DESPERTÉ CASADA CON MI PEOR DECISIÓN

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Capítulo 2 2

NICO

—Si vuelves a llamarme esposa, te divorcio antes de que encontremos abogado.

Alma estaba sentada en el borde de la cama con el certificado entre las manos y el velo atrapado bajo un pie.

—Eso parece legalmente complicado.

—Entonces deja de ayudar.

—No estoy ayudando.

—Exacto.

Me puse la camisa que encontré debajo de una lámpara. Le faltaba un botón. No recordaba cuándo lo perdí, pero sí unos dedos tirando de la tela y una boca que sabía a champaña.

Decidí no compartir esa parte.

—Vera dijo que tenemos que bajar.

—Vera también permitió que me casara contigo.

—Técnicamente, Julián fue testigo.

—Entonces mataré a ambos.

—Eso reducirá la lista de invitados para tu próxima boda.

Alma levantó la cabeza.

—No habrá próxima boda.

La frase salió demasiado rápido.

La noche anterior, Gabriel se había arrodillado frente a doscientas personas. Yo estaba junto a Julián esperando escuchar el sí que todos consideraban inevitable.

Alma dijo no.

Después desapareció.

Yo fui quien la encontró.

—¿Recuerdas la terraza? —pregunté.

—Pedazos.

—¿Recuerdas que estabas llorando?

—No estaba llorando.

—Tenías rímel en la barbilla.

—Sudor ocular.

Me lanzó una almohada.

—¿Y tú qué hacías allí?

—Buscándote.

—¿Por qué?

Esa pregunta sí era peligrosa.

Porque llevaba siete años demasiado pendiente de Alma Beltrán para un hombre que aseguraba no creer en compromisos. Porque cada vez que Gabriel hablaba de sus planes juntos yo pensaba que ella asentía como quien acepta términos y condiciones. Porque verla decir que no había provocado alivio antes que preocupación.

—Vera estaba preocupada.

—Vera podía buscarme.

—Yo llegué primero.

Alma me observó.

—Eso no responde.

—Empiezas a parecer mi esposa.

—Nicolás.

—Perdón.

Ella tomó su bolso.

—Bajamos, vemos el video, hablamos con el abogado y después no vuelves a bromear sobre esto.

—Puedo intentar tres de cuatro.

Cinco minutos después entramos al comedor privado.

Vera se levantó.

—Alma.

—No me abraces.

Vera se detuvo.

—Bien.

—Porque si me abrazas, voy a llorar.

Vera la abrazó.

Alma aguantó tres segundos antes de esconder la cara en su hombro.

Yo miré hacia otro lado.

Julián me acercó café.

—¿Qué demonios hiciste?

—Parece que casarme.

—Contigo todo es un chiste.

—Porque si pienso demasiado, probablemente salte por el balcón.

—Estamos en planta baja.

—Ni suicidarme me saldría bien hoy.

Julián suspiró.

—Yo firmé como testigo.

—Lo sé.

—Estaba bastante borracho.

—También lo sé.

—Pero ustedes parecían saber lo que hacían.

Eso no me gustó.

—¿Qué tan seguros?

—Tú preguntaste tres veces si Alma quería seguir.

Miré hacia ella.

—¿Y qué dijo?

—Que sí las tres.

Recordé una voz.

“Nico, deja de tratarme como si fuera de cristal.”

Después su mano alrededor de mi corbata.

El resto se perdía entre luces y fragmentos.

—¿Nos viste besarnos?

Julián sonrió.

—Vi suficiente para necesitar terapia.

Alma se acercó.

—¿Qué video?

Vera señaló una tableta.

—La oficina civil envió una copia.

—¿Completa?

—Veintisiete minutos.

Alma palideció.

—No tengo veintisiete minutos de valor.

—Podemos saltarnos partes —dije.

—No. Si hice esta estupidez, quiero verla completa.

Se sentó.

Yo ocupé la silla a su lado.

—No tienes que quedarte tan cerca.

—La pantalla mide diez pulgadas.

—Existe el zoom.

—Existe el sentido común.

—No lo uses hoy. Sería incoherente.

Vera pulsó reproducir.

Aparecimos caminando por una calle iluminada. Alma llevaba los zapatos en una mano y mi corbata alrededor de la cabeza.

Cerró los ojos.

—Quiero morir.

—Te queda bien.

—Cállate.

En el video yo llevaba un ramo ajeno.

—¿De dónde sacaste eso?

—No lo sé.

—Lo robaste.

