Capítulo 2 Ni ahora, Ni Nunca
Pronto, el recuerdo de la mirada cruel de Ezra en el hospital volvió a su mente. La ironía era terrible: el hombre que la había humillado y echado a la calle ahora estaba unido a ella para siempre por medio de esos hijos. Esos niños llevaban la sangre del millonario que la destruyó.
En medio de sus lágrimas, el miedo se convirtió en rabia y orgullo. Claire apretó los puños contra su vientre aún plano. Odiaba a Ezra Delacroix con todas sus fuerzas por no haber confiado en ella, por haber creído en papeles falsos antes que en su amor.
—Nadie lo sabrá jamás —juró Claire con los dientes apretados—. Prefiero pasar hambre en la calle antes que volver con él a pedirle ayuda. Él no tiene ningún derecho sobre mis hijos. Ni ahora, ni nunca.
Con una gran determinación nacida del dolor, se levantó y se limpió las lágrimas. Escondería a los bebés con la misma fuerza con la que él la había juzgado y desterrado.
Aunque no tenía la menor idea de como se haría cargo de dos vidas que comenzaban a crecer en su vientre.
Ezra Delacroix miraba a través del gran ventanal de su oficina, pero no prestaba atención a las luces de la ciudad. Tenía un vaso de whisky en la mano y el silencio de la noche lo agobiaba. Se sentía un prisionero en su propio edificio. Habían pasado semanas desde el accidente y desde que había echado a Claire, pero no podía sacarla de su cabeza. El dolor de la supuesta traición seguía quemándolo por dentro.
Cerró los ojos y recordó el apartamento de lujo que tenía en los pisos más altos del rascacielos. Ese había sido su escondite secreto, el único lugar donde dejaba de ser el jefe frío.
Recordó perfectamente la última noche que pasaron juntos allí, tres semanas antes de descubrir el fraude. Esa noche él había sentido una extraña angustia y la necesidad desesperada de tenerla cerca. Había acorralado a Claire contra el gran ventanal, abrazándola con fuerza para calmar sus propios demonios.
—Eres mi única debilidad en este mundo, Claire —le había susurrado al oído con voz ronca—. Si te pierdo, no me queda nada.
En ese momento se había sentido frágil, algo que él odiaba, pero Claire era la única que lograba ablandarlo. Rodeado de enemigos en el trabajo, los abrazos de ella eran su único alivio. La amaba tanto que le asustaba. Esa noche la tomó con una pasión desesperada, queriendo amarrarla a su vida para siempre, sin saber que en esa cama estaban sembrando el futuro de ambos. Claire de nuevo se había entregado por completo, con un amor que él creyó que era sincero.
De vuelta al presente, Ezra abrió los ojos y se tomó el whisky de un solo trago. Se maldecía a sí mismo a cada momento. Odiaba a Claire por creer que lo había traicionado, pero su cuerpo y su mente la extrañaban demasiado. Ya no podía dormir. El aroma a vainilla de ella parecía seguir flotando en las habitaciones, atormentándolo.
Su orgullo peleaba contra un amor que se negaba a morir. Ezra apretó el vaso de vidrio con fuerza. Aunque la creía culpable, el dolor de no tenerla era un castigo que ya no podía soportar. Una idea fija se instaló en su mente: tenía que encontrarla. No importaba dónde se hubiera escondido; movería cielo y tierra, gastaría millones y usaría todo su poder para dar con ella. Se decía a sí mismo que solo la quería de vuelta para castigarla y controlarla, pero la verdad era que ya no sabía cómo vivir si ella no estaba cerca.
El tiempo pasó en silencio, cambiando las cosas pero no las heridas. Claire había logrado un milagro: sobrevivir y rehacer su vida desde cero. Se había mudado a una ciudad cerca del mar con una identidad nueva, lejos de los radares de la empresa. Durante esos cuatro años trabajó sin descanso, primero en empleos temporales y luego como administradora de una pequeña tienda del pueblo. Todo su tiempo libre lo usaba para criar a sus hermosos gemelos de cuatro años. Los niños tenían los rasgos firmes de su padre, pero la mirada dulce de su madre. Ellos eran el motor de su vida. Claire había logrado guardar el recuerdo de Ezra en lo más oscuro de su mente, creyendo que el pasado ya no la dañaría.
Sin embargo, la paz se terminó una tarde de verano. Al salir de la guardería, Claire caminaba por la acera de la mano de sus hijos, cargando una bolsa de compras gastada. De pronto, el fuerte sonido de unos frenos la asustó. Una enorme camioneta negra blindada se detuvo de golpe justo frente a ella, tapándole el paso y obligando a la gente a apartarse.
Detrás de los vidrios oscuros de la camioneta, los ojos grises de Ezra Delacroix vieron a su objetivo. Al verla, su corazón latió con una fuerza que creía olvidada. Claire estaba más delgada y vestía ropa muy sencilla, pero seguía teniendo esa elegancia natural que a él lo volvía loco. Sin embargo, lo que le quitó el aire a Ezra no fue solo verla a ella, sino ver a los dos pequeños niños que se escondieron asustados detrás de las piernas de su madre.
Él ya lo sabía todo. Días atrás, un informe de investigadores privados había llegado a su escritorio con las fotos de los gemelos y las copias de sus actas de nacimiento. Al verlas, Ezra se había echado a llorar de culpa en la soledad de su oficina. Había descubierto que los enemigos lo habían engañado y que Claire era inocente. Saberse padre lo cambió por dentro en segundos. Durante esos cuatro años de silencio, Ezra había vivido en su propio infierno; su orgullo se rompió al darse cuenta de que no podía vivir sin ella. Su alma estaba obsesionada, y ahora que los tenía enfrente, no había espacio para la sorpresa.
Era como si fuera un extraño.
