Despreciada y Embarazada: Los Gemelos del CEO

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Capítulo 3 Renuente al CEO

​La puerta de la camioneta se abrió con un sonido pesado. Al bajar al pavimento, el rostro de Ezra se mostró firme y frío, ignorando a la gente de la calle. Esa frialdad era su única defensa para no quebrarse allí mismo. Era consciente de que lucía imponente, alto y fuerte, vistiendo un traje oscuro de tres piezas hecho a medida. Caminaba con la seguridad de un rey que jamás ha sido vencido.

​Ver su propia cara y su cabello oscuro reflejados en esos dos niños, mezclados con los ojos avellana de Claire, le causó un dolor real. El remordimiento lo quemaba por dentro: por culpa de sus sospechas y errores, sus hijos habían vivido con escasez, lejos de las comodidades que les correspondían. Ahora lo tenía claro. Ya no era solo la obsesión de recuperar a la mujer que amaba; ahora tenía dos motivos sagrados para arreglar el daño. Iba a reclamar a su familia y a llevarlos de vuelta con él, sin importar los obstáculos.

​Claire se quedó completamente congelada en mitad de la acera. Sintió un impacto tan fuerte que la sangre se le heló y el corazón le dio un vuelco salvaje. Durante cuatro años había temido este momento, esperando que tal vez el tiempo hubiera debilitado al millonario, pero la realidad era otra. La sola presencia de Ezra seguía llenando todo el lugar.

​Ezra se acercó a ella con pasos lentos y seguros.

​—Te encontré, Claire —dijo con su voz ronca y profunda, ocultando el nudo que tenía en la garganta para no mostrar ninguna debilidad.

​Al escuchar esa voz que conocía tan bien, el mundo de Claire se detuvo y sintió un pánico terrible. Su mente se llenó de recuerdos dolorosos: la camilla del hospital, los guardias arrastrándola bajo la lluvia y la humillación de ser tratada como una criminal. Al mirarlo a los ojos, pensó con amargura que el tiempo no le había quitado poder; al contrario, lucía más rico e imponente que nunca, vistiendo ropas caras mientras a ella le habían quitado todo con mentiras. Sintió un miedo ciego al ver que su escondite había sido descubierto, pero lo que más le dolió fue ver los ojos grises de Ezra fijos en sus hijos. Claire pensó con desesperación que Ezra venía a quitarle lo único valioso que tenía. El miedo se convirtió en rabia; se prometió a sí misma que protegería el secreto de sus hijos con uñas y dientes, y que prefería pelear contra el mismo demonio antes que dejar que ese hombre supiera que esos niños eran de su propia sangre.

—¿Qué demonios haces aquí?


El silencio que siguió a las palabras de Claire fue tan pesado que parecía faltar el aire en esa tarde de verano. Estaban a solo unos centímetros de distancia. Era una distancia muy corta comparada con los cuatro años de dolor que habían pasado separados, pero era suficiente para que Ezra notara cómo le temblaba la respiración a Claire. Ella no retrocedió ni un paso. Se mantuvo firme, con la espalda recta, agarrando con fuerza la ropa de sus hijos y mirándolo con un desprecio que a Ezra le dolió en el alma. Ya no era la mujer sumisa de antes; ahora lo miraba con un desafío puro y con rabia.

​Él guardó las manos en los bolsillos de su pantalón, cerrando los puños con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. Era la única forma de obligarse a no moverse, de no romper la distancia para abrazarla por la cintura y esconder la cara en su cuello para convencerse de que no estaba soñando. Sus ojos grises bajaron por un segundo hacia los dos pequeños que se escondían detrás de las piernas de Claire.

​Los gemelos lo miraban con curiosidad y con el miedo natural que los niños le tienen a un extraño. Al verlos allí, tan pequeños en esa acera pública, Ezra sintió una dolorosa punzada en el pecho. Una cosa era ver los papeles en su oficina y otra muy diferente verlos en persona. Eran suyos. Su sangre corría por esos niños y tenían sus mismos rasgos. El remordimiento comenzó a morderlo por dentro. Se maldijo por haber sido tan ciego en el pasado y por haber permitido que las mentiras de sus enemigos lo privaran de ver nacer a sus hijos y de vivir sus primeros años. Los había condenado a una vida humilde mientras él vivía solo en su enorme y vacío palacio.

​Sin embargo, Ezra sabía que no podía mostrar debilidad. Su orgullo y sus ganas de controlarlo todo le decían cómo actuar. Si se arrodillaba a pedir perdón, temía que Claire se escapara otra vez. Y él no soportaría perderla de nuevo. Tenía motivos claros para ser duro: su amor obsesivo y el derecho de proteger a su familia.

​Dio un paso hacia adelante, metiéndose en el espacio de Claire para demostrar su autoridad.

​—No he cruzado el país para escuchar tus reclamos, Claire, ni para hablar del pasado —dijo Ezra con voz firme, ocultando el nudo de emoción en su garganta—. Los errores ya se pagaron. No vas a pasar ni un minuto más en este lugar. Mis hombres ya saben qué hacer y la camioneta está lista. Subirás con los niños ahora mismo.

​Claire soltó una risa amarga que golpeó el orgullo del millonario. Por dentro, ella estaba temblando de rabia.

«¿Órdenes? ¿Subir al auto? Ni en un millón de años», pensó mientras apretaba los dientes, evitando mirar atrás para asegurarse de que sus hijos estaban bien. Tenía un miedo terrible de que Ezra estirara la mano y le quitara a los niños. Pero no se iba a rendir. Ya no era la chica asustada del hospital.

​Ella lo miró fijamente, mostrando una gran resistencia.

​—¿Instrucciones? ¿Órdenes? —dijo ella en un susurro bajo, para no asustar a los niños—. Sigues siendo el mismo hombre arrogante de siempre, señor Delacroix. Cree que todo el mundo es parte de su empresa y que puede comprar a las personas como si fuéramos piezas de un juego. Pero se equivoca. Yo no le pertenezco, mis hijos no tienen nada que ver con usted y esta es mi vida. No voy a ir a ningún lado con el hombre que me destruyó. Ordene a sus guardias que se quiten y lárguese.

​—No me desafíes aquí, Claire, no juegues con mi paciencia —le advirtió Ezra, acercándose tanto que sus respiraciones se mezclaron, encendiendo esa atracción que el tiempo no había podido borrar—. Sabes perfectamente que puedo cargarte y meterte en la camioneta yo mismo si es necesario. No me obligues a hacerlo frente a los niños.

​A Claire le faltó el aire. El perfume familiar de Ezra y su mirada gris la hicieron dudar por un instante. «Sabe lo de los niños, tiene que saberlo, por eso me mira así», se dijo a sí misma desesperada. Sabía que si Ezra descubría la verdad, jamás la dejaría estar con sus hijos en libertad. Tenía que inventar algo, buscar una salida antes de que él la obligara a irse.

​Pero en ese momento, las cosas cambiaron.

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