—Prestado sin devolución.

La imagen cambió al interior de una oficina civil. Un funcionario preguntaba si comprendíamos que la ceremonia era legal.

Alma del video respondió:

—Perfectamente. Él es el que tiene problemas para comprender compromisos.

Yo sonreí.

—Y ella necesita programar hasta sus ataques de espontaneidad.

Alma actual se tapó la cara.

—No puedo creerlo.

—Esa discusión la hemos tenido sobrios.

El funcionario preguntó si estábamos allí por voluntad propia.

Yo miré directamente a Alma.

Mi sonrisa desapareció.

—Solo si ella está segura.

El comedor quedó en silencio.

En la pantalla, Alma me agarró de la camisa.

—Estoy segura. Por una vez quiero hacer algo porque quiero hacerlo, no porque tenga sentido.

La Alma sentada a mi lado dejó de respirar.

Yo también.

Firmamos.

Julián firmó.

Vera lloró de risa.

Después llegaron los anillos, comprados en una máquina automática del vestíbulo.

—Elegiste el mío —murmuró Alma.

—Parece que sí.

—Y te costó doce euros.

—Soy romántico, no irresponsable financiero.

Me golpeó el brazo.

La ceremonia terminó con el funcionario diciendo que podía besar a la novia.

En la pantalla, me quedé quieto.

—¿Puedo? —pregunté.

Alma respondió agarrándome por la nuca.

El beso empezó breve.

No terminó así.

La mesa entera guardó silencio.

Mi mano estaba en su cintura, la de ella en mi cabello y Julián levantaba una silla para evitar que chocáramos.

—Bueno —murmuró Vera—. Eso responde una pregunta.

Alma pausó el video.

—No quiero ver más.

—Todavía faltan nueve minutos —dijo Julián.

—Que se pierdan para siempre.

El abogado llegó veinte minutos después.

Se llamaba Mauro Sanz y tenía la expresión serena de alguien acostumbrado a explicar malas decisiones a desconocidos.

Revisó el certificado y el video.

—El matrimonio es válido.

Alma apretó mi rodilla bajo la mesa.

No sé si fue voluntario.

No me moví.

—¿Anulación? —preguntó ella.

—No veo causa inmediata. Ambos consintieron, no existen impedimentos y el estado de embriaguez no invalida automáticamente el acto cuando hay evidencia de comprensión.

—¿Divorcio?

—Noventa días desde la celebración para iniciar el procedimiento ordinario.

Alma retiró la mano.

—Entonces esperamos.

—Hay otra cuestión —dijo Mauro.

—No quiero más cuestiones.

—Su residencia. Al solicitar el divorcio necesitarán declarar domicilios actuales. No tienen que vivir juntos, pero cualquier cambio de país puede complicar notificaciones.

Alma soltó aire.

—No pienso irme del país.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Mi casero.

—¿Qué quiere?

—Recordarme que entrego el apartamento el lunes.

Julián dejó lentamente la taza.

Vera abrió los ojos.

Yo entendí.

—Te ibas a mudar con Gabriel.

Alma me fulminó.

—Gracias por anunciarlo.

—No lo sabía nadie aquí, ¿verdad?

Vera levantó una mano.

—Yo sí.

Alma apoyó la frente sobre la mesa.

—Perfecto. Estoy casada con un idiota, no tengo casa y mi ex probablemente quiere borrar mi existencia.

No pensé.

Ese fue mi error.

—Tengo una habitación libre.

Su cabeza se levantó despacio.

—No.

—No he terminado.

—No necesitas.

—Puedes quedarte conmigo hasta que encuentres algo.

—Antes duermo en el almacén de una boda.

—Eso tiene humedad.

—Me adaptaré.

—Alma, son unos días.

—Estoy intentando divorciarme de ti.

—Precisamente. Sería eficiente.

—No uses mi idioma contra mí.

Vera se mordió el labio para no reír.

Me incliné hacia Alma.

—Habitaciones separadas. Cero interferencias. Cero expectativas.

Ella me miró con absoluta desconfianza.

—¿Y qué ganas tú?

La respuesta correcta era nada.

La verdadera llevaba siete años esperando una oportunidad absurda.

Sonreí para esconderla.

Alma entrecerró los ojos. La conocía lo suficiente para saber que estaba decidiendo entre insultarme, marcharse o aceptar. Las tres opciones me parecieron peligrosamente atractivas ahora mismo.

—Noventa días para demostrarte que casarte conmigo quizá no fue la peor decisión de tu vida.

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