DESPERTÉ CASADA CON MI PEOR DECISIÓN

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Capítulo 4 4

NICO

—Si vuelves a decir que esta es “nuestra casa”, duermes tú en la habitación de invitados.

Alma estaba de pie en la entrada de mi apartamento con dos maletas, tres cajas y la expresión de una mujer que acababa de firmar un tratado con el enemigo.

—Técnicamente es mi casa.

—Entonces deja de usar pronombres matrimoniales.

—Bienvenida a la residencia temporal del hombre con quien estás legalmente casada.

—Peor.

Tomé una de las cajas.

—¿Puedo?

Ella miró mis manos.

—Sí.

—Estoy progresando.

—No conviertas cargar cartón en desarrollo personal.

Entré antes de que cambiara de opinión.

Habíamos regresado a Madrid. Vera y Julián seguían en San Aurelio disfrutando de una luna de miel que, según Julián, intentamos robarles con nuestro “evento paralelo”.

Alma había pasado el vuelo revisando departamentos disponibles.

Yo había pasado el vuelo fingiendo no notar que seguía usando la alianza.

La mía también seguía puesta.

—La habitación es esta —dije.

Abrí la puerta del cuarto de invitados.

Alma examinó la cama, el armario y el escritorio.

—Está demasiado limpio.

—Gracias.

—No era un elogio. Me preocupa que escondas cadáveres.

—Solo arquitectos que critican mis planos.

Dejó el bolso.

—Una semana.

—Ya lo dijiste.

—Siete noches.

—Sé contar.

—El octavo día me voy.

—¿Quieres que programe una alarma?

—Ya la programé.

Por supuesto.

Saqué el teléfono.

—¿Qué haces?

—Voy a poner otra diez minutos antes para verte entrar en pánico.

Me lanzó un cojín.

Lo atrapé.

—Primera norma doméstica —dijo—: no entrar aquí sin tocar.

—Aceptada.

—Segunda: no uses mis cosas.

—No quería usar tus tacones.

—Mis productos del baño.

—Eso elimina menos posibilidades.

—Nicolás.

—Aceptada.

Abrió una caja. Dentro había carpetas, cables, un marco boca abajo y una taza que decía PLAN B: HACER OTRO PLAN.

—Esa taza eres tú convertida en cerámica.

—Fue un regalo.

—¿De Gabriel?

La pregunta salió demasiado rápido.

Alma se quedó quieta.

—Sí.

—Perdón.

—No necesitas disculparte por preguntar.

—Según las reglas, no debo interferir.

—Preguntar no es interferir.

—Lo anotaré.

Guardó el marco en un cajón sin voltearlo.

No necesité ver la fotografía.

Me molestó saber que probablemente aparecía Gabriel.

Eso era ridículo. Ella había terminado con él hacía dos días. Llevaba casado con ella menos de cuarenta y ocho horas y ya sentía celos de una relación de cuatro años.

Excelente.

—Voy a hacer café —dije.

—Son las siete de la tarde.

—Es mi casa.

—Tu corazón va a presentar una queja formal.

—Puede esperar noventa días.

Alma salió detrás de mí.

—Tenemos que hablar del dinero.

—Qué sensual.

—Del alquiler.

—Menos sensual.

—Voy a pagarte una parte.

—No.

Se detuvo en mitad de la cocina.

—No aceptaré vivir gratis.

—No necesito cobrarte.

—No importa.

—A mí sí.

—Nico.

—Alma.

Nos miramos.

—No quiero deberte nada.

Aquello no era sobre dinero.

Apoyé las manos en la encimera.

—No me debes nada por quedarte aquí.

—Eso es fácil decirlo ahora.

—¿Crees que dentro de una semana voy a presentar una factura emocional?

—No sé qué vas a hacer.

—Llevas siete años conociéndome.

—Llevo siete años discutiendo contigo. No es lo mismo.

—Sabes que nunca te cobraría un favor.

—No quiero favores.

—Entonces paga comida.

—¿La mitad?

—La mitad.

—Y limpieza.

—Yo limpio.

—Eso quiero verlo.

—Te sorprenderías de lo funcional que soy cuando no estás juzgándome.

—No prometo dejar de hacerlo.

—Entonces tampoco prometo usar pantalones para desayunar.

Su cara cambió.

Solo un segundo.

Suficiente.

—Eso debería estar prohibido.

—¿Por higiene?

—Por convivencia.

—Te estás poniendo roja.

—Tengo calor.

—Estamos a veinte grados.

Abrió el refrigerador para evitar mirarme.

—No tienes comida.

—Tengo comida.

—Tienes cerveza, mostaza y algo que probablemente fue queso en otra vida.

—Tengo huevos.

