Capítulo 5 5
ALMA
—No estaba enfadada porque no intentaras besarme.
Nico, que estaba apoyado contra la pared del pasillo, levantó una ceja.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de hombre que cree haber descubierto América porque una mujer lo miró dos segundos.
—Fueron más de dos.
—Llevas reloj. Felicidades.
Cogí la caja que Gabriel me había devuelto y la llevé hacia mi habitación. Nico me siguió a distancia.
—¿Quieres ayuda?
—No.
—Mira qué bien. Pregunté.
—No conviertas cada límite respetado en una ceremonia.
Me giré.
—Te recuerdo que nuestro matrimonio costó doce euros en alianzas.
—Trece. La máquina cobró comisión.
Quise contenerme.
No pude.
Me reí.
Nico sonrió como si aquello fuera una victoria.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Entré en la habitación y dejé la caja sobre la cama. Él se quedó en el umbral, obedeciendo la regla de no entrar sin permiso.
Eso me irritó.
Otra vez.
—Puedes pasar.
—¿Seguro?
—No abuses.
Entró.
Abrí la caja.
Había ropa, dos libros, un cargador, una fotografía y la pequeña cafetera que Gabriel había comprado para nuestro futuro apartamento.
Nuestro futuro.
La palabra ya no significaba nada.
Tomé la fotografía. Gabriel y yo aparecíamos en Lisboa, sonriendo frente a un tranvía amarillo. Yo recordaba ese viaje. También recordaba haber pasado una tarde completa respondiendo correos mientras él recorría la ciudad solo.
—No tienes que guardarla —dijo Nico.
—Tampoco tengo que tirarla.
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
—Pensé que llevas cinco minutos mirándola como si esperases que te explique algo.
Dejé la foto boca abajo.
—Gabriel no fue malo conmigo.
—Lo sé.
—No me engañó. No me gritó. No me trató mal.
—Alma.
—Entonces ¿por qué dije que no?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
Nico se sentó en la silla del escritorio, no en mi cama.
—Porque no querías decir que sí.
—Eso suena demasiado fácil.
—No significa que sea fácil.
Me crucé de brazos.
—Cuatro años deberían significar algo.
—Significan cuatro años.
—Qué profundo.
—No voy a insultar una relación que fue importante para ti solo porque ahora estás casada conmigo.
La frase me dejó sin respuesta.
—Puedes hacer una broma.
—No quiero.
Eso fue peor.
Me senté en la cama.
—Te prefiero insoportable.
—Mentira.
—No empieces.
—No he empezado nada desde que llegamos.
Su mirada bajó a mi boca un instante.
—Exactamente.
—¿Exactamente qué?
—Nada.
—Alma.
—Dijimos que no volveríamos a besarnos.
—Tú lo dijiste.
—Y aceptaste.
—Acepté no besarte si tú no lo pedías.
—No voy a pedirlo.
—Entonces estamos seguros.
Me levanté.
—Voy a ducharme.
—Información innecesaria.
—Vives aquí. Necesito decirte que el baño estará ocupado.
—Hay otro.
—Entonces todavía más innecesario.
—Eso dije.
Le señalé la puerta.
—Fuera.
—Buenas noches, esposa.
—Nicolás.
—Buenas noches, huésped jurídicamente compleja.
Cerré la puerta en su cara.
Veinte minutos después salí del baño con pantalones cortos y una camiseta vieja. Me había recogido el cabello y quitado el maquillaje. El apartamento estaba en silencio.
Fui a la cocina por agua.
Nico estaba frente a la estufa.
Sin camiseta.
—¿Qué haces?
—Cena.
Miré la sartén.
—Eso parece comida de verdad.
—Te decepciona.
—Muchísimo.
—Pasta con tomate, ajo y queso que todavía no ha desarrollado vida propia.
—Has tirado el queso mutante.
—Me juzgaste lo suficiente.
Apoyé los brazos en la isla.
—Pensé que cenabas fuera.
—También cocino.
—¿Y por qué tu refrigerador parecía escenario de abandono?
—Volví de viaje hace dos días.
—Eso tiene sentido.
Me serví agua.
No mirarlo era difícil porque su espalda estaba justo enfrente.
Nico giró.
Me descubrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Tus ojos estaban en mi espalda.
—Había una mancha.
—¿Dónde?
—Ya no está.
Sonrió.
—Eres pésima mintiendo cuando estás cansada.
—Y tú eres demasiado consciente de estar medio desnudo.
