DESPERTÉ CASADA CON MI PEOR DECISIÓN

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Capítulo 3 3

ALMA

—Antes duermo dentro de una caja de cartón que contigo.

Nico apoyó los codos sobre la mesa y me observó como si estuviera considerando seriamente el tamaño de la caja.

—Tengo una de frigorífico en el trastero.

—Perfecto.

—No tiene ventanas.

—Mejor.

Vera me quitó la taza de café antes de que pudiera usarla como proyectil.

—Alma, necesitas una solución durante unos días.

—Necesito despertar ayer.

—Eso no está disponible —dijo Nico.

—Tú tampoco deberías estar disponible y, sin embargo, aquí estás, legalmente adherido a mi existencia.

Julián soltó una risa y fingió convertirla en tos.

Lo fulminé.

—Tú firmaste.

—Estaba apoyando el amor.

—Estabas borracho.

—También.

El abogado había salido hacía diez minutos y yo seguía viendo el número noventa flotando delante de mi cara.

Noventa días.

Tres meses.

Un trimestre fiscal casada con Nicolás Valera.

—No voy a vivir contigo —repetí.

Nico se encogió de hombros.

—Entonces no vivas conmigo.

Aquello me irritó más que si hubiera insistido.

—¿Eso es todo?

—Te ofrecí una habitación, no una custodia compartida.

—Parecías demasiado interesado.

—Tengo techo. Tú no. Matemáticas básicas.

—No conviertas mi desastre en una ecuación.

—Tú conviertes todo en una hoja de cálculo.

Vera levantó una mano.

—Propongo que dejemos de hablar antes de que el matrimonio termine en homicidio antes del desayuno.

Mi teléfono vibró.

Gabriel.

El nombre me partió el estómago.

Todos lo vieron.

—Voy afuera —dije.

Nadie intentó detenerme.

Crucé la terraza hasta un rincón desde donde podía ver el mar. Contesté al cuarto tono.

—Hola.

Silencio.

Después su voz.

—¿Es verdad?

No tenía sentido fingir que no entendía.

—Sí.

—Te casaste.

—Sí.

—Con Nicolás.

Cerré los ojos.

—Sí.

Gabriel soltó una risa breve y vacía.

—Doce horas, Alma.

—Terminamos antes.

—Lo sé. Estaba allí.

—Entonces no digas esto como si te hubiera engañado.

—No sé cómo decirlo.

La rabia me abandonó.

Eso fue peor.

—Yo tampoco sé cómo explicarlo.

—Prueba.

Miré la alianza.

—Bebí demasiado. Discutí con Nico. Hubo un reto absurdo y terminamos en una oficina civil.

—¿Te obligó?

—No.

—¿Estabas inconsciente?

—No.

—Entonces elegiste.

La palabra dolió.

—No recuerdo haber pensado con claridad.

—Pero dijiste que no querías casarte conmigo y unas horas después te casaste con él.

No tuve defensa.

Porque dicha así, mi noche parecía diseñada para humillarlo.

—Gabriel...

—¿Lo querías desde antes?

Abrí la boca.

Nada salió.

Nico y yo llevábamos siete años discutiendo, provocándonos, sabiendo cuándo el otro entraba en una habitación sin necesidad de mirar.

Eso no era amor.

Pero tampoco era nada.

—No lo sé.

Gabriel respiró despacio.

—Al menos eso es sincero.

—Siento haberte lastimado.

—Yo también siento haberte pedido matrimonio delante de todos. Creí que hacerlo perfecto evitaría que dijeras que no.

La confesión me sorprendió.

—¿Ya sabías que algo estaba mal?

—Llevabas meses hablando de la boda como si fuera un proyecto de cliente.

Me apoyé en la barandilla.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Por la misma razón que tú.

Miedo.

No necesitó decir la palabra.

—Cuando volvamos a Madrid, tenemos que hablar —dijo.

—Sí.

—Pero hoy no puedo.

—Lo entiendo.

—Y no me llames para pedirme volver.

La garganta me ardió.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono hasta que una sombra apareció a mi lado.

—Si vienes a decir algo inteligente, tírate al mar primero.

Nico apoyó los antebrazos en la barandilla, dejando espacio entre ambos.

—No iba a decir nada.

—Eso sería histórico.

—Puedo guardar silencio aproximadamente cuarenta segundos.

—Inténtalo.

Duró doce.

—¿Estás bien?

Me reí sin ganas.

—Me rechazaron después de que yo rechazara una propuesta de matrimonio y me casara con otro hombre. Estoy viviendo una comedia escrita por alguien que me odia.

