Capítulo 5 El Tormento del Millonario
Claire tomó un trago de agua, intentando calmar el nulo aire en sus pulmones. Sabía que ya no podía ocultarle la verdad a la única persona que le había tendido la mano sin pedir nada a cambio.
—Se llama Ezra Delacroix —confesó ella con la voz rota, y el solo nombre pareció pesar en la habitación—. Es el dueño de una de las corporaciones más grandes del país. Fue mi jefe... y el hombre que me destruyó la vida hace cuatro años. Me acusó de un fraude que no cometí, me echó a la calle bajo una tormenta y prefirió creer en papeles falsos antes que en mí.
Andrew escuchó en silencio, sintiendo cómo una mezcla de pena y coraje le apretaba el pecho. Al fin entendía la razón del muro de Claire.
—Él no sabía que yo estaba embarazada —continuó ella, mirando de reojo a sus hijos—. Esos niños... son de su propia sangre, Andrew. Y ahora que me ha encontrado, mi vida se va a volver un completo infierno. Es un hombre obsesivo, poderoso y no se va a detener hasta quitármelos o arrastrarme de vuelta a su mundo para controlarme. Tengo miedo de lo que pueda hacer.
Andrew sintió que el corazón le daba un vuelco. La situación era mucho más grave de lo que había imaginado, pero lejos de asustarse, una determinación de acero se instaló en su mente. Miró las manos de Claire y, con mucho respeto, las tomó entre las suyas.
—No voy a dejar que te toque, ni a ti ni a los niños —dijo Andrew mirándola fijamente a los ojos, entregándole toda su fuerza—. Escúchame, Claire. Ese tipo es poderoso, pero no es dueño del mundo. Si él cree que tienes una vida aquí, que estás con alguien más, se lo va a pensar dos veces antes de armar un escándalo legal. Te propongo algo... Finjamos que estamos saliendo. Que somos una pareja. Incluso, si es necesario para frenarlo y que las leyes te protejan, nos casamos. Nos casamos mañana mismo si quieres. Así él no podrá obligarte a nada ni decir que estás sola.
Claire abrió los ojos de par en par, completamente impactada por las palabras de su amigo.
—¿Casarnos? Andrew, eso es una completa locura —respondió ella, soltando sus manos con suavidad pero con firmeza—. No puedo pedirte algo así. Eres mi mejor amigo, has sido mi ángel guardián en este pueblo y no voy a usarte de una manera tan baja. Ezra es un monstruo capaz de destruir tu negocio y tu vida entera si se interpone en su camino. No voy a esconderme detrás de ti.
Claire se puso de pie, caminando por el pequeño cuarto. El miedo que había sentido en la acera se estaba transformando rápidamente en el mismo orgullo herido que la había mantenido viva durante cuatro años. No quería seguir huyendo. No quería que otros pelearan sus batallas.
—Tengo que enfrentar a Ezra —sentenció Claire con los dientes apretados, sintiendo una fuerza que creía perdida—. Debo mirarlo a los ojos y dejarle claro de una vez por todas que ni yo ni mis hijos le pertenecemos. Los perdió el día que decidió no confiar en mí. Me hizo vivir una miseria terrible mientras yo limpiaba mesas para comprar un trozo de pan, y eso jamás se lo voy a perdonar. Prefiero enfrentarme a su peor furia antes que dejar que crea que tiene algún derecho sobre nosotros.
Andrew la miró desde el suelo, admirando una vez más la valentía de la pelirroja. Aunque su propuesta de matrimonio había sido rechazada, se prometió a sí mismo que se mantendría a su lado, como un escudo invisible, listo para golpear a Delacroix si este se atrevía a cruzar la línea.
El sonido del cristal al hacerse mil pedazos contra la pared de cemento resonó con la fuerza de una explosión en la suite del hotel de lujo.
Ezra Delacroix respiraba con agitación, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta. En su mano derecha aún quedaba el rastro del whisky que acababa de lanzar con todas sus fuerzas. Sus ojos grises, inyectados en sangre por la rabia, miraban fijamente los restos de vidrio que brillaban en la alfombra.
No podía sacarse la maldita escena de la cabeza.
Cada vez que cerraba los ojos, veía los brazos atléticos de ese maldito pueblerino rodeando los hombros de Claire. Veía la forma natural en que ella se había apoyado en su costado, buscando la protección de un extraño. Él, Ezra Delacroix, el hombre que movía millones con un solo dedo, el hombre que había pasado cuatro años torturado por la culpa y el deseo insoportable de tenerla cerca, había sido humillado en una acera común por un tipo cualquiera con camisa de lino.
—¡Maldita sea! —rugió Ezra, estrellando ahora su puño contra la mesa de madera, haciendo que los adornos temblaran.
Los celos lo estaban volviendo loco. Era un dolor físico, un ácido que le quemaba las entrañas y le nublaba la vista. Él había ido a esa ciudad costera convencido de que tenía el control, seguro de que recuperar a su familia sería cuestión de desplegar su poder. Había descubierto que era padre de dos hermosos gemelos y el remordimiento por haberlos condenado a la escasez lo estaba destrozando. Quería enmendar su error, quería protegerlos, quería meterlos en su imperio y darles el mundo entero.
Pero no había contado con que otro hombre estuviera ocupando su lugar.
La duda venenosa se filtraba por su mente como un virus. «¿Acaso él los mantiene? ¿Es a él a quien esos niños llaman papá? ¿Él la toca por las noches de la forma en que yo solía hacerlo?», se preguntaba Ezra en un grito interno de pura desesperación. La sola idea de que Claire hubiera rehecho su vida amorosa, de que le entregara sus sonrisas y su cuerpo a ese desconocido, hacía que el millonario quisiera destruir la ciudad entera. Su orgullo inquebrantable estaba hecho pedazos, pisoteado por la complicidad que había visto entre ellos.
Ezra se acercó al gran ventanal del hotel que miraba hacia el mar negro de la noche. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió la cabeza. El aire se sentía espeso, asfixiante. Sabía que Claire lo odiaba, lo había leído en sus ojos avellana llenos de desprecio en la acera. Pero Ezra no era un hombre que aceptara la derrota. Si creía que ese muchacho de pueblo lo iba a frenar, estaba muy equivocado.
Una resolución oscura, posesiva y letal se apoderó de sus pensamientos. Iba a averiguar quién era ese tipo, iba a investigar cada rincón de su patética vida y, si era necesario, usaría todo su dinero para borrarlo del mapa de Claire. No le importaban las leyes, no le importaba el odio de ella, ni el abismo que él mismo había cavado cuatro años atrás. Claire Hamilton era suya, sus hijos eran suyos, y nadie se quedaba con lo que le pertenecía a Ezra Delacroix. La tormenta apenas estaba comenzando, y él estaba dispuesto a arrasar con todo con tal de recuperar su imperio familiar.