—Cuatro.

—Puedo comprar más.

—¿Cómo sigues vivo?

—Restaurantes.

—Eres un adulto defectuoso.

—Pero atractivo.

Cerró el refrigerador.

—Eso está en discusión.

—Tu cara de hace cinco segundos votó a favor.

—Mi cara no tiene derecho electoral.

Me acerqué para tomar una botella de agua del estante sobre su hombro.

No la toqué.

Aun así, Alma dejó de respirar.

Yo también lo noté.

—Relájate —murmuré.

—No vuelvas a decirme eso cuando estás encima de mí.

—No estoy encima.

—Estás ocupando demasiado espacio.

—Puedo alejarme.

—Hazlo.

Di un paso atrás inmediatamente.

Su expresión volvió a cambiar.

—¿Qué?

—Nada.

—Alma.

—Es irritante que obedezcas.

Me reí.

—Eres imposible.

—Tú ofreciste alojamiento.

—Todavía puedo recuperar la caja de frigorífico.

Ella abrió la boca para responder, pero su teléfono sonó.

Gabriel.

Lo vi porque estaba sobre la encimera.

Alma también.

La cocina perdió el humor.

—Contesta —dije.

—No tengo que hacerlo ahora.

—No dije que tuvieras.

El teléfono dejó de sonar.

Volvió a hacerlo.

Alma lo tomó.

—Necesito hablar con él.

—Claro.

Fui hacia el pasillo.

—Nico.

Me detuve.

—¿Qué?

—No tienes que irte de tu propia cocina.

—Tampoco tengo que escuchar una conversación privada.

Su mirada se suavizó.

—Gracias.

Me encerré en mi estudio y fingí revisar planos.

No funcionó.

Diez minutos después escuché la puerta de entrada.

Salí.

Alma tenía las llaves en la mano.

—¿Adónde vas?

—Gabriel quiere devolverme unas cosas.

—¿Ahora?

—Está abajo.

Algo me atravesó el pecho.

—Bien.

Ella estudió mi cara.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ponerte raro.

—No estoy raro.

—Llevas la mandíbula apretada.

—Tengo mandíbula.

—También celos.

Solté una risa.

—No seas absurda.

—Perfecto.

Abrió la puerta.

—Voy contigo.

Se giró.

—¿Para qué?

—Necesito sacar algo del coche.

—No necesitas nada.

—Mi cargador.

—Está sobre tu escritorio.

Maldita mujer observadora.

—Entonces bajaré por aire.

—Tenemos balcón.

—Quiero aire de portal.

Alma cruzó los brazos.

—Nico.

—No voy a interferir.

—Entonces quédate.

La palabra me molestó más de lo razonable.

—Bien.

Ella salió.

Esperé.

Uno, dos, cinco minutos.

A los ocho estaba junto a la ventana sin admitir que estaba mirando la calle.

Gabriel estaba junto a un coche. Le entregó una caja.

Después la abrazó.

Fue breve.

No me gustó.

Me aparté de la ventana como si me hubiera quemado.

Cuando Alma regresó, dejó la caja junto a la entrada.

—¿Qué contiene?

—Cosas mías.

—Excelente descripción.

—¿Quieres preguntar?

—No.

—Quieres.

—No importa.

Alma avanzó hasta quedar frente a mí.

—Dijimos que no habría celos.

—No estoy celoso.

—Entonces mírame y dime que no te molestó que Gabriel me abrazara.

Me quedé en silencio.

Ella arqueó una ceja.

—Eso pensé.

—Estoy casado contigo. Mi cerebro está confundido.

—Tu cerebro lleva años confundido.

—Posiblemente.

—No tienes derecho a reclamarme nada.

—Lo sé.

—Ni a controlar con quién hablo.

—Lo sé.

—Ni a comportarte como un marido real.

Eso sí me hizo sonreír.

—Entonces deja de mirarme como una esposa real.

Alma se quedó inmóvil.

—Yo no te miro así.

Me acerqué un paso.

—¿No?

—No.

—Perfecto.

Otro paso.

—¿Qué haces?

—Comprobándolo.

Su espalda encontró la pared.

Me detuve antes de tocarla.

—Nico.

—Dime que me aleje.

Sus ojos bajaron a mi boca.

—Aléjate.

Lo hice.

Ella cerró los ojos con frustración.

—Te odio.

—No. Lo que odias es que cumpla tus reglas cuando una parte de ti empieza a querer romperlas.

Abrió los ojos.

—No voy a romper ninguna.

Sonreí.

—Entonces tendremos una semana larga, esposa, porque todavía no llevamos una noche sobrios bajo el mismo techo y ya estás enfadada porque no intenté besarte.

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