—Gabriel no te rechazó.

—Acaba de pedirme que no intente volver.

—Porque está herido.

—Gracias, doctor sentimientos.

—Cobro menos que un terapeuta.

—También sirves menos.

Nico miró el mar.

—No voy a preguntarte qué hablaron.

Eso hizo que quisiera contárselo.

Odié esa reacción.

—Me preguntó si ya quería algo contigo antes.

Nico giró la cabeza.

—¿Y qué dijiste?

—Que no sabía.

Su mandíbula se tensó.

—Bien.

—¿Bien?

—Es una respuesta más honesta que decir que me odias.

—Puedo odiarte y desear estrangularte. Soy multitarea.

—No estaba hablando de estrangular.

El tono me hizo mirarlo.

Nico estaba demasiado cerca para mi resaca y demasiado vestido para la cantidad de piel que mi memoria había recuperado.

Su boca sobre la mía.

Mi mano dentro de su camisa.

La pregunta repetida antes de firmar.

¿Estás segura?

Sentí calor bajo el cuello del vestido.

—No empieces.

—No he hecho nada.

—Tu cara está haciendo cosas.

—Mi cara no puede ser responsable de tu imaginación.

—Mi imaginación no participa.

—Anoche participó bastante.

Le di un golpe en el brazo.

Nico sonrió.

—Eso fue violencia matrimonial.

—Denúnciame.

—Tendría que explicar cómo conseguí esposa.

—Y morirías de vergüenza.

—Yo no soy el que llevaba una corbata en la cabeza.

Me tapé la cara.

—Dios.

—Te quedaba bien.

—Necesito borrar esa noche.

—Yo no.

Bajé las manos.

Él ya no sonreía.

—¿Qué dijiste?

—Que no necesito borrarla.

—Nos casamos por accidente.

—No exactamente.

—Nico.

—El video muestra que querías hacerlo.

—Estaba borracha.

—Y yo también. Por eso no estoy diciendo que debamos seguir casados.

—Entonces ¿qué estás diciendo?

Se volvió hacia mí.

—Que no quiero fingir que todo fue una estupidez si hubo partes que sí quisimos.

El corazón me golpeó demasiado fuerte.

—Un beso no significa nada.

—No dije que significara amor.

—Bien.

—Pero tampoco fue nada.

Me alejé de la barandilla.

—Voy a recoger mis cosas.

—¿Para la caja?

—Para volver a Madrid.

—¿Dónde dormirás el lunes?

—Buscaré un hotel.

—Durante cuánto.

—Lo que haga falta.

—Alma.

—No.

—No estoy intentando encerrarte conmigo.

—¿Entonces por qué insistes?

Nico tardó un segundo.

—Porque hace siete años que te veo resolverle la vida a todo el mundo y no dejar que nadie te sostenga ni una bolsa.

—No necesito que me sostengas.

—Perfecto. Usa mi habitación y sostente sola dentro.

Lo odié por hacerme reír.

Muy poco.

Lo suficiente.

Detrás de nosotros, la puerta de la terraza se abrió apenas. Vera asomó la cabeza, vio la distancia ridícula entre Nico y yo y volvió a esconderse.

—Puedes salir —dije.

—No estaba espiando.

—Estabas respirando demasiado fuerte.

Julián apareció detrás de ella con una tostada.

—Yo sí estaba espiando. Necesito saber si debo cambiar la reserva del ferry para señora Beltrán o señora Valera.

Le lancé una servilleta.

—Conserva tus dientes hasta Madrid.

—Beltrán, entonces, por ahora —decidió, retirándose.

—Una semana —dije.

Nico parpadeó.

—¿Qué?

—Me quedaré una semana mientras encuentro algo.

Su sonrisa apareció demasiado despacio.

—Habitaciones separadas.

—Obviamente.

—Nada de entrar sin tocar.

—Ni aunque haya incendio.

—Nada de mujeres en casa.

—Eso suena a celos.

—Suena a higiene.

—Entonces tampoco hombres.

—No pensaba llevarlos.

—Qué decepción.

Me acerqué un paso.

—Y una regla más.

—Dime.

Levanté la mano con la alianza entre nosotros.

—No vuelves a besarme.

Nico miró mi boca.

—Puedo cumplirlo.

—Bien.

—Siempre que tú no vuelvas a pedírmelo.

Se me secó la garganta.

—Yo jamás te pediría eso sobria.

Nico sostuvo mi mirada.

—Entonces procura no descubrir durante esta semana que sobria también tienes pésimas ideas.

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