Despreciada y Embarazada: Los Gemelos del CEO

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Capítulo 7 Firme

¡Crash!

El vaso de cristal estalló contra la pared de la suite del hotel, salpicando whisky costoso por todo el cemento y la alfombra. Ezra Delacroix se quedó de pie, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de pura furia. Tenía los ojos fijos en los vidrios rotos, pero en su mente solo se repetía una imagen.

Ese maldito hombre de la camisa de lino. El moreno.

Cada vez que Ezra parpadeaba, volvía a ver la mano de ese tipo acomodándose en el hombro de Claire. Recordaba la forma tan natural en la que ella se había dejado abrazar, pegando su cuerpo al de él como si fuera su lugar seguro. Él, Ezra Delacroix, el hombre que manejaba imperios y al que todo el mundo le temía, había sido humillado en una acera mugrienta por un don nadie de pueblo.

—Maldita sea... —gruñó, golpeando el puño contra la mesa de noche con tanta fuerza que la madera crujió.

Los celos le quemaban el estómago como si hubiera tragado ácido. No podía soportarlo. Había viajado hasta esa ciudad costera creyendo que lo tenía todo fríamente calculado. Sabía que tenía dos hijos, unos gemelos idénticos a él, y el remordimiento de haberlos dejado crecer en la pobreza lo estaba carcomiendo por dentro. Quería arreglar las cosas, quería llevárselos, darles apellidos, dinero y la protección de su apellido.

Pero nunca pensó que Claire ya tuviera a otro.

Una duda horrible empezó a meterse en su cabeza y a destruirle la cordura.

«¿Ese tipo duerme con ella? ¿Es a él a quien mis hijos llaman papá? ¿Él la toca como yo lo hacía?», pensaba Ezra, sintiendo que la cabeza le iba a estallar de la rabia. La sola idea de que Claire estuviera entregándole su cuerpo y sus sonrisas a ese pueblerino hacía que quisiera quemar el lugar entero. Su orgullo estaba hecho pedazos.

Se acercó al ventanal del hotel, mirando la oscuridad de la noche. Apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Sabía perfectamente que Claire lo odiaba; lo había visto en sus ojos avellana, que antes lo miraban con adoración y ahora solo tenían desprecio. Pero Ezra no era un hombre que aceptara un no por respuesta. Si ese muchacho creía que se iba a quedar con su mujer y con sus hijos, estaba muy equivocado.

Con la mirada fría y fija en la nada, Ezra tomó su teléfono celular. Iba a averiguar quién era ese tipo, qué hacía y cuánto valía su maldita tienda. Usaría todo su dinero y su poder para sacarlo del camino, sin importar si tenía que pasar por encima de las leyes o del propio odio de Claire. Ella era suya, los niños eran suyos, y Ezra Delacroix jamás dejaba que nadie tocara lo que le pertenecía.

El aire de la mañana todavía estaba fresco cuando el taxi se detuvo frente a la casa de la tía Laura. Laura era la tía de Andrew, una mujer mayor y de gran corazón que, al no tener empleo, se ganaba la vida cuidando a los gemelos mientras Claire se iba a trabajar. Se había convertido en la niñera oficial y en una bendición para ellos.

​Claire abrió la puerta del auto y ayudó a bajar a los niños. Los pequeños, emocionados porque les encantaba quedarse con la tía Laura, corrieron hacia el porche donde la mujer ya los esperaba con los brazos abiertos. Claire volvió a subirse al taxi, pagó al chofer y, mientras el auto arrancaba, sacó la mano por la ventanilla.

​—¡Pórtense bien! ¡Los amo! —les gritó con una sonrisa fingida, despidiéndose con la mano hasta que sus siluetas desaparecieron al doblar la esquina.

​En cuanto los niños quedaron fuera de vista, la sonrisa de Claire se borró por completo. Apoyó la cabeza contra el asiento del taxi y soltó un suspiro largo, pesado, lleno de un cansancio que le calaba los huesos. Sabía que no iba a poder descansar tampoco esa noche. Tenía la mente hecha un nudo. Por más que cerraba los ojos, el recuerdo de aquella tarde volvía a su cabeza: esos ojos grises y profundos que la miraban con un deseo oscuro, pero también con algo mucho más profundo que la hacía temblar.

​Era la misma mirada de la que tanto había luchado por escapar durante cuatro años. Cuatro años en los que se obligó a olvidar a ese hombre que la había herido de la peor manera, que había roto su corazón en mil pedazos y la había dejado completamente sola, humillada y tratada como una criminal. No quería volver a saber nada de él. Mientras el taxi avanzaba hacia su trabajo, Claire se aferraba a la tonta esperanza de que, al despertar por la mañana, todo hubiera sido solo una horrible pesadilla.

​Sin embargo, la realidad la golpeó en la cara en cuanto entró a la tienda.

​Al cruzar la puerta de la administración, el rostro de Claire se transformó por completo y la boca se le desencajó del asombro. Había una silueta de espaldas a ella, sentada en una de las sillas de madera del local. El hombre estaba sentado con una elegancia y una comodidad que daban rabia, pero se veía totalmente fuera de lugar. Aquella oficina diminuta y humilde quedaba pequeña en comparación con su aura y su imponente presencia. Era él. No había duda.

​Rachel, su jefa, estaba de pie al otro lado del escritorio con una cara de sorpresa total que mezclaba la emoción con los nervios. Al ver entrar a Claire, la dueña del negocio se quedó un poco confundida por la palidez de su empleada, pero de inmediato le hizo una pequeña señal con la mano para que se acercara.

​Ese movimiento llamó la atención del hombre, quien se giró lentamente en la silla.

​Al ver a Ezra de frente, Claire sintió como si algo se le revolviera en el estómago de golpe. Las piernas le comenzaron a temblar ligeramente y tuvo que sostenerse disimuladamente del marco de la puerta para no dar un paso en falso. Pero el miedo no duró mucho; casi de inmediato, una ola de rabia y odio puro hacia el hombre que estaba frente a ella la hizo ponerse firme.

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