Despreciada y Embarazada: Los Gemelos del CEO

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Capítulo 4 Daría su vida por ella

​Antes de que Ezra pudiera tocar a Claire, se escuchó el sonido de una puerta. De la pequeña tienda de la acera salió un hombre joven. Vestía ropa sencilla pero de buena calidad, con una camisa de lino y las mangas dobladas. Caminaba con mucha tranquilidad, demostrando que conocía bien el lugar. Su rostro se puso serio al ver el ambiente tenso y la enorme camioneta negra tapando el paso.

​Al ver al joven acercarse, a Claire se le ocurrió una idea desesperada. «Perdóname por esto», pensó, mirando a Andrew con un ruego mudo que él entendió enseguida.

​Sin dudarlo, el moreno apuró el paso y se acercó al grupo. Miró fijamente a Ezra, dándose cuenta de que el hombre del traje elegante era una amenaza. Con mucha naturalidad y confianza, el recién llegado se paró entre Claire y Ezra. Pero lo que de verdad destruyó la seguridad de Ezra fue lo que el joven hizo después: estiró su brazo y rodeó con firmeza los hombros de Claire, atrayéndola hacia él para protegerla.

​Claire no se puso nerviosa. Al contrario, Ezra vio con horror cómo el cuerpo de ella se relajaba al lado de ese hombre, buscando el apoyo que a él le negaba. Ella tomó suavemente la mano del joven que estaba en su hombro, fingiendo que eran muy unidos para confundir al millonario.

​—¿Pasa algo malo aquí, cariño? —preguntó el hombre con voz tranquila pero firme, sin asustarse ante la imponente presencia de Ezra. Miró a Claire con preocupación y luego clavó sus ojos en el magnate—. ¿Este hombre te está molestando?

​Una furia salvaje y unos celos terribles estallaron en la mente de Ezra al escuchar cómo la había llamado. Se le encendió la mirada de rabia al ver la mano de ese extraño sobre el hombro de Claire. El control que tanto le había costado mantener se rompió. Para él, que estaba acostumbrado a tener todo lo que quería, ver a otro hombre tocarla con tanta confianza era un golpe insoportable.

​Dio un paso al frente con la mandíbula apretada, mostrando una actitud muy peligrosa.

​—¿Quién diablos eres tú? Quita tu mano de encima de ella —advirtió Ezra con una voz helada y amenazante—. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Muévete antes de que me encargue de arruinar tu vida en un segundo.

​El joven no se movió. Aunque la amenaza de Ezra daba miedo, el hombre se quedó en su lugar, sosteniendo con más fuerza a Claire para dejar claro que no iba a dar marcha atrás.

​—Te hice una pregunta, cariño—insistió Andrew, ignorando por completo a Ezra y mirando a los gemelos, quienes al verlo se agarraron de su pantalón—. ¿Quieres que entremos a la tienda? Los niños tienen hambre.

​—Sí, por favor. Vámonos —asintió Claire enseguida, dándole la espalda a Ezra.

​Mientras se alejaba con su amigo y sus hijos, Claire sintió que ganaba una pequeña batalla. «Cree lo que quieras, Ezra Delacroix», pensó con el corazón latiendo a mil por el susto, pero con el orgullo en alto. «Piensa que tengo a otro hombre, piensa lo que quieras con tal de que te alejes de mis hijos y jamás sepas la verdad».

​Sin embargo, el daño ya estaba hecho en la mente de Ezra. Mientras la gente en la calle miraba la escena en silencio, una duda terrible comenzó a crecer en su orgullo. Miró la cercanía entre ellos, la forma en que Claire aceptaba el abrazo, y se hizo una pregunta que lo dejó destrozado: ¿Acaso había llegado demasiado tarde? ¿Claire ya se había enamorado de otra persona en esos cuatro años?

​La idea de que ese desconocido fuera el nuevo amor de Claire, el hombre que pasaba las noches con ella y, peor aún, el padre que sus hijos querían y reconocían, destruyó la poca seguridad que le quedaba a Ezra Delacroix. El hombre que había llegado decidido a llevarse a su familia se encontró de pronto frente a un abismo de dudas que él mismo había provocado cuatro años atrás.

La puerta de la pequeña tienda de la acera se cerró, dejando afuera el ruido de la calle y la sombra imponente de la camioneta blindada. Dentro del local, el olor a madera y café limpio trajo un poco de calma. Andrew respiró hondo, pero no soltó el hombro de Claire hasta que estuvieron completamente lejos de las ventanas. Sentía el cuerpo de la joven temblar como una hoja, un temblor fino que intentaba esconder con todas sus fuerzas. Los gemelos, aún asustados, se habían abrazado a las piernas de Andrew buscando refugio.

Andrew los miró con suavidad. Él conocía a esos niños desde que eran unos bebés; los había visto dar sus primeros pasos en el pueblo y aprender sus primeras palabras. Para él, esos pequeños eran sagrados. Pero su verdadera adoración era Claire.

Mientras la ayudaba a sentarse en una silla del pequeño almacén trasero y le entregaba un vaso de agua, Andrew la observó en silencio. Claire era una mujer hermosa. Tenía una belleza natural que no necesitaba de ropas caras ni maquillaje; su cabello pelirrojo y sus profundos ojos avellana llamaban la atención de cualquiera. Andrew había visto a decenas de hombres intentar acercarse a ella a lo largo de los años, buscando una oportunidad. Pero Claire siempre levantaba un muro de hielo, mostrándose completamente renuente al amor. Él nunca había sabido por qué. Respetaba tanto su privacidad que jamás la presionó para que le contara su pasado, pero verla tan cerrada a los sentimientos lo había vuelto un hombre sumamente protector con ella.

Andrew sabía muy bien que Claire era una mujer que valía la pena, una joya que había sufrido demasiado y que no merecía a cualquier tonto que solo se fijara en su físico.

Por eso, al ver a ese hombre pelinegro y de traje elegante arrinconándola en la acera con una mirada tan peligrosa, Andrew no dudó ni un segundo en meterse. Sabía que ese tipo intentaba intimidarla. Y al recordar la cara del millonario, Andrew sintió una pequeña satisfacción: su plan de abrazar a Claire había funcionado a la perfección, porque vio claramente cómo el pelinegro apretaba los puños con una rabia asesina antes de que ellos entraran a la tienda.

Andrew estaba enamorado de Claire. Lo había estado casi desde el primer día en que la vio llegar al pueblo, tan indefensa pero con una dignidad inquebrantable. Nunca se lo había dicho porque temía arruinar la hermosa amistad que tenían, la confianza pura que tanto tiempo le había tomado construir. Pero en ese momento, viendo las lágrimas contenidas en los ojos de ella, supo que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por protegerla. Daría su propia vida si era necesario.

—Claire... —habló Andrew con voz suave, arrodillándose frente a ella para quedar a su altura mientras los niños se entretenían con unos juguetes en una esquina—. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué es lo que quiere de ti?

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