Despreciada y Embarazada: Los Gemelos del CEO

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Capítulo 6 Nosotros

En cuanto cruzaron la puerta trasera de la tienda, el ruido de la calle se apagó, pero la tensión se quedó pegada a ellos. Andrew no soltó a Claire hasta que estuvieron bien adentro del almacén, lejos de cualquier ventana. Sintió que ella estaba temblando, un temblor fino que intentaba disimular apretando los dientes. Los gemelos, asustados por el ambiente, se agarraron de inmediato a las piernas de Andrew. Eran unos niños listos; sabían que ese hombre del traje oscuro no traía nada bueno.

Andrew se agachó un momento, les revolvió el cabello con cariño y les dio unos dulces que tenía en el mostrador para que se entretuvieran en la esquina. Los conocía desde que eran unos bebés de pañales. Los había visto dar sus primeros pasos y aprender a hablar. Para él, esos niños eran su familia. Pero su debilidad, su verdadero motivo para levantarse cada mañana, era Claire.

Mientras le servía un vaso de agua de la jarra, Andrew la miró de reojo. Claire era hermosa, de esa manera que no necesita esfuerzo. Tenía un cabello pelirrojo encendido y unos ojos avellana que llamaban la atención de cualquiera en el pueblo. Andrew había perdido la cuenta de la cantidad de hombres, camioneros y lugareños, que habían intentado coquetearle en la cafetería. Pero ella siempre ponía una distancia enorme, como si tuviera un escudo invisible. Nunca dejaba que nadie se le acercara demasiado.

Él respetaba tanto su privacidad que jamás le preguntó por qué era tan renuente al amor, pero verla tan sola y a la defensiva lo había vuelto muy protector con ella. Andrew sabía perfectamente que Claire valía la pena, que era una mujer increíble y que no merecía a cualquier tipo que solo la buscara por su físico. Por eso, cuando vio a ese hombre pelinegro arrinconándola en la acera, mirándola como si fuera de su propiedad, no dudó en meterse. Quiso romperle la seguridad a ese ricachón. Y vaya si funcionó; Andrew no pudo evitar sonreír internamente al recordar cómo el pelinegro había apretado los puños con pura rabia antes de que ellos entraran a la tienda.

Andrew estaba enamorado de ella. Lo estaba desde hacía años, pero se lo guardaba porque no quería arruinar la amistad y la paz que tanto trabajo les había costado construir. Sin embargo, verla así de asustada hizo que se le revolviera el estómago. Quería cuidarla, costara lo que costara.

—Claire... —emitió el moreno, sentándose en una caja frente a ella y mirándola a los ojos—. ¿Quién es ese tipo? ¿Qué quiere de ti?

Claire tomó el vaso con manos temblorosas y bebió un trago largo. Sabía que Andrew se merecía la verdad después de todo lo que había hecho por ella.

—Se llama Ezra Delacroix —soltó, y el nombre pareció dejar el aire pesado—. Es el director de una de las empresas más grandes del país. Fue mi jefe... y el hombre que me destrozó la vida hace cuatro años. Me acusó de robarle millones de dólares, algo que yo jamás hice. Me echó a la calle en mitad de una tormenta, recién salida del hospital, porque prefirió creerle a unos papeles falsos antes que a mí.

Andrew apretó los dientes, sintiendo una mezcla de coraje y lástima. Al fin encajaban las piezas del pasado de Claire.

—Él no sabía que yo estaba embarazada —continuó ella, mirando de reojo a los gemelos—. Esos niños son suyos, Andrew. Y ahora que me encontró, sé que mi vida se va a volver una pesadilla. Ezra es un hombre que no sabe perder, es obsesivo y poderoso. Tengo pánico de que use su dinero para quitarme a mis hijos o para obligarme a volver con él.

Andrew sintió un vuelco en el pecho. La situación era peligrosa, pero no iba a dejarla sola. Le tomó las manos con firmeza.

—No voy a dejar que te toque, ni a ti ni a los niños —le prometió, mirándola con total seriedad—. Escúchame, Claire. Si ese hombre cree que ya tienes una vida aquí, que estás conmigo, se lo va a pensar dos veces antes de intentar algo legal o armar un escándalo. Tengo una idea... Finjamos que somos pareja. Que estamos saliendo. Es más, si es necesario para que la ley te respalde y no pueda alegar que estás desamparada, nos casamos. Nos casamos mañana mismo si quieres. Así no tendrá ningún derecho a obligarte a nada.

Claire se quedó con la boca abierta, mirando a su amigo como si se hubiera vuelto loco.

—¿Casarnos? Andrew, eso es una locura —dijo ella, retirando las manos con suavidad—. No puedo hacerte esto. Eres mi mejor amigo, el único que me ayudó cuando no tenía nada, y no voy a usarte para resolver mis problemas. Ezra es un monstruo. Si se entera, es capaz de destruir tu tienda y tu vida entera solo por venganza. No voy a dejar que te metas en su fuego.

Claire se levantó de la silla, caminando de un lado a otro del almacén. El miedo del principio se estaba convirtiendo en una rabia caliente, la misma que la había ayudado a levantar a sus hijos sola. Ya estaba harta de huir.

—Tengo que enfrentar a Ezra —sentenció con los ojos encendidos—. Debo dejarle claro que ni yo ni los niños somos suyos. Nos perdió el día que decidió no confiar en mí y me desechó como si fuera un objeto viejo. Me hizo vivir un infierno, me hizo limpiar mesas catorce horas diarias por un sueldo miserable mientras él vivía en su palacio. Eso jamás se lo voy a perdonar. Prefiero pelear con él cara a cara antes que dejar que crea que tiene algún poder sobre nosotros.

Andrew la miró desde su asiento, admirando la valentía de la pelirroja. Aunque ella había rechazado su propuesta, él ya había tomado una decisión: se quedaría a su lado como un escudo, listo para frenar al millonario en cuanto intentara pasarse de la raya.

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