo que me gustaría, ahórrate tus amenazas.

Entonces se rió, mordió su labio inferior y se cruzó de brazos. Ahí pude notar los tatuajes que recorrían sus manos, y al alzar la vista me fijé en otros más dibujados en la piel de su cuello.

—Crucero de Budapest, hace dos meses, los ví y quedé realmente impresionado con la forma en la que ese hijo de puta te hablaba. No era mi intención escuchar, te lo aseguro...

Mientras hablaba me dejaba cada vez más confundida. «¿Se estaba disculpando por haber escuchado una pelea entre yo y mi esposo hace tanto tiempo?».

—¡¿Y eso qué, Thompson?!

—No puedes estar con un hombre así aunque te hayan obligado a casarte, y te daré tres días para que te des cuenta de que lo yo puedo ofrecerte es muchísimo mejor.

—A mí nadie me ha obligado a nada —refuté, aunque por dentro ya había aceptado que él sí sabía—, y tú no puedes ofrecerme nada que no tenga.

—¿Qué necesita tu padre, de qué cantidad estamos hablando? Yo pago.

Y lo más increíble de todo fue que me sonrió despues de decirlo. ¡Me sonrió! Como si fuera una puta broma.

—Eres un... No tienes idea del lío en qué te vas a meter si me tocas un pelo. Mi esposo es...

—Un mierda que solo te usa para lucirte en la sociedad y jactarse de estar con la mejor abogada de los Estados Unidos. Sí, eso lo sé. Y también sé que es un maldito mujeriego que te maltrata cuando nadie los mira...

No dejé que terminara de hablar, la bofetada que le di fue tan fuerte que los dos tipejos que custodiaban las puertas de cristal hicieron un ademán de entrar, pero Damiano los detuvo levantando una mano.

—¡No sabes nada de mí! ¡No tienes ni idea de mi relación y tampoco tienes el derecho de decir mentiras con tal de convencerme!

—En fin —hizo una pausa, recomponiendo la cara luego del golpe—, tengo que irme, te enviaré mi número de teléfono personal para que me puedas llamar.

—No voy a llamarte —contesté segura, mientras me cruzaba de brazos.

Lo que hizo a continuación no me lo esperaba, de hecho, a penas pude reaccionar. Me tomó el rostro entre sus manos y cuando me di cuenta ya tenía su lengua recorriendo mi boca. Me mordió el labio inferior y susurró, dejándome la piel ardiendo: —Sí lo harás, claro que lo harás.


Seguía sin tener idea de por qué me había besado, y me recriminaba enormemente por no sacar sus labios de mi cabeza. Por primera vez después de cuatro años disfrutaba de un beso sin sentirme obligada a hacerlo. Y su perfume... Demonios, no salía de mi piel.

Por otra parte, me preocupaba mi secreto más grande, y no, no me refería al que me mencionó en el invernadero, sino al que hizo posible que Sebastián estuviese libre, dato que ni siquiera él sabía.

Debía ser muy cautelosa, absolutamente nadie salvo mi representante sabía de eso, y si Damiano Thompson tenía algo más en su poder a parte del conocimiento sobre mi matrimonio arreglado, tendría que enfrentarlo e implorarle que mantuviera el pico cerrado.

Los casos seguían llegándome a espaldas de todo el mundo, llevaba años ocultando mi verdadero trabajo para salvar lo único importante que me quedaba. Me convertí en una especialista de arbitraje y mediación confidencial para el bufete más reconocido del país. Aunque él fuera un brillante político yo no podía pasar de su elegante esposa licenciada en derecho.

Eso era para todos: una licenciada más del bufete, así no opacaba a mi esposo.

Me di un baño como si con eso me hiciera dejar de pensar menos en Damiano, pero al hallarme sola bajo la ducha tuve pensamientos demasiado fuertes como para poder controlarlos. Las manos de él recorrían mi cuerpo mientras su miembro me hacía cosquillas en la espalda baja, direccionándose a esa parte de mí que lo aclamaba... Me regañé unas cuantas veces por eso, pero cada vez que mis ojos se cerraban solo podía pensar en él.

Era frustrante, como un hechizo del que no podía escapar.

La madrugada había consumido las horas y Sebastián aún no cruzaba la puerta. Tomé mi móvil otra vez y mirando el número de Thompson en la pantalla recordé la forma tan particular en la que lo obtuve:

—¡Un brindis por otro año más de vida del senador Richard Vancouver! ¡Chin, chin! —exclamó la hermana del anfitrión de la noche, y todos levantamos nuestras copas para luego darnos un trago.

Yo me bebí toda la champagne de mi copa.

Sin embargo, algo llamó mi atención. En el fondo de la copa había un pedacito diminuto de papel plastizado con unas letras. Me giré hacia la pared más cercana para que mi esposo no sospechara ni nadie me viera hacer algo tan estúpido como meter la mano dentro de una copa de cristal tan estrecha.

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