—Estoy en mi cocina.
—Ahora también vivo aquí.
—Entonces puedo ponerme una camiseta.
La respuesta fue inmediata.
—No hace falta.
—¿Seguro?
—Nico, es un torso. He visto otros.
—¿Mejores?
—No voy a alimentar eso.
—Eso no fue un no.
Me acerqué a la alacena para buscar un plato.
Él abrió otra antes que yo.
—Aquí.
—Gracias.
Nuestros brazos se rozaron.
Me aparté.
Nico también.
—¿Quieres cenar?
—Sí.
—¿Conmigo?
—No pienso esconderme para cenar.
—Perfecto.
Nos sentamos frente a frente.
La pasta estaba buena.
Muy buena.
—No hagas esa cara —dijo.
—¿Cuál?
—La de descubrir que tengo cualidades.
—Estoy procesando el duelo.
—Come.
—¿Vives solo desde hace cuánto?
—Seis años.
—¿Nunca conviviste con una pareja?
—No.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Tu miedo al compromiso.
Nico dejó el tenedor.
—No tengo miedo.
—Te burlas del matrimonio desde que te conozco.
—Me burlo de casarse por obligación.
—Qué conveniente después de casarte borracho.
—Por eso quiero divorciarme.
La frase me pinchó donde no debía.
—Bien.
—¿Qué?
—Nada.
—Volviste a hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Decir “bien” cuando no te gusta una respuesta.
—No me importa si quieres divorciarte.
—Eso sería ideal, porque tú también quieres.
—Exactamente.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Perfecto.
Nos miramos con una hostilidad absurda.
Nico soltó una risa.
—Somos idiotas.
—Habla por ti.
—Estamos discutiendo porque ambos queremos exactamente lo mismo.
—No estoy discutiendo.
—Tienes el tenedor como arma.
Lo dejé.
—Háblame de Lucía.
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque me di cuenta de que llevo siete años conociéndote y casi no sé nada de tu familia.
—Lucía es mi hermana.
—Eso lo sé.
—Tiene veintisiete. Restaura arte. Vive a veinte minutos.
—¿Y tus padres?
—Separados desde que yo tenía diecisiete. Mucho tiempo juntos después de dejar de quererse.
Entendí algo.
—Por eso odias el matrimonio.
—No odio el matrimonio. Odio que dos personas se queden porque creen que marcharse significa fracasar.
—Y yo organizo bodas.
—No son cosas incompatibles.
—Pensé que te burlabas de mi trabajo.
—Me burlo de tu kit de emergencia con cinta y analgésicos.
—Ha salvado matrimonios.
Se rió.
Terminamos de cenar.
Mientras lavaba mi plato, sentí a Nico detrás de mí.
No me tocó.
—Necesito coger un vaso.
—Puedes pasar.
Su brazo apareció junto al mío. El pecho rozó apenas mi espalda.
Me quedé quieta.
—Perdón —murmuró.
—No pasa nada.
Ninguno se apartó.
—Alma.
—¿Qué?
—Si quieres que me aleje, dímelo.
Miré nuestras manos sobre la encimera.
—Aléjate.
Lo hizo.
Me enfadé conmigo por extrañar algo que acababa de pedir que desapareciera.
Me giré.
Nico ya tenía una camiseta en la mano.
—¿Vas a vestirte?
—Pensé que facilitaría la convivencia.
—No necesito facilidades.
—Hace diez segundos me pediste distancia.
—Eso no significa que tengas que cubrirte.
Su sonrisa apareció despacio.
—¿Qué?
—Nada.
—No sonrías.
—Estoy intentando entender tus reglas.
—Son claras.
—No tanto.
—Dormitorios separados. Nada de besos. Nada de celos. Nada de comportarnos como marido y mujer.
Nico dejó la camiseta sobre una silla.
—Perfecto.
—Perfecto.
Apagué la luz de la cocina y caminé hacia mi habitación.
—Alma.
Me giré.
—¿Qué?
—Falta una regla.
—¿Cuál?
Su mirada bajó lentamente por mis piernas desnudas y regresó a mis ojos.
—Que ninguno de los dos puede provocar al otro a propósito.
—No te estoy provocando.
—Entonces tengo un problema.
Mi pulso tropezó.
—¿Qué problema?
Nico apoyó una mano en el marco de su puerta.
—Que es nuestra primera noche sobrios bajo el mismo techo y ya necesito recordar por qué demonios prometí no volver a besarte.
